Supreme Power: la colección completa. La demoledora revisión del Escuadrón Supremo

Hubo un tiempo en que los superhéroes eran gente estupenda. Volaban, salvaban gatitos, defendían la libertad y, como mucho, destruían media ciudad durante una batalla contra el villano de turno. Después llegó la adolescencia del género, alguien decidió que los superhéroes podían ser unos cabrones y empezamos a preguntarnos qué ocurriría si Superman fuese una herramienta del Gobierno, Batman necesitara urgentemente terapia y Wonder Woman tuviera muy pocas ganas de respetar los derechos humanos. Y antes de que la llegada de la serie The Boys de Garth Ennis llegara para coger estas ideas, meterlas en una trituradora y añadirles una cantidad considerable de sexo, sangre y mala leche, J. Michael Straczynski y Gary Frank ya estaban haciendo experimentos bastante poco saludables con el Escuadrón Supremo.

Por eso, en el tomo de «Supreme Power: la colección completa» se reúne una criatura de 840 páginas con muchas de esas ideas locas. Los dieciocho números de Supreme Power, el Special Edition y las miniseries de Doctor Spectrum, Hyperion y Nighthawk. Una barbaridad de tomo que permite leer de principio a fin esta reinterpretación del Escuadrón Supremo publicada originalmente bajo el sello MAX de Marvel entre 2003 y 2005. Y sí, para quienes llegaron al género adulto de superhéroes a través de The Boys, aquí hay material que les resultará sospechosamente familiar. Aunque conviene poner las cosas en su sitio. Supreme Power no es The Boys, ni Garth Ennis y Darick Robertson están detrás de estas historias. De hecho, The Boys aparecería después, llevando algunas de estas ideas hacia terrenos mucho más extremos, satíricos y deliberadamente cafres. Pero la comparación resulta inevitable porque ambas obras parten de una pregunta parecida: ¿qué demonios ocurriría si los superhéroes existieran realmente y nadie pudiera controlarlo? Y la respuesta, en ambos casos, es que probablemente deberíamos empezar a preocuparnos.

En este tebeo, Mark Milton llega a la Tierra siendo un bebé dentro de una nave espacial. Un matrimonio de granjeros lo encuentra y todo parece encaminado hacia una versión ligeramente alterada de Superman. Hasta que aparece el Gobierno y decide que el pequeño extraterrestre no es exactamente un niño abandonado, sino un recurso estratégico de incalculable valor. Así que se lo llevan. Le ponen unos padres de pega. Controlan su educación. Estudian sus poderes. Y lo convierten en Hyperion. Todo muy familiar, salvo por el pequeño detalle de que aquí la idea de “un gran poder viene una gran responsabilidad” se sustituye por “con gran poder viene un funcionario que quiere saber dónde estás y qué estás haciendo”. Es una de las grandes diferencias respecto al superhéroe tradicional y uno de los puntos en los que Supreme Power conecta especialmente bien con lo que posteriormente explotaría Ennis. El problema no es solamente que existan seres superpoderosos. El problema es quién los controla, quién los utiliza y qué ocurre cuando descubren que no son más que herramientas.

Aunque comparta cosas con «The Boys», «Supreme Power» busca otro enfoque: aquí se usa mucha más política y muchos más militares. Uno vende camisetas y el otro prepara informes clasificados, pero la idea de fondo es inquietantemente parecida. Cuando alguien posee un poder descomunal, siempre aparece alguien dispuesto a convertirlo en un recurso. Y si además ese alguien es el Gobierno, podemos ir preparando las palomitas. Por eso, Straczynski se toma su tiempo para contar cómo se fabrica Hyperion. No solo físicamente, sino psicológicamente. Mark crece rodeado de mentiras y descubre poco a poco que buena parte de su vida ha sido diseñada por otras personas. El muchacho tiene poderes para destruir prácticamente cualquier cosa, pero carece de algo bastante más complicado de conseguir: una identidad propia.

Ahí Supreme Power resulta especialmente interesante. No se limita a decir que “los superhéroes son malos”. Se pregunta qué clase de persona produciría un sistema que convierte a un niño en arma. Y la respuesta es bastante menos divertida que un puñetazo de Superman. Aunque también hay puñetazos. Muchos. Y bastante desagradables. Porque Straczynski no quiere contar una historia de superhéroes convencional. El Escuadrón Supremo ya había nacido como una versión marvelita de la Liga de la Justicia, con Hyperion, Nighthawk, Doctor Spectrum y compañía funcionando como equivalentes más o menos evidentes de Superman, Batman, Flash, Linterna Verde y Wonder Woman. Pero aquí las equivalencias son solamente el punto de partida.

