Krakoa fue una idea maravillosa. Una nación mutante independiente, poderes capaces de resucitar muertos, portales mágicos, plantas con propiedades casi milagrosas y una sociedad que parecía diseñada por alguien que había leído demasiados cómics de ciencia ficción y había decidido que la humanidad necesitaba un poco de competencia. Y entonces llegó el momento inevitable: había que complicarlo todo. Porque en Marvel, si una situación funciona razonablemente bien durante cinco minutos, alguien tiene que introducir un villano, una conspiración, un imperio alienígena, un trauma infantil o las cuatro cosas a la vez. Y aquí tenemos otro buen puñado de esas «Tribulaciones de X» que dan título al tomo.

Panini Comics reúne en el onceavo Marvel Premiere de Tribulaciones de X, los números de X-Men #7, Devil’s Reign: X-Men 1-3 y Sabretooth 1, con Gerry Duggan, Pepe Larraz, Phil Noto, Victor LaValle y Leonard Kirk repartiendo desgracias entre los mutantes como si estuvieran organizando una tómbola. El resultado es un volumen bastante representativo de aquella etapa de Krakoa: ambicioso, entretenido, cargado de ideas y con esa encantadora sensación de que alguien ha dejado abiertas demasiadas puertas argumentales y ahora toca fingir que todo estaba perfectamente planeado.
El plato principal llega con X-Men 7, donde el Doctor Estasis decide que todavía no ha hecho suficiente daño y mueve ficha con una jugada bastante más letal. Por si no fuera suficiente con tener científicos locos, enemigos de los mutantes, conspiraciones y amenazas existenciales, aparece el Capitán Krakoa para hacerse cargo de la Patrulla-X. Porque, evidentemente, cuando tu equipo de superhéroes está formado por mutantes con siglos de experiencia acumulada, poderes absurdamente peligrosos y una nación propia, lo lógico es ponerles delante a alguien disfrazado con una bandera y esperar que nadie haga preguntas. Duggan aprovecha bien el conflicto para continuar jugando con la identidad de los X-Men y con esa constante sensación de provisionalidad que acompañaba a la nación de Krakoa. Los mutantes han conseguido algo que durante décadas parecía imposible. Un lugar propio, recursos, tecnología y una estructura política. Y, como buenos mutantes, su primera reacción consiste en llenarlo todo de secretos, intrigas y problemas internos. La utopía, por tanto, funciona exactamente como cabría esperar de cualquier sociedad de grandes dimensiones. Estupendamente hasta que llega el siguiente problema.

Pepe Larraz vuelve a ser uno de los grandes atractivos. Su dibujo tiene esa capacidad para convertir cualquier escena en algo espectacular sin necesidad de que los personajes estén destruyendo media ciudad. Los diseños, las composiciones y la acción tienen una claridad extraordinaria, algo especialmente importante cuando el guion decide poner sobre la mesa un ejército de mutantes, enemigos con nombres que parecen sacados de una partida de rol y conceptos que requieren un pequeño manual de instrucciones para ser comprendidos.
Luego pasamos a Devil’s Reign: X-Men, donde la cosa se pone todavía más simpática porque aparece Kingpin. Wilson Fisk ha decidido que gobernar Nueva York no es suficiente y, durante Devil’s Reign (ya sabéis esa serie donde aparece Daredevil y sus cosas), emprende su particular cruzada contra los superhéroes. Porque claro, si hay algo que caracteriza a un buen político autoritario es la capacidad para pensar: «¿Y si además de controlar la ciudad me dedico a perseguir mutantes?». Probablemente alguien se lo presentó como una oportunidad de expansión de negocio. Aquí Victor LaValle se mete en un terreno especialmente jugoso al recuperar el pasado de Emma Frost y su relación con Kingpin. Y eso es precisamente lo divertido. Emma no es el tipo de personaje que suele llevar una vida sentimental sencilla. Su biografía parece escrita con la filosofía de que cualquier secreto puede convertirse en munición dentro de veinte años. Lo que se descubre aquí añade una nueva capa a su relación con Fisk y permite explorar una etapa de su pasado en la que la Reina Blanca todavía estaba construyendo la mujer que terminaría siendo. La historia también funciona como recordatorio de algo que a veces se pierde entre explosiones y rayos ópticos. Emma Frost es uno de los personajes más interesantes de la etapa precisamente porque puede ser simultáneamente heroína, manipuladora, superviviente, mujer de negocios y amenaza potencial para cualquiera que se siente demasiado cerca de ella. Phil Noto aporta un dibujo mucho más elegante y contenido que el de Larraz, y el cambio de registro le sienta estupendamente al material. Sus personajes tienen una expresividad más íntima y una puesta en escena que permite que las conversaciones resulten casi tan peligrosas como una pelea entre mutantes.

