En el mundo de las relaciones sentimentales hay muchas maneras de demostrar amor. Regalar flores, preparar una cena romántica, escribir poemas bajo la ventana de la persona amada o, si eres Shesheshen, introducirle unos cuantos huevos en los pulmones para que tus retoños puedan alimentarse de ella mientras crecen. Cada cual tiene sus costumbres y no seré yo quien juzgue las tradiciones reproductivas ajenas. Aunque reconozco que esta última puede complicar bastante la primera cita. Con «Alguien en quien anidar», John Wiswell nos propone una historia de fantasía que comienza con una premisa tan repulsiva como fascinante. Una criatura monstruosa, una humana demasiado amable y un dilema sentimental que haría palidecer a cualquier protagonista de una comedia romántica. Porque enamorarse ya es complicado de por sí, pero hacerlo cuando tu concepto de formar una familia implica que tu pareja se convierta en una incubadora viviente tiene sus particularidades. Digamos que conocer a los suegros pasa a ser un problema menor.
La protagonista es Shesheshen, una cambiaformas que habita en una vieja mansión y que acaba de despertar de su hibernación. Su aspecto no es precisamente el que encontraríamos en un catálogo de belleza. Está formada por una masa viscosa que puede moldear a voluntad utilizando huesos, carne y cualquier otro material orgánico que encuentre a mano. Para completar su anatomía puede recurrir a cadenas metálicas, restos humanos y hasta un cepo para osos que utiliza como una segunda boca. Una solución bastante práctica para quienes siempre han considerado que una sola mandíbula se queda corta. Su plácido descanso se ve interrumpido por un grupo de cazadores de monstruos que han decidido acabar con ella. Uno de ellos, Catarsis Pirolupos, pertenece a una familia aristocrática que lleva generaciones persiguiendo a las sierpes y pretende llevarse el corazón de nuestra protagonista como trofeo para su madre, la baronesa. El pequeño inconveniente es que Shesheshen no tiene corazón. Ni sangre. Ni una anatomía que encaje demasiado bien en los manuales de medicina. Pero intentar explicárselo a unos cazadores empeñados en matarte tampoco parece la mejor estrategia.
Tras el enfrentamiento, nuestra criatura queda gravemente herida y termina siendo salvada por Homilía, una mujer que la encuentra y decide ayudarla sin saber que está atendiendo a uno de los monstruos que su familia lleva años intentando exterminar. Shesheshen, que no está acostumbrada a semejantes muestras de generosidad, empieza a interesarse por su salvadora. Y no precisamente por motivos altruistas. Homilía reúne todas las condiciones para convertirse en el nido perfecto donde depositar sus huevos y garantizar la supervivencia de su descendencia. Que la futura madre tenga que morir para que las criaturas puedan desarrollarse es un detalle que, por el momento, Shesheshen considera perfectamente asumible.
El problema aparece cuando empieza a sentir algo por ella. Algo que no tiene demasiado claro cómo gestionar porque, hasta entonces, sus relaciones sociales se habían limitado fundamentalmente a devorar personas y procurar que nadie la devorase a ella. De repente descubre que quizá no quiere utilizar a Homilía como incubadora, sino compartir una vida con ella. Una revelación sentimental que, en circunstancias normales, sería maravillosa, pero que aquí exige replantearse algunas cuestiones bastante básicas sobre la reproducción. Wiswell juega precisamente con ese contraste entre lo monstruoso y lo humano para construir una historia que tiene bastante más mala leche de lo que su envoltorio de fantasía romántica podría sugerir. Shesheshen observa a los humanos desde fuera, sin comprender del todo sus costumbres, sus convenciones sociales o sus absurdas contradicciones. Y ahí está buena parte de la gracia. Porque cuando una criatura que considera perfectamente razonable comerse a alguien se encuentra con una sociedad que justifica auténticas barbaridades en nombre de la familia, la tradición o el prestigio, quizá el problema no sea precisamente el monstruo.