Hyperion deja de ser “Superman con otro nombre” para convertirse en un individuo criado por el Estado. Nighthawk sigue siendo el tío que perdió a sus padres (en este caso un poco más bestial) obsesionado con combatir el crimen, aunque esta versión tiene bastante menos glamour y bastante más aspecto de señor que debería estar hablando con un psicólogo. Doctor Spectrum es un soldado transformado mediante tecnología alienígena. Zarda aparece como una especie de diosa guerrera con una relación muy particular con la humanidad. Lo que sería Aquaman se acerca más a Abe Sapien en mujer y Flash es de los personajes más normales y con un tono afroamericano. En otras palabras: son superhéroes, pero nadie parece haberles dado el folleto de instrucciones.

El guion tampoco se libra de algunos problemas. La acumulación de tramas y personajes provoca que ciertas líneas argumentales pierdan fuerza y que el ritmo se resienta en algunos momentos. La colección quiere contar muchas cosas y, en ocasiones, parece que Straczynski tiene más interés en enseñarnos las posibilidades de este mundo que en llevar determinadas historias hasta sus últimas consecuencias. Además, el tono adulto puede resultar insistente: cuando un personaje tiene superpoderes, aquí existe una probabilidad bastante elevada de que alguien termine mutilado, asesinado, manipulado o traumatizado. Preferiblemente las cuatro cosas. Pero incluso cuando tropieza, Supreme Power mantiene una personalidad muy marcada. No pretende reinventar desde cero el género superheroico, pero sí desmontarlo pieza por pieza para comprobar qué queda debajo. Y debajo hay política, miedo, intereses económicos, propaganda, abuso de poder y personas que no tienen ni idea de qué hacer con aquello en lo que se han convertido. Tambien se debe mencionar a los guionistas de las miniseries como son Daniel Way y Sara «Samm» Barnes que nos desgranan y desarrollan las tramas de Doctor Spectrum y Nighthawk con mejor o peor acierto siempre mirando desde el prisma de la serie principal.

Gary Frank, Jon Sibal y Chris Sotomayor son fundamentales para que todo esto funcione. Su dibujo le da al conjunto una apariencia casi incómodamente cotidiana. Sus personajes tienen apariencia, edad y expresividad; no parecen figuritas de plástico colocadas sobre fondos genéricos. Hyperion transmite esa sensación de fuerza contenida que resulta mucho más interesante que el simple espectáculo. Cuando llega la violencia, además, Frank no necesita convertir cada página en una exhibición pirotécnica. Basta con mostrar las consecuencias. Las historias de las miniseries cambian de dibujante, con Steve Dillon, Travel Foreman y Dan Jurgens ocupándose de sus respectivos capítulos, y el contraste se nota. Pero también permite que cada historia tenga cierta personalidad propia. Dillon es especialmente apropiado para la sordidez de Nighthawk, mientras que Foreman y Jurgens aportan registros diferentes a Doctor Spectrum y Hyperion.

Lo mejor de esta edición es precisamente poder leerlo todo seguido. La serie principal gana bastante cuando no hay que esperar meses entre entregas ni andar recordando qué conspiración gubernamental estaba en marcha, quién estaba intentando matar a quién y cuál de los personajes tenía la vida emocional más arruinada. En un tomo de estas dimensiones, Supreme Power se lee casi como un tebeo gigantesco, aunque conviene recordar que su final no pretende cerrar todas las puertas. Y quizá eso sea lo más coherente. Este mundo no termina porque los problemas que plantea tampoco tienen una solución sencilla. Hyperion puede escapar, los gobiernos pueden cambiar de estrategia y aparecer nuevos individuos con poderes, pero la pregunta continúa flotando sobre todos ellos: ¿qué sucede cuando la humanidad consigue fabricar algo mucho más poderoso que ella misma? Pues probablemente lo utiliza mal. Supreme Power sigue siendo una reinterpretación bastante contundente del Escuadrón Supremo porque Straczynski entiende que el atractivo no está en disfrazar a un extraterrestre con un traje llamativo y ponerle cara de pocos amigos. Está en preguntarse qué pasaría si un “dios” existiera de verdad y alguien con uniforme y despacho decidiera que sería estupendo convertirlo en patrimonio del Estado. A partir de ahí, el resto es cuestión de esperar a que todo explote. Y, por supuesto, explota.

La edición Panini Comics junto a SD presenta la colección completa en un compacto volumen con traducción de Uriel López, una introducción de Julián Clemente y un par de bocetos a lápiz de Gary Frank. Debido al tamaño, no es precisamente un tomo para leer tumbado con una mano, salvo que uno quiera comprobar si los poderes de Hyperion se transmiten por contacto. Pero como edición definitiva de esta etapa, permite disfrutar de la serie principal y de sus principales expansiones en un único volumen.

Al final, «Supreme Power» no es una historia de superhéroes especialmente interesados en ser héroes. Es una historia sobre poder, control, manipulación y las consecuencias de poner capacidades extraordinarias en manos de personas extraordinariamente normales. Y, visto lo visto, quizá el auténtico superpoder de esta colección sea conseguir que uno termine la lectura pensando que darle poderes a la humanidad sigue siendo una idea bastante peor que cualquier invasión alienígena.

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