El mortal Thor 3: entre Hyde y radicaciones

Alguien debería explicarle a Thor que perder los poderes no significa necesariamente perder el sentido común, aunque después de leer el tercer tomito de «El mortal Thor» uno empieza a sospechar que ambas cosas vienen en el mismo paquete. Al Ewing continúa desmontando la mitología del Dios del Trueno pieza a pieza, mientras Sigurd Jarlson intenta sobrevivir en la Tierra sin sus antiguas facultades divinas. Entretanto, en Asgard, las intrigas, los hechizos y las conspiraciones siguen su curso habitual. Porque puedes vivir miles de años, disponer de poderes capaces de alterar la realidad y seguir teniendo los mismos problemas que un autónomo el día que cobra una factura

Este tercer volumen, publicado por Panini Comics, recopila los números siete a nueve de la colección estadounidense. Ewing sigue construyendo una historia ambiciosa sobre la identidad, las leyendas y el poder de quienes controlan los relatos. La intención es estupenda, pero el ritmo a veces parece diseñado por alguien que cobra por hora y ha decidido prolongar la jornada hasta el Ragnarök. La serie alterna dos escenarios: las aventuras terrestres de un Thor despojado de su divinidad y las intrigas de una Asgard cada vez más extraña. Dos historias que pretenden complementarse, aunque no siempre consiguen despertar el mismo interés. Una entretiene; la otra exige una paciencia que ni Odín conservaría después de descubrir que alguien le ha cambiado las contraseñas del Valhalla.

La parte protagonizada por Sigurd Jarlson enfrenta al antiguo Dios del Trueno con enemigos clásicos como Mr. Hyde y el Hombre Radiactivo. Sin sus poderes habituales, Thor debe recurrir a la fuerza física, la resistencia y los recursos que tiene a mano. La idea resulta bastante atractiva, ya que comprobamos qué queda del héroe cuando le quitamos los rayos, la divinidad y buena parte de su arsenal. El problema es que la fórmula empieza a mostrar sus costuras. Llega un villano, Sigurd se mete en problemas, recibe unos cuantos golpes y termina saliendo del apuro gracias a su ingenio y a una determinación que haría llorar de emoción a cualquier entrenador personal. Cambian los adversarios, pero la estructura de la amenaza empieza a convertirse en una rutina. La reinvención del personaje corre el riesgo de transformarse en una sucesión de peleas donde lo único realmente nuevo es el material que Thor utiliza para repartir mamporros. Y luego está el martillo. Y la cuerda. Esa cuerda maravillosa que aparece cuando hace falta y parece disponer de una longitud directamente proporcional a las necesidades del guion. La física puede esperar sentada, porque aquí una herramienta de construcción tiene más posibilidades de salvar el día que muchos artefactos tecnológicos de Stark. No estamos ante un documental sobre mecánica, evidentemente, pero tampoco estaría mal que algunas soluciones exigieran algo más que encontrar el utensilio adecuado en el bolsillo de turno. A pesar de estas reservas, la parte terrestre funciona razonablemente bien. Ewing explora la humanidad de Thor y recuerda que su identidad no depende únicamente de sus poderes. El concepto tiene recorrido y los enfrentamientos mantienen el interés, aunque la serie necesita dar un paso más para que esta nueva etapa no se limite a demostrar, una y otra vez, que el protagonista sigue siendo muy duro de pelar.

La trama de Asgard, en cambio, me resulta bastante menos estimulante. El número central se centra en Magni y la Encantadora, recuperando la grandilocuencia fantástica del Thor clásico y mezclándola con los juegos metanarrativos que Ewing lleva tiempo desarrollando. La intervención de la Encantadora y su maniobra contra Blackjack pretende aportar un golpe dramático importante. Sin embargo, el impacto emocional resulta limitado porque el relato no ha dedicado suficiente tiempo a construir un vínculo sólido con el personaje afectado. Que algo sea trascendental para el universo ficticio no significa que tenga que serlo automáticamente para el lector. La escala cósmica queda muy bien en las portadas, pero el drama necesita algo más que fuegos artificiales y hechizos de colores.

No se puede negar que Ewing conoce la historia de Thor y sabe jugar con ella. Su propuesta conecta con la tradición clásica de Marvel y trata de explorar cómo se construyen las leyendas y qué sucede cuando alguien manipula sus significados. Es una aproximación inteligente que busca ir más allá de la típica colección de superhéroes repartiendo golpes mientras intercambian frases grandilocuentes. Pero una cosa es reconocer la inteligencia de una historia y otra disfrutar de todas sus decisiones. Este tebeo administra sus revelaciones con la parsimonia de un funcionario a cinco minutos de terminar la jornada. Cada detalle parece importante, cada conversación promete revelar algo y cada capítulo añade nuevas piezas al rompecabezas. El inconveniente es que, después de nueve entregas, uno empieza a preguntarse si está leyendo una historia o esperando a que alguien termine de explicar las instrucciones de montaje.

En el apartado gráfico, por suerte, tenemos motivos para estar más satisfechos. Pasqual Ferry dibuja los episodios terrestres con un trazo limpio, dinámico y muy eficaz para las escenas de acción. Su representación de Sigurd encaja con ese ambiente urbano y físico que necesita esta versión del personaje. El protagonista parece un hombre obligado a resolver problemas extraordinarios con recursos limitados, aunque sus habilidades manuales estén empezando a competir con las de cualquier profesional del bricolaje. Juann Cabal se encarga de la parte asgardiana, aportando una estética más elegante y fantástica que refuerza el contraste entre ambos escenarios. Los dos artistas tienen personalidad propia y ayudan a que las tramas mantengan identidades visuales diferenciadas. El color, a cargo de Matt Milla y Jesús Aburtov, contribuye a dar profundidad y carácter a las páginas, mientras las portadas de Alex Ross conservan esa solemnidad épica que parece obligatoria cuando hablamos de dioses nórdicos.

En definitiva, este tercer tomito de «El Mortal Thor» es un volumen irregular, con buenas ideas, un apartado gráfico notable y una historia que parece convencida de que lo mejor está siempre a punto de suceder. La parte terrestre entretiene, aunque comienza a repetir demasiado sus esquemas; la de Asgard me deja bastante frío, pese a su ambición y sus juegos referenciales. Le concedo otro tomo de margen. Ewing sabe lo que quiere contar, pero necesito que empiece a demostrarlo con algo más que misterios acumulados y promesas de grandeza futura. Porque hasta los dioses tienen que ganarse el sueldo y, por ahora, este Thor parece empeñado en cobrar por horas mientras yo espero a que llegue la parte interesante.

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