Los Mundos Extraños de la Ciencia Ficción de Wally Wood: la imaginación no tenía límites

En los años cincuenta, la ciencia ficción tenía una ventaja indiscutible sobre la actualidad: cualquier problema podía solucionarse con un científico despeinado, una máquina llena de botones y un cohete capaz de alcanzar el otro extremo de la galaxia antes de que terminara la historieta. ¿Una invasión alienígena? Se dispara un rayo. ¿Un monstruo gigantesco amenaza la Tierra? Se inventa un aparato revolucionario. ¿Una civilización extraterrestre pretende conquistar nuestro planeta? Se le explica educadamente que aquí ya tenemos suficientes problemas. Era una época en la que la imaginación no conocía límites y la verosimilitud, francamente, tampoco parecía necesaria.

En semejante panorama, Wally Wood era uno de los grandes nombres que convertían aquellas fantasías en espectáculos visuales. Por eso es de agradecer que Diabolo Ediciones recupere sus trabajos realizados entre 1950 y 1958 en una recopilación llamada «Los mundos extraños de la ciencia ficción de Wally Wood». El volumen procede de Wally Wood: Strange Worlds of Science Fiction, recopilación publicada originalmente por Vanguard en 2012, y ofrece una oportunidad estupenda para explorar una parte de la trayectoria del artista que queda a la sombra de sus célebres colaboraciones con EC Comics. Porque, aunque Wood suele asociarse a títulos míticos como Weird Science, Weird Fantasy o Tales from the Crypt, su producción fue mucho más amplia. También trabajó en publicaciones de Marvel, participó en la mítica revista MAD y cocreó a Power Girl para DC. Una trayectoria considerable que debería bastar para que cualquier aficionado al cómic reconociera su nombre. Si todavía hay quien no lo conoce, convendría revisar urgentemente su educación, aunque tampoco hace falta llamar a los servicios sociales del noveno arte.

Este tomo se concentra en sus historietas de ciencia ficción ajenas a EC, procedentes principalmente de publicaciones de Avon y de otros títulos de la época, incluida una historia de Timely/Atlas. No estamos, por tanto, ante otra recopilación de material que los aficionados veteranos llevan décadas admirando, sino ante una oportunidad de descubrir cómo Wood fue desarrollando su estilo durante una etapa fundamental de su carrera. Lo primero que llama la atención es la imaginación desbordante de estas páginas. Cohetes, planetas desconocidos, civilizaciones perdidas, ciudades imposibles, monstruos espaciales y científicos que parecen haber aprobado sus asignaturas de física por correspondencia componen un catálogo de maravillas que haría palidecer a cualquier agencia espacial. Aquí hay junglas venusianas, criaturas procedentes de mundos helados y peligros cósmicos capaces de convertir una expedición científica en una solicitud urgente de traslado laboral. Todo se presenta con una seriedad entrañable. Nadie parece consciente de lo disparatadas que pueden resultar algunas situaciones. Los protagonistas afrontan los peligros con absoluta determinación, los científicos explican fenómenos imposibles con una seguridad envidiable y los extraterrestres aparecen dispuestos a complicarles la existencia a unos humanos que, visto lo visto, tampoco necesitaban demasiada ayuda.

El problema es que los guiones no siempre están a la altura de semejante despliegue imaginativo. Muchas historias son sencillas, algunas avanzan con excesiva rapidez y otras resuelven conflictos complejos mediante soluciones que parecen improvisadas durante el descanso para comer. Los personajes suelen ser funcionales, los diálogos explican hasta lo evidente y los giros argumentales tienen, en ocasiones, la profundidad psicológica de una piedra. Pero sería injusto juzgar estos cómics como si hubieran sido concebidos para satisfacer las exigencias actuales. Son productos de una época en la que las revistas debían ofrecer aventuras breves, directas y sorprendentes. El objetivo consistía en captar la atención del lector, conducirlo a través de una peripecia y dejarlo preparado para comprar el siguiente número. La exploración de las contradicciones del alma humana podía esperar; el monstruo que acababa de aparecer detrás del protagonista, evidentemente, no.