La novela utiliza esa perspectiva para disparar contra las jerarquías sociales, los privilegios de clase y las relaciones familiares tóxicas. La familia de Homilía es un auténtico catálogo de comportamientos miserables, una colección de individuos que consiguen que Shesheshen parezca una candidata bastante razonable para organizar reuniones familiares. Y eso que estamos hablando de alguien que puede arrancarte un brazo y utilizarlo para completar su propia anatomía. La comparación resulta especialmente divertida porque el autor consigue que el lector se pregunte quién merece realmente el calificativo de monstruo.
Uno de los grandes aciertos de Wiswell es la personalidad de su protagonista. Shesheshen tiene una voz narrativa muy particular, cargada de humor negro, observaciones desconcertantes y una lógica completamente ajena a la nuestra. Sus pensamientos sobre el cuerpo humano, la alimentación o las relaciones personales proporcionan algunos de los momentos más divertidos del libro. Su manera de interpretar el comportamiento de los demás resulta tan ingenua como mordaz, y su particular visión del mundo permite al autor introducir críticas sociales sin necesidad de convertir cada capítulo en un sermón.
También funciona muy bien el componente de horror corporal. Las transformaciones de Shesheshen están descritas con bastante imaginación y no escatiman en detalles sobre tejidos, órganos, huesos y demás elementos que normalmente preferimos mantener en el interior del cuerpo. El autor demuestra que tiene una imaginación bastante juguetona cuando se trata de construir una criatura verdaderamente extraña. Si alguna vez habéis pensado que vuestro cuerpo necesita una pequeña reforma, quizá después de leer esta novela os lo penséis dos veces antes de acudir a un especialista. Y os lo dice uno que se quitó una verruga después de leer el libro y siento escalofríos al verlo.
Ahora bien, tampoco todo funciona con la misma precisión. La relación entre Shesheshen y Homilía avanza con bastante rapidez y, en determinados momentos, cuesta creer que una criatura que ha vivido aislada durante tanto tiempo adquiera de repente semejante capacidad para analizar las complejidades emocionales humanas. Su evolución sentimental resulta interesante, pero algunas reflexiones parecen proceder más de una consulta de psicología contemporánea que de una criatura acostumbrada a utilizar cadáveres como material de construcción. Es una pequeña contradicción que puede sacar de la historia. Shesheshen comienza siendo un personaje fascinante precisamente por su condición de ser ajeno a la humanidad, pero a medida que avanza la trama sus pensamientos se vuelven cada vez más reconocibles y familiares. El contraste sigue funcionando, aunque en ocasiones se pierde parte de esa frescura inicial. También hay momentos en los que las reflexiones sobre las relaciones familiares y los traumas se prolongan más de lo necesario, ralentizando una narración que tiene suficientes elementos interesantes como para no necesitar explicar constantemente lo que ya estamos viendo.
La parte sentimental ocupa bastante espacio y condiciona el desarrollo de la historia. Quien espere una novela de terror fantástica repleta de criaturas sanguinarias, persecuciones y vísceras quizá encuentre menos carnicería de la que esperaba. Aquí hay sangre, desde luego, pero también mucho espacio para los sentimientos, la confianza y la vulnerabilidad. Es una combinación peculiar que no siempre resulta equilibrada, aunque forma parte de la personalidad de la propuesta.
Por otro parte, la traducción de Laura Moreda Caballero para la edición de Runas/Alianza Editorial merece también una mención, especialmente por el trabajo con la peculiar voz de Shesheshen, sus ocurrencias y los nombres de los personajes. Mantener el humor y la personalidad de una narradora tan particular no debe de ser precisamente sencillo, y el resultado consigue que la lectura conserve buena parte de su frescura.
Una vez terminadas las 368 páginas de «Alguien en quien anidar» podría decir que es una novela bastante inclasificable que mezcla fantasía, humor negro, horror corporal, crítica social y romance de una manera tan peculiar como estimulante. John Wiswell construye una protagonista memorable y utiliza su condición monstruosa para poner delante del espejo algunas de las miserias más reconocibles de nuestra propia especie. Porque quizá la auténtica monstruosidad no consista en tener tentáculos o una viscosidad bestial, sino en utilizar los vínculos familiares como excusa para destrozarle la vida a quienes tienes alrededor. Es una lectura de lo más sorprendente y algo perfecto para leer tanto de noche como de día. Si es de día mejor porque las pesadillas pueden que os invadan después de terminar el libro.
