El Hombre Máquina es uno de esos personajes que Marvel nunca ha sabido muy bien dónde colocar. No es un mutante, no es un vengador, no es un dios nórdico con problemas familiares ni un adolescente mordido por algo radiactivo. Es un robot con crisis existenciales que, en lugar de preguntarse si los humanos soñamos con ovejas eléctricas, se pregunta por qué los humanos somos tan insoportables. Y, siendo sinceros, no le faltan motivos. Este segundo y último tomo de «Hombre Máquina: El robot viviente» tiene algo que lo convierte en una auténtica curiosidad histórica. No estamos ante una obra maestra perdida de Marvel ni ante una revolución del cómic superheroico. Estamos ante un experimento fascinante protagonizado por uno de los personajes más extraños que salieron de la desbordante imaginación de Jack Kirby y que, en esta ocasión, pasa por las manos de Marv Wolfman, Steve Ditko y Tom DeFalco. Es decir, nada menos que de los grandes arquitectos del Universo Marvel intentando averiguar qué demonios hacer con un robot que quiere ser humano. Y eso, aunque el resultado sea irregular, merece bastante más cariño del que suele recibir.

La gran estrella del tomo es, sin ninguna duda, Steve Ditko. Su regreso a Marvel como dibujante regular de una colección resulta casi tan sorprendente como encontrar a Galactus haciendo la compra en el supermercado. Ditko había abandonado la Casa de las Ideas años atrás y pocos podían imaginar que volvería ilustrando las aventuras de un robot filosófico con brazos extensibles. La vida tiene estas cosas.
Su llegada supone un cambio radical respecto a la etapa del rey. Si Jack Kirby era un concierto de heavy metal cósmico a todo volumen, Ditko es jazz experimental dibujado con regla y escuadra. El Hombre Máquina pierde parte de la exuberancia visual que lo caracterizaba para ganar un enfoque más íntimo y contenido. Los enormes ojos grandes desaparecen, las páginas se llenan de pequeñas viñetas y la narrativa adquiere ese inconfundible sabor Ditko que hace que incluso una pelea contra un villano ridículo parezca una reflexión filosófica sobre la condición humana. Porque si algo tiene este tomo es una galería de enemigos que parecen sacados de una máquina expendedora de ideas de la Marvel de finales de los setenta. Tenemos ladrones disfrazados, científicos locos, políticos corruptos, entidades energéticas imposibles, hechiceros extravagantes y criminales con planes tan absurdos que uno no puede evitar sonreír mientras los lee. No todos funcionan, ni mucho menos, pero sí contribuyen a crear esa sensación tan maravillosa de estar leyendo un cómic que no tiene ningún complejo en ser un producto de su tiempo.

Marv Wolfman toma el relevo de Kirby con bastante inteligencia. Sabe que no puede competir con el Rey en términos de imaginación desatada, así que decide llevar al Hombre Máquina hacia terrenos más cercanos al género superheroico tradicional. Aaron Stack consigue un trabajo en una compañía de seguros (porque aparentemente el sueño americano también incluye que los robots tengan empleo) y empieza a desarrollar algo parecido a una vida cotidiana.
La idea es bastante interesante. Después de todo, ¿qué hace un robot con sentimientos cuando no está salvando el mundo? Pues buscar trabajo, pagar facturas y relacionarse con compañeros humanos tan peculiares como los secundarios clásicos del Universo Marvel. Es una aproximación que funciona mejor de lo que cabría esperar y que permite explorar el gran tema del personaje. Su necesidad de encontrar un lugar en un mundo que no está preparado para aceptarlo. Wolfman también insiste en la eterna dualidad del Hombre Máquina. Aaron Stack no es simplemente un robot que quiere ser humano. Es una criatura creada para la guerra que intenta comprender las emociones humanas mientras descubre que los humanos somos expertos en complicarnos la existencia los unos a los otros. El pobre X-51 observa nuestra especie con la mezcla perfecta entre curiosidad científica y desesperación existencial. Eso sí, no todo es brillante. Sería injusto vender este tomo como una joya oculta del catálogo Marvel porque tiene bastantes altibajos. Algunos argumentos de Wolfman son bastante discutibles y ciertas reflexiones filosóficas pecan de ingenuidad incluso para los estándares del cómic superheroico de la época.

Entonces llega Tom DeFalco. Hablar de su etapa es un pequeño ejercicio de amor y resignación. DeFalco es un guionista enormemente importante en la historia de Marvel y aquí ya empezaba a demostrar algunas de las virtudes que desarrollaría años después. El problema es que los guiones no terminan de despegar. Algunos números parecen homenajes entrañables al cómic superheroico clásico y otros simplemente parecen cómics clásicos, de los que uno olvida cinco minutos después de haberlos leído. Hay aventuras que rozan la parodia involuntaria. Otras resultan simpáticas precisamente por su ingenuidad. Y algunas son tan marcadamente ochenteras que resulta imposible no disfrutarlas con una sonrisa nostálgica.
Visualmente, Steve Ditko sostiene el conjunto con enorme dignidad. Puede que no estemos ante el Ditko revolucionario que redefinió el lenguaje del cómic junto a Spiderman y Doctor Extraño, pero sigue siendo un dibujante extraordinario. Sus composiciones son limpias, expresivas y tremendamente personales. Incluso cuando el material argumental no está a la altura, el dibujante consigue mantener el interés del lector. Eso sí, hay ciertos personajes invitados que parecen sacados de una dimensión alternativa particularmente cruel para los aficionados. Ver a La Cosa dibujada por Ditko es una experiencia que uno no olvida fácilmente. Digamos que Ben Grimm ha tenido mejores días y mejores dibujantes. El volumen se completa con una breve historia publicada años después en Marvel Comics Presents. Se trata de una curiosidad más que de un imprescindible. Un Steve Ditko ya muy diferente vuelve a encontrarse con el personaje en una aventura sencilla y funcional que sirve como pequeño epílogo para esta recopilación.

La edición de Panini Comics junto a SD Distribuciones mantiene el excelente nivel que está ofreciendo la línea Marvel Limited Edition TPB. Nos encontramos con un tomo en rústica de 208 páginas que recopila íntegramente Machine Man #10-19, además del material publicado en Marvel Comics Presents #10, completando así la etapa clásica del personaje en solitario. Al final, este segundo tomo del «Hombre Máquina» es un producto tremendamente honesto. No pretende reinventar Marvel ni convertirse en la gran epopeya superheroica olvidada. Es simplemente el testimonio de una época en la que los cómics podían permitirse ser extraños, imperfectos y entrañablemente extravagantes. Quizá el mayor mérito de Aaron Stack sea precisamente ese. Ser uno de los personajes más inclasificables del Universo Marvel. Un robot que nunca llegó a convertirse en una superestrella editorial pero que ha sobrevivido durante décadas gracias a una premisa tan sencilla como irresistible. ¿Qué ocurre cuando una máquina aprende a ser más humana que muchos humanos? La respuesta no está del todo clara ni siquiera después de veinte números. Pero el viaje merece la pena, después de recorrer las viñetas de los dos tomos que estan publicados.
