Thor lleva tantos siglos repartiendo martillazos con Mjolnir que uno podría pensar que a estas alturas ya lo hemos visto todo. Ha luchado contra dioses, gigantes, demonios, entidades cósmicas y hasta contra sus propios guionistas, que en ocasiones parecen empeñados en convertir su existencia en una sucesión interminable de desgracias. Pero Marvel tiene una solución para estos problemas. Le añade la palabra «Inmortal» al título, buscar a un guionista con ganas de jugar con la mitología y confiar en que los lectores todavía tengan sitio en la estantería para otra etapa del Dios del Trueno. Así llega el primer Marvel Premiere del «Inmortal Thor», con Al Ewing dispuesto a demostrar que todavía quedan historias interesantes que contar sobre el rubio de Asgard.

Después de firmar una de las etapas más interesantes de Hulk, Ewing cambia los pantalones verdes por la capa roja y se enfrenta a un personaje que exige algo más que repartir martillazos y gritar aquello de «¡Por Odín!». Porque Thor no es precisamente un superhéroe corriente. Es un dios, un rey, una leyenda viviente y, dependiendo del día, un tipo bastante propenso a meterse en problemas que harían que cualquier trabajador de oficina pidiese la baja por estrés. El guionista parece tenerlo muy claro y decide recuperar buena parte de la esencia clásica del personaje, apostando por una aventura de dimensiones mitológicas, amenazas descomunales y una buena dosis de épica.
Este primer volumen editado por Panini Comics recopila los cinco primeros números de The Immortal Thor, además de material del Thor Annual #1, con Al Ewing al guion, Martín Cóccolo al dibujo y Matthew Wilson al color. Las portadas de Alex Ross, como suele ser habitual, merecen una mención aparte. El artista vuelve a demostrar que sabe vender la grandeza de un personaje incluso antes de que uno haya abierto el cómic. Viendo sus ilustraciones, dan ganas de arrodillarse ante Thor, aunque sea simplemente para preguntarle si puede levantar la factura de la luz con Mjolnir.

La historia arranca con un Thor que disfruta de su condición de Rey de Asgard y de la reconstrucción del Bifrost. Ewing recupera una versión del personaje bastante más luminosa y optimista que la que hemos visto en algunas etapas recientes. Thor vuelve a reír, disfruta de sus responsabilidades y mantiene una conexión especial con Midgard y sus habitantes. Parece una tontería, pero después de tantos años viendo a personajes atormentados, traumatizados y permanentemente enfadados, encontrarse con un dios que todavía es capaz de disfrutar de la vida resulta casi revolucionario. No todo van a ser crisis existenciales y traumas familiares en el universo Marvel. Sin embargo, la tranquilidad dura lo que suele durar en Asgard: poco. La aparición de Toranos, uno de los Dioses Ancianos de Utgard, introduce una amenaza que supera ampliamente los problemas habituales del protagonista. Ewing juega con la idea de que incluso los dioses tienen miedo de algo y que, por encima de las divinidades que conocemos, existen entidades mucho más antiguas y peligrosas. Una especie de recordatorio de que siempre puede aparecer alguien más grande que tú dispuesto a arruinarte el día.
Toranos funciona especialmente bien porque no es simplemente otro enemigo gigantesco al que Thor pueda solucionar el problema lanzándole el martillo a la cabeza. Su presencia permite al guionista ampliar la mitología del personaje, introducir conceptos relacionados con los orígenes de los dioses y sugerir que el universo es bastante más extraño de lo que parecía. Ewing va dejando pistas, recuperando elementos clásicos y construyendo una historia que tiene más ambición que la típica aventura de superhéroes con presentación, pelea y despedida hasta el siguiente número. También resulta fundamental la presencia de Loki. Porque, naturalmente, si Thor tiene que enfrentarse a una amenaza capaz de poner en peligro la existencia de todo lo conocido, lo último que necesita es que su hermano/hermana aparezca con sus habituales juegos de palabras, secretos y manipulaciones. Ewing recupera una relación entre ambos que funciona especialmente bien gracias al contraste entre el carácter noble y directo de Thor y la personalidad mucho más retorcida de Loki. Además, el guionista introduce una faceta interesante del personaje al convertirlo en una especie de contador de historias, reforzando una de las ideas centrales de esta etapa: el poder de los relatos y la manera en que las historias pueden moldear la realidad. Aquí es donde el cómic empieza a ponerse especialmente interesante. Porque Ewing no se limita a recuperar personajes y conceptos de la mitología asgardiana, sino que construye una trama donde las leyendas, los relatos y la propia identidad de los dioses tienen un peso fundamental. Thor es el héroe de innumerables historias, pero ¿qué sucede cuando alguien intenta cambiar esas historias? ¿Y quién decide qué merece convertirse en leyenda? Son preguntas que aportan bastante más sustancia a la colección de la que cabría esperar de un cómic donde aparecen señores gigantescos repartiendo rayos.

