La humanidad ha conseguido hazañas extraordinarias. Llegó a la Luna(bueno si eres terraplanista es esa cosa plana del cielo), ha descifrado el genoma humano, ha inventado internet y ha desarrollado una tecnología capaz de permitirnos ver vídeos de gente friendo huevos mientras tocan el violín. Lástima que, entre descubrimiento y descubrimiento, también haya encontrado la manera de convertir el planeta en una gigantesca papelera, agotar sus recursos y acelerar el cambio climático mientras sus dirigentes discuten si proteger el medioambiente perjudica los beneficios del próximo trimestre. Tenemos inteligencia suficiente para comprender que nos estamos metiendo en un callejón sin salida, pero no tanta como para dejar de pisar el acelerador. A documentar esta gloriosa exhibición de estupidez colectiva dedica Peter Kuper «Ojalá no estuviéramos aquí. Postales desde el apocalipsis» (“Wish we weren’t here. Postcards from the apocalypse”), un cómic que viene a recordarnos que el fin del mundo quizá no llegue con meteoritos, zombis o invasiones alienígenas, sino con una reunión de accionistas, una campaña electoral y un señor asegurando que el mercado se regulará solo.

En España lo publica Astiberri, con traducción de Rubén Lardín en un volumen de 160 páginas en color que recopila una serie de historietas breves que funcionan como pequeñas bofetadas gráficas. Kuper lleva décadas repartiendo estopa política así que experiencia no le falta a la hora de señalar las vergüenzas del sistema. Después de Insectópolis, donde exploraba nuestra relación con el fascinante universo de los insectos, vuelve a fijarse en esa otra especie invasora que está transformando el planeta a una velocidad pasmosa: nosotros, los seres humanos, esos animales que se consideran la cúspide de la evolución porque han inventado la bolsa de plástico y después han necesitado inventar una campaña publicitaria para convencerse de que reciclarla es suficiente.
Por eso el título de esta obra no engaña. Es una colección de postales enviadas desde un apocalipsis que no necesita efectos especiales porque ya dispone de suficientes patrocinadores en el mundo real. Cambio climático, contaminación, deforestación, escasez de agua, microplásticos, combustibles fósiles y destrucción de los océanos componen un catálogo de despropósitos que haría las delicias de cualquier villano de James Bond. La diferencia es que los malos de las películas suelen tener la cortesía de explicar sus planes antes de destruir el planeta. Los nuestros prefieren presentarlos como oportunidades de inversión, proyectos de expansión o medidas necesarias para garantizar la competitividad.

Kuper organiza el libro mediante tiras de cuatro viñetas, generalmente sin diálogos, en las que una situación cotidiana va transformándose hasta revelar su cara más siniestra. No necesita llenar las páginas de discursos ni recurrir a personajes que expliquen el significado de cada desastre con la solemnidad de un documental de sobremesa. Le basta una imagen inicial, un cambio progresivo y un desenlace que suele dejar al lector con esa sonrisa incómoda que aparece cuando uno acaba de reírse de algo que, en realidad, debería preocuparle bastante. La mecánica es sencilla y eficaz. Un paisaje cambia ante nuestros ojos, un objeto revela una consecuencia inesperada o una escena aparentemente inocente termina convertida en una pequeña pesadilla ecológica. El dibujante demuestra un excelente dominio del lenguaje del cómic, especialmente de ese espacio entre viñetas donde el lector reconstruye lo sucedido y completa mentalmente la catástrofe. Cuatro imágenes pueden resumir un proceso que ocuparía páginas enteras en un ensayo. Y, de paso, evitan que tengamos que soportar a un tertuliano explicándonos que los científicos quizá estén exagerando porque, al fin y al cabo, el invierno pasado hizo bastante frío en su pueblo.
El cambio climático ocupa un lugar central, aunque el verdadero protagonista de esta función sea el sistema económico que convierte cualquier recurso natural en una mercancía susceptible de explotación. Los bosques se talan, los mares se llenan de residuos, el agua potable se convierte en un bien cada vez más amenazado y las industrias contaminantes continúan generando beneficios. Todo ello acompañado de la tranquilizadora promesa de que alguien, en algún momento, desarrollará una solución tecnológica que nos permitirá seguir viviendo exactamente igual que antes. Porque, naturalmente, la mejor manera de resolver un problema provocado por nuestro modelo de producción y consumo consiste en comprar otro producto. La sátira de Kuper apunta a las grandes corporaciones, a los intereses económicos y a los responsables políticos que convierten la inacción en una estrategia perfectamente presentable. El planeta se calienta, pero los balances empresariales siguen fresquitos. Las emisiones aumentan, pero las campañas de imagen corporativa florecen. Los océanos acumulan plástico, aunque siempre queda la posibilidad de imprimir un logotipo verde en el próximo envase para que el consumidor pueda sentirse como un activista mientras compra el sexto producto que no necesitaba.

