John Byrne tenía una teoría bastante sencilla sobre Los 4 Fantásticos. Si ya tienes una familia de superhéroes con poderes absurdamente variados, un científico capaz de estirarse como un chicle, una mujer invisible, un tipo envuelto en llamas y un señor convertido en piedra, lo lógico es complicar todavía más las cosas. Porque para qué conformarse con salvar el mundo cuando puedes añadir juicios cósmicos, antiguos heraldos de Galactus, guerras interplanetarias, villanos con doctorado y, de paso, una crisis familiar de esas que hacen que cualquier discusión sobre quién baja la basura parezca un asunto menor.

Este cuarto volumen de Obras Maestras Marvel dedicado a Los 4 Fantásticos de Byrne recopila Fantastic Four #258-#268, además de Alpha Flight #4, The Thing #10 y diversos materiales procedentes de Fantastic Four Special Edition, The Thing #7 y Marvel Fanfare #15. Panini Comics vuelve a meter en un tomo una de las etapas fundamentales del cuarteto y Byrne demuestra otra vez que entendía algo que no siempre parece evidente cuando uno contempla la historia del cómic superheroico. Los poderes molan, las batallas molan y los villanos con nombres ridículos también, pero si debajo no hay personas con problemas reales, todo termina pareciendo una colección de cromos pegados a martillazos. Y aquí está precisamente la gracia de esta etapa. Byrne puede empezar con un paseo por Latveria mientras nuestro querido Víctor hace de las suyas mientras se mezcla con Terrax, Estela Plateada y un niño (¡por dios!, que problema tiene John para dibujar a los pequeños infantes). Entre medias puede enviar a Reed Richards a un tribunal Shi’ar para responder por el imperdonable delito de haber salvado a Galactus. Porque aparentemente en el espacio profundo existe una burocracia judicial suficientemente organizada como para procesar a un señor por no dejar morir de hambre al devorador de mundos. La humanidad ha llegado a las estrellas y ha decidido llevarse consigo los procedimientos administrativos y los extraterrestres tienen la idea de copiar a nuestros funcionarios de justicia.
El juicio de Reed es uno de esos momentos en los que Byrne consigue que una historia de superhéroes tenga algo diferente a lo que estábamos acostumbrados a leer. No se trata simplemente de lanzar rayos y puñetazos, sino de plantear las consecuencias de las decisiones de Reed. El personaje que suele solucionar los problemas de todos mediante una combinación de inteligencia, planificación y una preocupante incapacidad para consultar a los demás descubre que sus actos pueden ser juzgados desde una perspectiva mucho más amplia. Y resulta particularmente divertido que el hombre más inteligente del universo tenga que sentarse delante de un tribunal para explicar por qué tomó una decisión que, desde su punto de vista, era perfectamente razonable.

Byrne tampoco se olvida de que esto sigue siendo Los 4 Fantásticos, así que entre una tragedia cósmica y otra hay tiempo para que la Antorcha y La Cosa se metan en problemas con el Hombre Topo. Porque así funciona esta familia. Puedes estar decidiendo el destino de civilizaciones enteras y cinco minutos después tienes a Ben Grimm partiéndose la cara con un tipo que vive debajo de Nueva York. Es difícil imaginar una franquicia con una elasticidad tonal semejante sin que acabe convertida en un completo desastre, pero Byrne consigue que todo encaje.
Luego están las Secret Wars (ese invento que saco de la manga Jim Shooter), que sirven para recordar que en los años ochenta Marvel descubrió que podía juntar a prácticamente todos sus juguetes en una misma caja y vender millones de ejemplares. Los 4 Fantásticos no podían quedarse al margen, naturalmente. Pero lo verdaderamente interesante es que Byrne utiliza ese contexto para continuar trabajando en sus personajes en lugar de limitarse a participar en el desfile de mamporros. Porque una de las grandes virtudes de esta etapa es que los poderes no son lo más importante. Byrne entiende que Reed, Sue, Johnny y Ben funcionan precisamente porque son una familia. Una familia bastante peculiar, eso sí, porque no conozco demasiadas que incluyan un científico elástico, una mujer invisible, una antorcha humana y un señor hecho de roca, pero cada cual tiene sus problemas.