El guionista también aprovecha para recuperar elementos del pasado editorial del personaje. Aparecen los Thor Corps, con personajes como Jane Foster, Bill Rayos Beta y otros aliados que ayudan a transmitir la dimensión de la amenaza. También encontramos a Tormenta, cuya presencia resulta bastante natural dentro de este universo de dioses y poderes extraordinarios. Y, por supuesto, está el Minotauro, un personaje que Ewing ya utilizó durante su etapa en Hulk y que demuestra que el escritor tiene bastante presente su propio trabajo. En sus manos, las conexiones entre colecciones no parecen simples guiños para lectores completistas, sino piezas de un universo que intenta mantener cierta coherencia. Algo que, visto el historial de Marvel con sus continuidades, tampoco está de más.
Donde el tomo pierde algunos enteros es en el apartado gráfico. Martín Cóccolo realiza un trabajo correcto, pero el problema es precisamente ese: resulta demasiado correcto para una historia que necesita transmitir una sensación de grandeza. Thor debería parecer un dios capaz de partir montañas, enfrentarse a criaturas imposibles y hacer que el cielo tiemble con un simple gesto. Sin embargo, buena parte de las páginas presentan una puesta en escena bastante convencional, con abundancia de planos medios y primeros planos que no siempre consiguen transmitir la espectacularidad que necesita el relato. No es que Cóccolo dibuje mal, pero su trabajo carece de la personalidad y la fuerza necesarias para que esta aventura termine de despegar. Las expresiones faciales tampoco ayudan demasiado, con un Thor que en ocasiones parece tener la misma cara tanto si está contemplando la reconstrucción de Asgard como si acaba de descubrir que su hermano ha vuelto a engañarle. Uno espera algo más de expresividad cuando hablamos de un personaje que debería tener emociones tan grandes como sus poderes.

En este sentido, Matthew Wilson realiza una labor especialmente destacable. Su color consigue aportar buena parte de la espectacularidad que no siempre encontramos en el dibujo. Los relámpagos, las sombras y los contrastes cromáticos ayudan a definir a Toranos como una presencia verdaderamente amenazadora. Hay momentos en los que el trabajo de Wilson consigue que las páginas ganen una fuerza que el dibujo por sí solo no termina de alcanzar. Una lástima que el colorista tenga que hacer parte del trabajo de levantar visualmente una historia que pedía algo más ambicioso. Y después están las portadas de Alex Ross. Un autor que vuelve a demostrar que juega en otra liga cuando se trata de representar personajes con una dimensión casi mitológica. Sus ilustraciones transmiten esa grandeza que uno espera encontrar en el interior del cómic y que, por desgracia, no siempre aparece. Si el dibujante interior hubiera conseguido acercarse a esa sensación de espectáculo, estaríamos hablando de un apartado gráfico mucho más redondo.
Al final, con sus cosas buenas y malas, Al Ewing firma un comienzo muy prometedor para «El Inmortal Thor», recuperando la esencia del personaje y construyendo una aventura que combina mitología, fantasía, superhéroes y reflexiones sobre el poder de las historias. Su mayor virtud es entender que Thor necesita enfrentarse a amenazas extraordinarias y que su condición divina debe tener un peso real en las aventuras. También se agradece recuperar a un protagonista optimista, capaz de reír y disfrutar de su papel como protector de los mundos. Ahora solo queda esperar que la colección mantenga el nivel y que no termine convirtiéndose en una sucesión interminable de amenazas cósmicas, revelaciones mitológicas y dioses enfadados. Porque, por muy inmortal que sea Thor, los lectores seguimos teniendo una esperanza de vida limitada y tampoco estamos para que nos cuenten la misma historia durante cincuenta números. De momento, Mjolnir vuelve a golpear con fuerza y Al Ewing tiene crédito suficiente para que merezca la pena seguirle la pista. Aunque, si alguien puede conseguir que el próximo tomo tenga un dibujante más inspirado, tampoco estaría de más. Los dioses también merecen un buen dibujante.