El autor sabe que la caricatura más demoledora no requiere deformar demasiado la realidad. Basta con colocar sus contradicciones bajo una luz ligeramente distinta para que el espectáculo resulte grotesco. Una sociedad que presume de progreso mientras destruye las condiciones materiales que permiten su supervivencia parece una broma mal escrita, pero ahí estamos, protagonizando la función con entusiasmo y pagando la entrada a plazos. La fuerza de estas historietas reside precisamente en que no presentan los problemas ambientales como una sucesión de desgracias independientes. Kuper relaciona la contaminación con el consumo, la destrucción de los bosques con los intereses económicos y la crisis climática con unas decisiones políticas que suelen mirar más allá de las próximas elecciones únicamente cuando hay que organizar una cumbre internacional. Las consecuencias se acumulan y se retroalimentan, mientras la humanidad mantiene su fe inquebrantable en que todo puede arreglarse sin tocar demasiado los privilegios de quienes más contribuyen al desastre. Ya se sabe tu tienes que usar un coche eléctrico pero lo millonarios de turno en su jet privado dan vueltas por el mundo para tomar en sol en Bali y allí nadie pone el foco de la contaminación.
El dibujo es uno de los grandes argumentos del volumen. Kuper utiliza un trazo expresivo, caricaturesco y flexible, acompañado de un color que refuerza el impacto de cada imagen. Sus composiciones son claras, pero no por ello simples. Detrás de la aparente facilidad de lectura hay una cuidadosa construcción visual. Los elementos se transforman, los escenarios evolucionan y las metáforas adquieren nuevos significados de una viñeta a otra. El autor no ilustra un discurso escrito previamente, sino que piensa narrativamente con imágenes y aprovecha las posibilidades específicas del medio. Algunas secuencias juegan incluso con los límites de las propias viñetas, convirtiendo la distribución de la página en parte del mensaje. Los personajes y las situaciones parecen rebelarse contra el espacio que los contiene, como si el propio cómic quisiera escapar de las estructuras que lo aprisionan. Es un recurso inteligente y una demostración de que Kuper no se limita a dibujar chistes ecológicos con moraleja, sino que lleva décadas perfeccionando una manera personal de contar historias mediante la caricatura política.

Para completar las secuencias, Kuper incorpora referencias informativas y citas relacionadas con los asuntos tratados. Este acompañamiento aporta contexto y permite comprobar que las situaciones dibujadas no son simples fantasías apocalípticas de alguien que se ha pasado con las películas de ciencia ficción. Las imágenes parten de problemas reales, noticias y estudios sobre el deterioro ambiental. La documentación refuerza el conjunto sin convertirlo en un manual académico, y sirve para recordar que detrás de cada metáfora hay consecuencias que afectan a ecosistemas, comunidades y personas concretas. Eso sí, quien busque una investigación científica exhaustiva o una propuesta política detallada tendrá que acudir a otras lecturas. Kuper no pretende descubrirnos la pólvora ni presentar un plan de rescate con calendario, presupuesto y memoria justificativa. Su objetivo es más directo. Mostrar el disparate, desnudar las contradicciones y conseguir que miremos con otros ojos aquello que las noticias han convertido en ruido cotidiano.
También resulta pertinente que Kuper no se coloque por encima de los demás como un juez ecológico libre de pecado. La responsabilidad individual aparece en medio de la crítica al sistema, recordándonos que todos participamos, en mayor o menor medida, en dinámicas de consumo que tienen consecuencias ambientales. Eso sí, conviene no confundir la responsabilidad de quien compra un producto con la de quien diseña una industria contaminante o toma decisiones que afectan a millones de personas. No todos contribuimos al desastre en la misma proporción, aunque todos podamos encontrar alguna contradicción entre nuestras convicciones y nuestros hábitos. La publicación de un libro impreso sobre la destrucción de los bosques ofrece, además, una ironía involuntaria bastante jugosa. Hasta el papel sobre el que leemos puede entrar en la ecuación de aquello que denunciamos. Kuper no necesita fingir que existe una pureza ecológica absoluta. Basta con reconocer las contradicciones y preguntarse qué podemos hacer para reducir sus consecuencias. De lo contrario, acabaremos discutiendo sobre el impacto ambiental de la tinta mientras una multinacional arrasa un bosque entero para ampliar un complejo industrial. Y eso sería una manera especialmente absurda de perder el tiempo.

De pues de leer este tebeo me queda claro que Kuper nos recuerda que el apocalipsis no siempre llega envuelto en llamas y acompañado por una banda sonora épica. A veces aparece en forma de informe científico, rueda de prensa o anuncio de una compañía que promete salvar el planeta mientras sigue contribuyendo a destruirlo. «Ojalá no estuviéramos aquí» es un tebeo lúcido, corrosivo y brillante, que nos invita a reírnos de nuestra propia estupidez antes de que la naturaleza nos retire definitivamente el derecho a réplica. Porque, si algo demuestra esta colección, es que la humanidad puede sobrevivir a muchas cosas, pero tiene un talento extraordinario para convertir cualquier advertencia en una oportunidad de negocio. Y luego nos extrañamos de que el planeta esté hasta las narices de nosotros.