Después tenemos a Dientes de Sable. Porque, naturalmente, después de hablar de política, conspiraciones, Kingpin y conflictos internacionales, alguien debió pensar que faltaba un señor con uñas muy afiladas, mucho pelo, problemas de ira y una relación bastante complicada con la idea de la redención. Dientes de Sable fue condenado a una eternidad de tormento. Una sentencia perfectamente razonable si tenemos en cuenta su historial. El problema es que Victor Creed tiene una relación muy particular con el castigo. Cuanto peor se pone la cosa, más cómodo parece sentirse. El infierno, para él, no es tanto una condena como un cambio de residencia. Victor LaValle entiende perfectamente qué hacer con el personaje y lo convierte en una historia mucho más oscura y desagradable que el típico festival de garras y gruñidos. Creed deja de ser simplemente ”el tipo malo que odia a Lobezno” para convertirse en una criatura monstruosa que tiene que enfrentarse a las consecuencias de todo lo que ha hecho. Y cuando digo consecuencias, no me refiero a una charla con Charles Xavier sobre responsabilidad emocional. Aquí directamente lo meten en el infierno y dejan que se las arregle. La idea tiene bastante mala leche y, al mismo tiempo, bastante sentido. Si llevas décadas utilizando a Victor como una máquina de violencia con patas, resulta interesante comprobar qué ocurre cuando esa violencia deja de ser una herramienta para convertirse en el centro del relato. La historia no intenta convertirlo mágicamente en un buen tipo porque, afortunadamente, nadie necesita otro villano rehabilitado por decreto editorial. Lo que hace es explorar qué clase de monstruo queda cuando ya no puede esconderse detrás de una pelea. Leonard Kirk se encarga de dibujar ese descenso a los infiernos con un tono que encaja muy bien con la propuesta. Hay suciedad, oscuridad y una sensación constante de que aquí nadie va a salir especialmente bien parado. Que, tratándose del personaje que es, probablemente sea una buena noticia.
En conjunto, este tomo de Tribulaciones de X funciona como una pequeña muestra de lo que hizo interesante (y agotador) a la era Krakoa. Hay conceptos enormes, personajes con décadas de historia, cambios de estatus, conspiraciones, política mutante, amenazas galácticas y villanos que reaparecen cuando uno ya pensaba que se habían ido a molestar a otra generación. Y ahí está también el principal problema de esta etapa. En ocasiones parece que cada historia necesita justificar su existencia introduciendo otra capa de continuidad. Si no sabes quién es alguien, probablemente lo sabrás después de consultar tres números anteriores, dos especiales y un árbol genealógico que ocupa más espacio que el propio cómic. Krakoa convirtió la continuidad mutante en una especie de escape room editorial donde cada respuesta genera otras cuatro preguntas. Pero cuando funciona, funciona muy bien.

Ese era el gran encanto de aquella época: los mutantes habían conseguido construir el paraíso y, en lugar de disfrutarlo, decidieron inmediatamente llenarlo de enemigos, secretos, guerras civiles, problemas diplomáticos y gente intentando matarlos. Vamos, que habían inventado el paraíso y lo administraban como una comunidad de vecinos. Este tebeo es otro capítulo de esa monumental fiesta mutante en la que nadie sabe quién está al mando, todo el mundo tiene secretos y cualquier personaje puede volver del infierno con una nueva colección de traumas. Al menos Dientes de Sable parece estar disfrutando de las instalaciones.
