Avenida Dropsie: Memoria del barrio a pie de calle

Más allá de palabras grandilocuentes y eslóganes políticos, la patria, como concepto, cuando es llevada al día a día, se queda en “un verso difuso». En todo caso, esa nocion es la comunidad cercana: la calle que se habita y sus gentes, el barrio donde se crece y que va mutando conforme sus habitantes envejecen y los movimientos migratorios van cambiando el paisaje de calles, modos y costumbres. Esa es la verdadera patria, más allá de organizaciones administrativas locales, regionales o nacionales. La que se pisa cada día al salir de casa, la que está poblada por vecinos que comparten edificio, calle y servicios comunes. La que se forja en relaciones interpersonales, con quien se festeja en las fiestas populares, la que integra el comercio de proximidad y de la que surgen relaciones interpersonales y lazo. Ese es el verdadero tejido social de la verdadera patria: la comunidad que se crea en cada calle y barrio de cualquier ciudad. Will Eisner lo entendió a la perfección con la obra que editó en 1995: “Avenida Dropsie” (Dropsie Avenue), que este año ha vuelto a recuperar Norma junto al resto de “La Trilogía del Contrato con Dios» en una nueva edición.

Tras haber realizado acertadas crónicas del Bronx con tintes biográficos en los estupendos “Contrato con Dios” y “Ansia de Vivir”, Eisner dio el tercer paso para conformar una trilogía tan llena de humanidad como de autentica veracidad en cada una de sus viñetas. Este paso final fue “Avenida Dropsie” y en él, Eisner no se limitó a repetir la formula conceptual que había aplicado a sus anteriores guiones. Fue más allá: ahora no nos iba a contar la historia de inquilinos y propietarios de uno de los Tenements (edificio de alquiler barato) del Bronx, sino que, a través de su célebre y ficticia calle, la avenida Dropsie, el objetivo era contar la memoria a lo largo de más de un siglo de existencia. Desde sus comienzos, cuando solo había holandeses provenientes de lo que fue en origen Nueva Amsterdam hasta la difusa línea que marcan las últimas décadas del siglo XX.

En ese ambicioso camino quedan retratados todos los movimientos migratorios que vivió Nueva York y el Bronx en particular. Encarnado en esa calle donde los que llegaban entre la suspicacia de los que estaban antes, se volvían ellos mismos suspicaces años despues cuando nuevas migraciones aparecian para compartir calles y espacios. Retratando, a su vez, el final del siglo XIX y el XX estadounidense mientras la sociedad crece mestiza, fruto de olas de extraños, que dejan de serlo conforme conviven con el resto. Mientras los negocios de toda índole crecen y muchos habitantes hacen carrera y patrimonio. Cuando los intereses patrimoniales y econónmicos germinan y condicionan la vida de un barrio y sus gentes. A la vez que la picaresca, tan humana como respirar, aparece en la comunidad. Donde el beneficio de unos pocos implica, para bien y para mal, determinar las condiciones materiales de vida del resto. Del mismo modo, el sentido de pertenencia a una comunidad aparece. Como la tolerancia, la aceptación del diferente y la colaboración como elementos que fortalecen la supervivencia del conjunto. Todo está ahí. Al igual que los negocios turbios y la especulación inmobiliaria. Pues todo es igualmente humano.

Todo lo expuesto está encarnado en los personajes que desfilan por los más de cien años que retrata Eisner: contando retazos de biografías de los habitantes de la avenida, con sus momentos buenos y malos, sus ambiciones y deseos, sus luces y sombras. Sin dicotomías, mostrando un relato de vidas cruzadas de una comunidad sin falsas épicas ni lecciones morales, retratando, cual cronista veraz, el sentir y vivir que pisaba esa ficticia calle. Que no existe pero que, por lo que cuenta y se ve en su asfalto, respira verdad en cada una de sus viñetas.

Así son los años que transcurren en estas páginas. Años de vida, de llegadas de oleadas de inmigrantes, de crecimiento inmobiliario, crisis económicas, guerras, nuevas oleadas de extranjeros que con el tiempo dejan de serlo, degradación del barrio y movimientos por reflotarlo. Tan humanos como la convivencia y la desconfianza. Tan reales como la ambicion, el deseo y la codicia. Tan de verdad como la buena voluntad de quienes quieren mejorar las condiciones de vida de su comunidad. Tan real como aquellos que ven en todo una oportunidad para especular. Esas son las pinceladas con las que se compone un paisaje de acertado costumbrismo mientras años y décadas son narrados con una maestría superlativa. Eisner supo sintetizar muy bien esta ambiciosa crónica. Tanto por la genial secuenciación del tiempo, donde en ocasiones solo con sutiles contextualizaciones dibujadas en alguna viñeta nos avisa que el tiempo ha pasado, como por el acertado “Dramatis Personae” elegido para contarnos la historia de la Avenida Dropsie.

Eso es lo que cuenta, ya de por sí de muchos quilates. Pero en este caso también importa “el cómo”, pues Eisner, en su madurez artística, aplicó todo su “savoir faire” en estas páginas, donde muchas son notables lecciones de narrativa gráfica, tanto por el dominio del tiempo como las hábiles composiciones de sus páginas. Con una ración abundante de superviñetas que rompen la cuadrícula para dotar de énfasis a lo contado. Con composiciones siempre al servicio del relato, guiando el ojo del lector y llevándolo, en apenas 184 páginas, por más de cien años de historia de Bronx neoyorkino.

Por eso conviene recorrer esta avenida. Tanto si es un primer paseo como si se retorna a ella. Por la cantidad de vida derramada en sus viñetas. La que encarnan esos personajes que son, con sus luces y sombras, puro siglo XX urbanita. Tan mestizo como auténtico. Tan real como el suelo de la calle. Sin moralejas ni lecciones, solo mostrando lo que hubo y su historia. Y además hacerlo desde la excelencia gráfica y artística. Por todo eso, celebramos que “Avenida Dropsie” vuelva en una nueva edición, en castellano y catalán, junto al resto de “La Trilogía del Contrato con Dios”. Con traducciones de, respectivamente, Enrique Sánchez Abulí y Ernest Riera, y con la colaboración de Santi Arcas para el color de la portada.

Al final, la comunidad real es la que tienes nada más salir de casa. Con la que compartes calles y espacios. La que ves sus ojos cuando les hablas, la que miras su rostro cuando conversáis. Esa misma verdad es la que reafirma la vigencia de “Avenida Dropsie”, cuyas páginas siguen transmitiendo vida. Sin dogmas ni lecciones. Solo mostrando la realidad que fue y que nos lleva a la realidad de hoy, que no es tan diferente por mucho que ahora estemos todos interconectados en la red de redes.

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