Después de toda la parafernalia con el Todopoderoso, Muerte y todo perro pichichi que pasaba por allí, llega Hulka. Jennifer Walters sustituye a Ben Grimm y el cambio funciona porque no se plantea simplemente como un intercambio de cromos. Byrne aprovecha la situación para explorar cómo funciona el grupo cuando uno de sus miembros habituales desaparece. Hulka aporta una energía distinta y, además, permite que el lector contemple a los 4F desde otra perspectiva. Ben no es sustituido porque sí. Su ausencia pesa precisamente porque Byrne ha conseguido que el personaje importe.
También ayuda que Byrne sea especialmente bueno dibujando personajes. Sus figuras tienen una expresividad enorme y sus páginas poseen una claridad que hace que incluso las escenas más disparatadas resulten fáciles de seguir. Hay acción, claro, pero también gestos, miradas, silencios y conversaciones. La espectacularidad nunca termina de comerse a los personajes. Y aquí aparece uno de los elementos más interesantes del volumen: el drama alrededor de la hija de Reed y Sue. La situación lleva a la pareja a poner el destino de su hija nonata en manos de Otto Octavius. Sí, el Doctor Octopus. Porque cuando tu embarazo presenta problemas imposibles y eres miembro de una de las familias superheroicas más importantes de Marvel, aparentemente la solución médica consiste en buscar al villano que normalmente intenta asesinar a Peter Parker. Es como ir a Quirón y que te atienda Ayuso en el paritorio.

La situación podría haberse convertido fácilmente en un melodrama barato, pero Byrne consigue que funcione porque antes ha construido una relación entre los personajes. Reed y Sue no son simplemente “los padres de un futuro personaje importante”. Son dos personas aterrorizadas ante la posibilidad de perder a su hija. Y ahí es donde la etapa demuestra su verdadero músculo. No hace falta destruir una galaxia para conseguir dramatismo. A veces basta con poner a unos padres ante una situación que no pueden resolver utilizando sus superpoderes. Ese contraste entre lo cósmico y lo cotidiano es probablemente lo que mejor define esta etapa. Galactus, Terrax, los Shi’ar, guerras espaciales y amenazas capaces de poner patas arriba el universo conviven con discusiones familiares, relaciones sentimentales, dudas personales y problemas que no se solucionan pegando un puñetazo. Byrne entendió que el verdadero superpoder de Los 4 Fantásticos era precisamente que, debajo de todo aquel espectáculo, seguían siendo cuatro personas intentando convivir.
El volumen también incorpora autores como Kerry Gammill, Ron Wilson, Mike Carlin, Al Migrom, Arthur Adams, Bill Sienkiewicz o el mismismo Barry Winsor Smith que amplían el contenido alrededor de la etapa principal, mientras que Byrne sigue siendo la figura dominante tanto por su trabajo de guion como por su dibujo. Y eso permite apreciar hasta qué punto tenía una visión muy concreta de los personajes. No estaba simplemente contando aventuras de Los 4 Fantásticos: estaba construyendo una versión del grupo que todavía hoy funciona como referencia. Además, existe un detalle en estas paginas que no se puede obviar. El juego que tenemos con los autores en muchas paginas pasando desde el mismo Byrne a fotografías reales realizadas por Vince Colletta. Algo que aporta un toque y que rompe la cuarta pared mucho antes de que lo hiciera Masacre.

La edición de Panini Comics, dentro de Obras Maestras Marvel, vuelve a resultar especialmente apropiada para recuperar esta etapa en un formato que permite disfrutarla como un bloque. Son historias que funcionan mejor cuando se leen juntas, porque Byrne va dejando piezas que después recupera, modifica o hace explotar convenientemente en la cara del lector. Este cuarto tomo demuestra que la etapa no vivía únicamente de grandes conceptos. Tenía monstruos, alienígenas, villanos, juicios cósmicos y guerras maquiavélicas, sí, pero también tenía personajes. Y esa es la diferencia entre una sucesión de aventuras superheroicas y una etapa que termina convirtiéndose en un clásico.
Al final, Byrne consigue algo bastante complicado. Hacer que una historia sobre Galactus pueda convivir con una sobre el embarazo de Sue Richards sin que ninguna parezca fuera de lugar. En el universo de Los 4 Fantásticos, el fin del mundo y los problemas familiares están separados por aproximadamente tres páginas. Y si algo demuestra este tomo es que, cuando detrás está John Byrne, ambas cosas pueden resultar igual de importantes. Una familia, cuatro superpoderes, varios planetas en peligro, un juicio alienígena y el Doctor Octopus haciendo de ginecólogo improvisado. La normalidad, según Marvel, era esto.
