Muchos policías investigan crímenes y luego está Dick Tracy, que parece haber sido contratado por una ciudad empeñada en demostrar que la delincuencia puede alcanzar niveles de imaginación que harían sonrojar a cualquier guionista de serie B. En este volumen de Dick Tracy, con tiras de prensa publicadas originalmente entre 1951-1952, Chester Gould continuó llevando al detective por una América donde los tiroteos, la corrupción, el crimen organizado, los delincuentes juveniles y los secuestros formaban parte del paisaje cotidiano. Y todo ello sin que Tracy pierda esa expresión de señor que acaba de descubrir que alguien ha aparcado mal delante de su casa.

Lo interesante es que Gould se encuentra aquí en uno de esos momentos en los que decide pisar el acelerador, pero no necesariamente en la dirección que uno espera. Después de años construyendo una galería de villanos grotescos que parecen haber sido diseñados después de una noche particularmente intensa en una tienda de máscaras, el autor empieza a rebajar un poco la caricatura y a prestar más atención a problemas sociales bastante reales. La delincuencia juvenil, los policías corruptos y el crecimiento del crimen organizado adquieren protagonismo, y el resultado tiene un curioso aroma a noir pasado por el filtro de una tira de prensa que no piensa renunciar a sus persecuciones.
Porque una de las grandes virtudes de Gould es que puede ponerse serio sin dejar de ser absolutamente disparatado. Su dibujo en blanco y negro vive de los contrastes, de las sombras duras y de unas figuras que parecen haber sido dibujadas con la intención de que nadie confunda jamás a un delincuente con una persona que simplemente está teniendo un mal día. Hay rostros deformados, cuerpos angulosos, miradas que podrían detener un tren y una narrativa extraordinariamente dinámica. Gould no necesita llenar las viñetas de artificios para conseguir movimiento. Una persecución puede parecer una persecución y un disparo puede parecer que acaba de atravesar la página.

El volumen arranca cerrando una trama con Tracy metido en la búsqueda de una criatura que ha desaparecido en mitad de los bosques. Gould tenía una costumbre bastante saludable para mantener al lector alerta: hacerle entender que nadie estaba completamente a salvo. Si el personaje simpático aparecía demasiado tiempo, uno podía empezar a preocuparse. Aquí el melodrama alcanza cotas considerables y, aunque la trama ha tenido sus momentos más disparatados, el desenlace demuestra que Gould sabía manejar el suspense como alguien que había decidido que la infancia de sus lectores debía transcurrir con una cantidad razonable de ansiedad.
Las otras grandes ideas del tomo es como el autore utiliza la música y el crimen organizado. Algo que ya hemos visto en muchas películas aquí se ve bastante antes. Lo curioso es que Gould consigue combinar esta extravagancia con una mirada bastante concreta sobre el funcionamiento del crimen organizado. La amenaza ya no procede únicamente del delincuente pintoresco que aparece con una pistola y un apellido imposible, sino de estructuras criminales más organizadas, capaces de infiltrarse, corromper y operar de manera mucho más sofisticada. Y ahí está precisamente la gracia de este Dick Tracy. Gould está cambiando la fórmula sin abandonarla. Sigue habiendo monstruos humanos, persecuciones, asesinatos y situaciones que hoy resultarían deliciosamente excesivas, pero debajo de todo eso hay una preocupación creciente por los problemas de la sociedad estadounidense de comienzos de los cincuenta. El autor mira alrededor, detecta delincuencia juvenil, corrupción y crimen organizado y decide convertirlo todo en una montaña rusa policial.

Dolmen Editorial presenta este material en un volumen de tapa dura de 176 páginas, en blanco y negro y con un formato de apaisado que permite disfrutar como se merece el trabajo de Gould. Es una edición que funciona especialmente bien para una obra en la que el dibujo tiene tanta importancia como el argumento, porque las masas negras, los rostros y las composiciones necesitan espacio para respirar. Y en Gould hay mucho que mirar. Cada personaje parece haber sido sometido previamente a una discusión bastante desagradable con la anatomía humana.
A estas alturas, leer Dick Tracy supone aceptar ciertas reglas del juego. La justicia es inquebrantable, los criminales tienen una relación complicada con la simetría facial, los cadáveres aparecen con una frecuencia poco tranquilizadora y la radio de pulsera sigue siendo probablemente el aparato tecnológico más útil que haya llevado jamás un policía. Pero dentro de esas convenciones hay una tira sorprendentemente moderna en su capacidad para incorporar problemas sociales y convertirlos en entretenimiento.

Chester Gould estaba en plena forma y este periodo demuestra que podía ser mucho más que el señor de los villanos grotescos. Cuando quería, podía construir historias sobre corrupción, delincuencia juvenil, responsabilidad personal o crimen organizado y conseguir que todo aquello resultara tan emocionante como una persecución a tiros. Y cuando además decide poner de por medio un bebé, un romance adolescente y un villano, lo único sensato es sentarse y disfrutar del espectáculo. Porque Dick Tracy nunca ha sido precisamente un policía discreto. Y Gould tampoco fue nunca un autor que creyera que una historia necesitaba menos cadáveres, sombras o menos caras raras para ser buena.
