Tony Stark ha decidido retirarse en este undécimo tomo de la Biblioteca Marvel del Invencible Iron Man, publicado por Panini Comics, donde Archie Goodwin sigue su etapa al frente de las aventuras del cabeza de lata con seis números de The Invincible Iron Man del 21 a 26 con traducción de Santiago García, Víctor Rubio y Juanan Cruz. Estos números incluyen crisis existenciales, relevos heroicos, rusos cabreados, tragedias románticas y algún que otro mensaje ecologista. Porque, al parecer, incluso cuando uno lleva una armadura de varias toneladas, todavía tiene tiempo para preocuparse por el planeta.

El primer asunto que aborda Archie Goodwin es la retirada de Tony Stark. Sus problemas cardíacos convierten cada combate en una posible despedida definitiva, así que nuestro millonario favorito decide que ha llegado el momento de buscar un sustituto. Es una manera bastante peculiar de resolver una crisis de salud. En lugar de tomarse las cosas con calma, contratar un buen equipo médico y dejar de jugar a ser una batidora industrial con patas, decide pasarle el marrón a otro. El elegido es Eddie March, un boxeador que, por lo visto, reúne las condiciones necesarias para enfundarse una armadura que exige algo más que saber encajar puñetazos y poner cara de tipos duros en los carteles del gimnasio. La idea tiene su gracia. Tony descubre que no es inmortal, que su cuerpo no es precisamente una máquina perfectamente engrasada y que quizá convendría dejar de jugarse la vida cada dos por tres. El problema llega cuando Eddie se enfrenta a la nueva Dinamo Carmesí y acaba en una situación que demuestra que ponerse el traje de Iron Man no equivale a recibir automáticamente el talento, la experiencia y el sentido común de su propietario. La armadura puede llevar incorporada una tecnología extraordinaria, pero todavía no parece incluir un manual de instrucciones titulado «Cómo evitar que te revienten la cabeza en tu primera jornada laboral».
Goodwin construye una trama que va ganando interés conforme se acumulan las consecuencias de los enfrentamientos. La rivalidad entre Dinamo Carmesí y el Hombre de Titanio sirve para dar algo más de consistencia a una historia que, de otro modo, podría quedarse en una sucesión de armaduras repartiendo leches como si estuvieran participando en una feria tecnológica organizada por fabricantes de maquinaria agrícola. Aquí hay tensiones personales, decisiones equivocadas y un desenlace doloroso. El drama llega sin pedir permiso y recuerda que, aunque estos cómics estén llenos de tipos capaces de sobrevivir a explosiones y caídas imposibles, los personajes secundarios no siempre disfrutan de semejante garantía de supervivencia. En estas viñetas también pasamos a relacionarnos con Whitney Frost y el Minotauro personajes que continuaremos viendo en tomos posteriores. De igual manera que tenemos un numerito con Namor que siempre es de buen gusto ver cómo se enfrentan un vengador y al que se convertiría en un defensor.

En el apartado artístico, sin embargo, el volumen presenta algunos altibajos. George Tuska continúa dibujando la primera parte del tomo, pero el cambio de Johnny Craig a Joe Gaudioso en las tintas no termina de favorecer su trabajo. Los primeros números todavía conservan cierto atractivo, aunque poco a poco afloran algunas de las limitaciones más evidentes del dibujante. Tuska es un profesional capaz de sacar adelante páginas de acción con eficacia, pero cuando el acabado pierde delicadeza, sus figuras pueden resultar algo rígidas y menos atractivas de lo deseable. La vuelta de Johnny Craig al dibujo supone un alivio considerable. Su estilo ofrece mayor claridad y una sensibilidad que beneficia especialmente a las escenas más dramáticas. No convierte cada página en una maravilla, pero sí consigue que los personajes parezcan algo más que maniquíes vestidos con pijamas metálicos. El cambio posterior a Don Heck, con Craig de nuevo a cargo del entintado, introduce otra variación en el apartado gráfico. Heck tiene oficio de sobra, aunque el último episodio del tomo tampoco ayuda demasiado a lucirse.
En esa aventura regresan brevemente Happy Hogan y Pepper Potts, mientras el Coleccionista obliga a Iron Man a viajar a la Dimensión Oscura en busca de la Espada Solar. La premisa parece diseñada por alguien que ha metido todos los ingredientes disponibles en una batidora y ha pulsado el botón de máxima potencia. Tenemos un villano obsesionado con acumular objetos extraordinarios, una dimensión alternativa y una espada que, por supuesto, no puede quedarse tranquilamente en una vitrina. El resultado es una historia de tono demasiado infantil que contrasta con la madurez alcanzada en los episodios anteriores. No es necesariamente algo malo, pero sí un cierre irregular para un volumen que había encontrado sus mejores momentos cuando se preocupaba por los conflictos personales, la discriminación o el medioambiente. Después de explorar la fragilidad física de Tony Stark y los prejuicios que sufren Whitney Frost y el Minotauro, regresar a una aventura que parece empeñada en resolverlo todo mediante una búsqueda fantástica resulta un tanto decepcionante. Aunque, seamos sinceros, tampoco podemos pedirle a Iron Man que protagonice seis números seguidos de reflexión existencial sin que alguien termine lanzando un rayo repulsor contra una pared.

Al final, este undécimo tomo de la Biblioteca Marvel del Invencible Iron Man es una entrega recomendable, aunque irregular. La retirada de Tony Stark, el relevo frustrado de Eddie March, la rivalidad entre Dinamo Carmesí y el Hombre de Titanio, el drama del Minotauro y la aventura junto a Namor ofrecen suficientes motivos para seguir leyendo. Los altibajos gráficos y algún episodio poco inspirado impiden que el conjunto alcance una regularidad mayor, pero los mejores momentos compensan los tropiezos. Tony Stark puede plantearse la jubilación, preocuparse por su corazón y delegar sus responsabilidades en quien considere oportuno. Lo que todavía no puede hacer es retirarse tranquilamente sin que el universo entero aproveche la ocasión para montar un circo. Y ahí está la gracia de estos cómics. Mientras el millonario intenta descubrir si existe vida después de la armadura, Archie Goodwin demuestra que también hay historias interesantes detrás del metal, aunque de vez en cuando alguien tenga que recordarle al dibujante que los superhéroes no deberían parecer figuritas de plomo a las que les han pasado un camión por encima.
