Antes de que Alan Moore decidiera convertirse en el brujo supremo del cómic y pasarse media vida renegando de adaptaciones, superhéroes, editoriales y probablemente de la tostadora si le mira mal, hubo un tiempo en el que simplemente era un guionista británico con demasiadas ideas por página. Ese Alan Moore primerizo es el que rescata Dolmen Editorial en el primer tomo de «Alan Moore en 2000AD: Las Obras Completas», un volumen que demuestra que el talento no apareció de repente con «Watchmen«. Simplemente llevaba años entrenando mientras el resto del mundo todavía no estaba prestando atención.

Lo primero que sorprende es comprobar que muchas de estas historias apenas ocupan cinco o seis páginas y, aun así, contienen más imaginación que sagas actuales de doce números, cinco crossovers y tres reinicios editoriales. Moore convierte cada Future Shocks o Time Twisters en un pequeño laboratorio donde prueba ideas de ciencia ficción, humor negro, sátira política y finales con giro. Algunas son simples chistes cósmicos; otras son auténticos puñetazos conceptuales. No todas funcionan igual de bien, claro. Si alguien espera que cada relato sea un V de Vendetta en miniatura, probablemente también crea que cualquier estudiante de cocina sirve el mismo menú que Gordon Ramsay. Pero incluso los experimentos menos inspirados desprenden una creatividad insultante. Y es precisamente ahí donde nace el sarcasmo inevitable. Porque uno abre este tomo pensando que va a leer «las primeras obras» de Alan Moore y acaba preguntándose qué demonios desayunaban en la redacción de 2000AD para permitir semejante desfile de ideas. Hoy una reunión editorial necesita tres informes de mercado para aprobar una serie. En los ochenta bastaba con que Moore entregara un guion sobre robots neuróticos, científicos con dos cerebros o paradojas temporales imposibles. Nadie preguntaba si aquello generaría una línea de figuras de acción.
Uno de los grandes protagonistas del tomo es Abelard Snazz, posiblemente el personaje que mejor resume el humor de Moore. Un supergenio con dos cerebros y cuatro ojos que demuestra que la inteligencia extrema sirve de muy poco cuando uno tiene el ego del tamaño de un planeta. Sus historias son una sátira constante de la arrogancia intelectual y siguen resultando sorprendentemente modernas. Es imposible no sonreír viendo cómo cada brillante invento desemboca en un desastre todavía mayor. Resulta reconfortante descubrir que Alan Moore ya se reía de los listillos décadas antes de que internet los multiplicara por millones.

Las historias de Rogue Trooper muestran otra faceta del escritor. Aquí el humor cede espacio a un discurso antibelicista bastante más serio, aunque Moore nunca abandona la ironía que caracteriza toda su producción. Incluso cuando trabaja con personajes ajenos consigue introducir reflexiones sobre la guerra, la manipulación o la condición humana sin que parezca que está dando una conferencia universitaria. Algo que, visto el rumbo de ciertos cómics contemporáneos, casi parece magia. Bueno… siendo Alan Moore, quizá realmente lo sea.
También hay espacio para Ro-Busters, ABC Warriors, Tharg the Mighty y un buen puñado de relatos independientes donde cada pocas páginas aparece una idea que cualquier otro guionista habría estirado durante seis números. Moore, en cambio, la presenta, la desarrolla y la remata antes de que el lector termine el café. Es un ritmo vertiginoso que convierte la lectura en una especie de atracón creativo del que cuesta salir.

Naturalmente, un tomo así no sería lo mismo sin el impresionante plantel de dibujantes que lo acompaña. Aquí desfilan nombres como Dave Gibbons, Alan Davis, Steve Dillon, Brendan McCarthy, Bryan Talbot, Ian Gibson, Garry Leach, Jesús Redondo, Paul Neary, Brett Ewins, José Casanovas, John Cooper y muchos más. Algunos todavía estaban definiendo el estilo que años después los convertiría en referentes, mientras otros ya demostraban una personalidad visual extraordinaria. Es casi divertido reconocer a futuros gigantes antes de convertirse oficialmente en «leyendas». Como ver fotografías del instituto de un grupo de rock antes de llenar estadios. La variedad gráfica también juega a favor del volumen. Cada relato tiene una identidad propia, desde la ciencia ficción más clásica hasta el humor grotesco o el terror futurista. No existe una homogeneidad estética porque tampoco la había en 2000AD. La revista era una auténtica fábrica de experimentos donde cada artista aportaba su visión sin necesidad de parecerse al compañero de la página siguiente. Y eso hace que el tebeo mantenga siempre una agradable sensación de sorpresa.
La edición de Dolmen Editorial merece una mención especial. No se limita a recopilar historias desperdigadas, sino que las presenta con el respeto que merecen, incluyendo un magnífico prólogo de Sergio Aguirre que contextualiza el nacimiento profesional de Moore y explica por qué estas páginas resultan tan importantes dentro de su evolución. Es uno de esos prólogos que realmente se leen y no simplemente se pasan para llegar antes al cómic. Quizá el único «problema» del tomo sea precisamente su condición de primer volumen. Cuando uno termina la última página aparece una sensación muy concreta: la de necesitar inmediatamente el siguiente. Es una especie de síndrome de abstinencia. Uno empieza pensando que va a curiosear los primeros trabajos del autor y acaba deseando seguir excavando en esa cantera de imaginación británica. Porque conviene dejar clara una cosa: esto no es un museo. No estamos ante una recopilación interesante únicamente por su valor histórico. Estas historias siguen funcionando. Algunas han envejecido mejor que muchísimas obras modernas que presumen de revolucionarias mientras reciclan argumentos de hace treinta años con colores más brillantes. Moore ya entendía entonces que una buena idea siempre pesa más que veinte explosiones digitales.

Este volumen también desmonta otro tópico bastante extendido: que Alan Moore nació siendo Alan Moore. Aquí todavía está buscando caminos, probando registros, afinando recursos narrativos y experimentando con formatos brevísimos. Precisamente por eso resulta tan fascinante. Se percibe al artesano antes de convertirse en mito, aunque el mito ya asome la cabeza en prácticamente cada relato. Al final, este primer volumen de «Alan Moore en 2000AD: Las Obras Completas» es una compra casi obligatoria para cualquiera que disfrute del cómic británico, de la ciencia ficción imaginativa o simplemente quiera descubrir cómo empezó uno de los mejores guionistas de todos los tiempos. Y sí, el nombre de Alan Moore vende solo. Pero, por una vez, el marketing no exagera. Lo sorprendente es comprobar que incluso el «Alan Moore de prácticas» escribía mejor que muchos autores plenamente consagrados. Eso sí, cuidado. Leer este tomo puede provocar efectos secundarios. El principal consiste en empezar a mirar con cierta desconfianza algunos cómics actuales de ciento cincuenta páginas que cuentan menos cosas que una historia de cinco páginas publicada en 2000AD hace más de cuarenta años. Y eso, aunque duela admitirlo, quizá sea la sátira más cruel que esconde este magnífico volumen.
