Lola y Estrella 1: El monolito de las voces

Si alguien piensa que vivir en la ladera de una montaña, rodeado de gnomos, fresas, libros, una reina Cabra y un micelio con el que puedes mantener una conversación resulta una existencia bastante tranquila, probablemente no haya tenido que convivir nunca con una montaña habitada por criaturas fantásticas. Porque en «Lola y Estrella», de Ricardo Cavolo, la cosa empieza con una calma casi sospechosa. Dos amigas viven juntas en Matria, un planeta que parece diseñado por alguien que decidió mezclar un cuento infantil, la historia interminable, la ecología y una cantidad considerable de personajes peculiares. Todo muy bucólico. Todo muy bonito. Todo demasiado bonito como para que no llegue una máquina a fastidiarlo.

Lola y Estrella llevan una vida sencilla y feliz. Pasean, leen, juegan a las cartas, comen fresas con los gnomos y visitan a la reina Cabra, porque aparentemente en Matria la monarquía funciona con un criterio bastante más simpático que en otros universos. Estrella, además, posee un don llamativo. Puede comunicarse con el micelio, esas redes subterráneas de hongos que conectan y sostienen buena parte de los ecosistemas. En Matria, esa red es algo más: son las mismísimas raíces del planeta. Vamos, que mientras unos niños hablan con su mascota imaginaria, Estrella puede mantener una conversación con la infraestructura biológica de todo un mundo. Un poder bastante más útil que saber hacer desaparecer una moneda. Pero la tranquilidad dura lo que suele durar la tranquilidad en cualquier historia de aventuras que se precie. Unas extrañas máquinas comienzan a destrozar el terreno y dejan a los gnomos sin hogar. De repente, ese paisaje maravilloso en el que todo parecía funcionar a base de amistad, libros y frutos rojos se encuentra amenazado por una tecnología que no ha venido precisamente a plantar flores. Lola y Estrella podrían mirar hacia otro lado, encogerse de hombros y seguir jugando a las cartas. No lo hacen. Y eso es precisamente lo que pone en marcha esta historia.

Una de las cosas más simpáticas del volumen es que Cavolo no convierte a sus protagonistas en heroínas de manual desde la primera página. Lola y Estrella no son dos máquinas de repartir mamporros con una capa al viento. Son niñas. Tienen miedo, dudas y pocas ganas de convertirse en exploradoras. Su aventura nace más de la necesidad que de la vocación aventurera. El mundo que conocen está siendo destruido y, aunque no sepan muy bien qué hacer, deciden moverse. Que ya es bastante más de lo que hacemos muchos adultos cuando se nos acaba el café.

A partir de ahí comienza un viaje que irá alejándolas progresivamente de su hogar y ampliando el escenario de la historia. Lo que parecía inicialmente un problema local termina revelando que Matria es un mundo mucho más grande, complejo y extraño de lo que ellas conocían. Cavolo aprovecha el viaje para presentar nuevos personajes, paisajes y comunidades, haciendo que la aventura tenga también un componente de descubrimiento. No se trata únicamente de averiguar quién está detrás de las máquinas, sino de comprender que existen otras formas de vivir, otras culturas y otras maneras de relacionarse con el entorno.

Ahí aparece uno de los aspectos más interesantes del cómic: su defensa de la comunidad. Este tebeo habla de amistad, por supuesto, pero también de pertenencia. Del lugar que llamamos hogar y de lo que sucede cuando ese lugar deja de ser seguro. Los gnomos expulsados de su territorio no son simplemente una excusa para que las protagonistas tengan una misión; su situación sirve para introducir una reflexión sencilla, accesible para lectores jóvenes, sobre la pérdida del entorno y las consecuencias de determinadas formas de explotación. Y Cavolo consigue hacerlo sin convertir el tebeo en un folleto educativo disfrazado de aventura. La preocupación ecológica está ahí, perfectamente visible, pero forma parte del mundo y de la historia. El micelio resulta especialmente apropiado como elemento narrativo porque permite plantear una idea muy interesante. Bajo nuestros pies existe una red de conexiones que no vemos, pero de la que dependemos. En Matria esa idea se lleva directamente al terreno fantástico. El planeta está conectado literalmente a través de sus raíces. Si destruyes una parte, la herida termina afectando al conjunto.

También resulta importante la relación entre Lola y Estrella. La amistad entre ambas no está planteada como una simple excusa para que dos personajes infantiles viajen juntas. Cada una aporta algo diferente y la aventura sirve para poner a prueba esa relación. Hay complicidad, pero también miedo e incertidumbre. No siempre tienen las respuestas y tampoco necesitan tenerlas. Lo interesante es ver cómo van avanzando precisamente porque confían la una en la otra.

Como debut en el cómic infantil, Cavolo apuesta además por una obra tremendamente visual. Y aquí resulta imposible separar la historia del dibujo porque ambas cosas forman un todo. Su estilo, inmediatamente reconocible por el uso de colores intensos, formas expresivas y una estética que parece surgir de una mezcla entre mural, cuento ilustrado y sueño psicodélico, convierte Matria en un lugar con personalidad propia. Las páginas están llenas de detalles, criaturas y escenarios que invitan a detenerse. No estamos ante un dibujo pensado únicamente para contar de manera eficiente lo que ocurre. Cavolo quiere que el lector mire. Hay personajes que parecen salidos de una leyenda inventada durante una tarde especialmente imaginativa, animales imposibles, paisajes exuberantes y una utilización del color que hace que incluso los momentos más oscuros conserven una dimensión casi mágica. Ese contraste funciona particularmente bien. Porque el comic puede hablar de la destrucción del mundo y de comunidades que pierden su hogar, pero lo hace dentro de un universo que resulta atractivo y luminoso. No intenta asustar al lector infantil para transmitirle su mensaje. Prefiere construir un mundo del que resulte doloroso alejarse. Si primero consigues que el lector quiera vivir en Matria, cuando alguien llega con una excavadora imaginaria a cargárselo todo, el problema adquiere automáticamente otra dimensión. Más o menos la misma sensación de los que leímos en su momento la obra de Michael Ende.

La edición de Astiberri acompaña bien la propuesta. El volumen se presenta en cartoné, con 168 páginas a todo color y un formato que permite disfrutar de las ilustraciones con suficiente espacio para que el trabajo de Cavolo respire. En un álbum en el que el apartado gráfico tiene tanto peso, no es un detalle menor. Aquí el lector no solo sigue una aventura: también recorre un mundo ilustrado con una personalidad muy marcada.

Al final, este primer tomo de «Lola y Estrella» es una aventura infantil que sabe combinar fantasía, amistad, humor y conciencia ecológica sin ponerse demasiado estupenda. Ricardo Cavolo construye un universo colorido y extraño, pero también reconocible en sus preocupaciones: proteger aquello que consideramos nuestro hogar, ayudar a quienes lo han perdido y descubrir que el mundo es bastante más grande cuando uno se atreve a salir de su valle. Y lo mejor es que las protagonistas no necesitan convertirse en superheroínas para enfrentarse al problema. Les basta con tener curiosidad, quererse, hacer preguntas y dar el primer paso. Luego ya veremos si sobreviven a los gnomos, las máquinas, las raíces planetarias y a ese dichoso monolito. Es un primer volumen que deja ganas de continuar el viaje. Y si además consigue que algún pequeño lector termine pensando que leer tebeos es una buena idea para entretener, no hay más explicaciones que dar.

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