Además, el interés de este volumen no reside únicamente en sus argumentos. El verdadero espectáculo está en el dibujo de Wally Wood, un artista con una capacidad extraordinaria para construir escenarios, trabajar la iluminación y llenar las viñetas de detalles sin convertirlas en un amasijo ilegible. Sus naves parecen máquinas concebidas por ingenieros con una imaginación particularmente fértil, sus criaturas poseen personalidad y sus mundos extraterrestres transmiten esa sensación de maravilla que constituye una de las grandes virtudes de la ciencia ficción. Wood comprendía que dibujar un planeta desconocido exigía algo más que colocar unas montañas de formas extrañas en el fondo. Había que crear un entorno convincente, imaginar arquitecturas diferentes y dotar de identidad a los objetos que aparecían en escena. Su dominio de la composición y del volumen conseguía que incluso las ideas más extravagantes adquirieran una presencia tangible.

Por supuesto, no todas las páginas muestran al artista en su mejor momento. Algunas tienen un acabado más apresurado y otras evidencian que todavía estaba perfeccionando recursos que alcanzarían mayor brillantez en trabajos posteriores. Sin embargo, resulta fascinante observar esa evolución. Incluso en las historias menos destacadas aparecen destellos de un talento que terminaría convirtiéndolo en una referencia imprescindible del cómic estadounidense. Y aquí viene lo divertido. Aunque algunos argumentos hayan envejecido con la elegancia de un astronauta olvidado en el congelador de una nave, el dibujo conserva una fuerza envidiable. La comparación con determinadas producciones contemporáneas puede resultar incómoda para quienes confunden espectacularidad con una sucesión interminable de efectos visuales, pero Wood demuestra que la imaginación y el dominio del oficio siguen siendo herramientas bastante más fiables que cualquier catálogo de recursos digitales.

El volumen también permite apreciar la estrecha relación entre ciencia ficción y terror que caracterizaba a buena parte de estas publicaciones. Los descubrimientos científicos no siempre conducen a avances beneficiosos para la humanidad y explorar lo desconocido puede terminar siendo una pésima decisión profesional. Los protagonistas se enfrentan a amenazas que escapan a su comprensión, criaturas que parecen salidas de una pesadilla y situaciones en las que la curiosidad científica se convierte en el camino más rápido hacia una muerte bastante aparatosa. Hay en estas historias una ingenuidad que puede resultar encantadora, pero también cierta inquietud. La inmensidad del espacio, la fragilidad humana y la posibilidad de encontrar formas de vida radicalmente distintas siguen siendo ingredientes eficaces. No hace falta haber vivido en los años cincuenta para disfrutar de ese imaginario, aunque los lectores acostumbrados a narrativas más modernas quizá necesiten ajustar un poco sus expectativas.

Con sus pros y sus contras, «Los mundos extraños de la ciencia ficción de Wally Wood» demuestra que, cuando el dibujo tiene suficiente personalidad, incluso un argumento sobre un científico que descubre un monstruo en un planeta remoto puede convertirse en una lectura estimulante. No estamos ante una colección perfecta, pero sí ante una ventana privilegiada a una época en la que el cómic se atrevía a imaginar cualquier cosa sin preocuparse demasiado por las consecuencias. Así que preparemos los trajes espaciales, revisemos el combustible y procuremos no pulsar el botón rojo sin leer las instrucciones. Los mundos de Wally Wood están llenos de maravillas, peligros y criaturas que probablemente no respeten las normas de seguridad interplanetaria. Los guiones quizá no siempre alcancen las estrellas, pero el dibujo de Wally Wood tiene combustible de sobra para llegar hasta ellas. Y, tratándose de un maestro de semejante categoría, eso ya es motivo suficiente para embarcarse en la expedición.

Deja una respuesta