Pendragón volumen 3: el rey garra

Convertirse en rey tiene sus ventajas. Puedes sentarte en el trono, dar órdenes, conseguir que la gente se incline a tu paso y, si tienes suerte, hasta aparecer en los libros de historia. El pequeño inconveniente es que, una vez conseguido el puesto, empiezan los problemas. Y Arturo está a punto de descubrir que sacar una espada legendaria de donde sea que la hayan escondido es bastante más sencillo que conseguir que un puñado de reyezuelos con delirios de grandeza acepten que ahora mandas tú. Con esa idea nos plantamos en este tercer volumen de «Pendragon».

En estas viñetas, Jérôme Le Gris continúa su particular reconstrucción de la leyenda artúrica, alejándose de esa imagen romántica de caballeros relucientes, castillos de cuento y nobles sacrificios que tantas veces nos han vendido. Aquí estamos en una Britania mucho más áspera, donde las alianzas duran lo que tarda alguien en encontrar una oportunidad para traicionar a su vecino y donde la legitimidad divina es un argumento estupendo para justificar que uno tiene más derecho a gobernar que los demás. Porque, al parecer, en el siglo V se mandaba por aquel que tuviera la espada más gorda dicho burdamente. La historia arranca con siete reyes de las Tierras Bajas ascendiendo por las laderas heladas de la montaña. Su objetivo es hacerse con Calibùr, la espada mítica del Rey Dragón, cuyo portador obtendrá el derecho a gobernar los siete reinos. Una competición bastante peculiar en la que los aspirantes deben enfrentarse a una prueba que mezcla resistencia física, ambición y una saludable ausencia de escrúpulos. Todos quieren el arma, todos se consideran merecedores del poder y ninguno parece especialmente dispuesto a aceptar que pueda llevársela otro. Una reunión de políticos antes de que existieran los parlamentos, vaya. Finalmente, será Arturo (Arthur, en este caso) quien consiga hacerse con Calibùr y recibir la bendición de los dioses en el Círculo de Piedras de Érenn. Los demás reyes se inclinan ante él y los pueblos lo aclaman como nuevo soberano. Una estampa preciosa, de esas que quedan estupendamente en los tapices y en las ilustraciones de los libros de historia. El problema es que una cosa es arrodillarse ante alguien y otra muy distinta reconocer de verdad su autoridad. Especialmente cuando llevas toda la vida convencido de que el trono te pertenece por derecho propio.

Le Gris aprovecha este momento para cambiar ligeramente el centro de gravedad de la narración. Si los anteriores volúmenes estaban más centrados en la construcción del personaje de Arturo y en las circunstancias que lo conducen hacia su destino, ahora toca enfrentarse a las consecuencias de haber alcanzado el poder. La aventura deja paso progresivamente a las intrigas políticas, las tensiones entre los distintos pueblos y las dificultades de mantener unido un territorio que parece tener más ganas de despedazarse que de colaborar. Porque Arturo ya no puede limitarse a ser el guerrero que resuelve los problemas a golpe de espada. Ahora tiene que gobernar, negociar, tomar decisiones y conseguir que sus antiguos rivales no le hagan la vida imposible. Una tarea especialmente complicada cuando las heridas del pasado siguen abiertas y cada cual tiene sus propios intereses. La corona pesa, y no precisamente porque esté fabricada con plomo.

También adquiere mayor importancia la relación con Elwen, que está lejos de atravesar su mejor momento. Las ambiciones personales, las responsabilidades y las diferencias entre ambos empiezan a pasar factura a una relación que parecía destinada a consolidar algo más que una simple alianza política. Le Gris introduce así un conflicto más íntimo que ayuda a humanizar a sus protagonistas. Porque incluso los personajes destinados a protagonizar leyendas tienen problemas sentimentales, y en este caso no parece que vayan a solucionarlos con una bonita cena a la luz de las velas. Mientras tanto, las amenazas exteriores empiezan a tomar forma. Los pictos se están reuniendo bajo el estandarte del Rey Garra y cientos de guerreros preparan su avance contra Alba. La aparente tranquilidad que acompaña a la coronación de Arturo tiene fecha de caducidad. El nuevo soberano apenas ha tenido tiempo de acostumbrarse a su cargo y ya tiene una invasión llamando a la puerta. La vida del monarca no parece precisamente envidiable: cuando no tienes a tus súbditos conspirando, tienes a los vecinos organizando una excursión armada.

Jérôme Le Gris maneja con bastante habilidad todos estos elementos. Su guion combina la aventura, la fantasía y el trasfondo histórico para construir una versión de la leyenda artúrica que se siente más cercana a las luchas de poder de la Alta Edad Media que a los relatos caballerescos tradicionales. La mitología celta, las creencias religiosas y las rivalidades territoriales se mezclan en una narración que no necesita convertir a sus personajes en héroes intachables. De hecho, buena parte de su atractivo reside precisamente en sus contradicciones. Eso sí, este tercer volumen tiene un ritmo algo diferente al de sus predecesores. La búsqueda de Calibùr y la coronación de Arturo concentran buena parte de la acción, mientras que el desarrollo de las nuevas amenazas y los conflictos personales funcionan como preparación para lo que está por venir. Se nota que Le Gris está colocando las piezas sobre el tablero antes de que empiecen a volar las cabezas. No es necesariamente un problema, aunque el tomo puede dejar cierta sensación de transición. La historia avanza, los personajes evolucionan y las expectativas aumentan, pero uno tiene la impresión de que la verdadera fiesta todavía está por comenzar.

En el apartado gráfico, Paolo Martinello vuelve a demostrar que conoce perfectamente el terreno en el que se mueve. Su dibujo realista, cargado de detalles y con una estupenda capacidad para transmitir la dureza de los personajes y los escenarios, resulta fundamental para construir la personalidad de la serie. Las montañas heladas, los paisajes agrestes y las escenas de combate tienen una fuerza considerable. Especialmente destacable es la secuencia de la coronación de Arturo, que Martinello resuelve con una puesta en escena espectacular, otorgando al momento toda la solemnidad que necesita sin perder la crudeza característica de la obra. Benoît Dellac participa en el apartado de dibujo y planificación gráfica, aportando también su experiencia a una propuesta que mantiene una notable coherencia. Por su parte, Martina Pignedoli se encarga del entintado, mientras que el tratamiento cromático contribuye a reforzar esa atmósfera sombría que domina prácticamente todas las páginas. Incluso cuando aparecen paisajes nevados, cuesta encontrar una sensación de auténtica luminosidad. Aquí la nieve parece estar permanentemente sucia, el cielo amenaza tormenta y hasta los días despejados tienen pinta de acabar en una desgracia. Un universo muy poco recomendable para quienes necesiten vitamina D.

La edición española de Tengu Ediciones permite disfrutar de un álbum en el que el apartado gráfico merece detenerse con calma, como en los otros dos volúmenes. En definitiva, este tercer tomo de «Pendragon» confirma las buenas sensaciones de una serie que está construyendo una versión adulta, violenta y bastante menos edulcorada de la leyenda artúrica. Le Gris continúa desarrollando sus personajes y ampliando el tablero político, mientras Martinello ofrece un apartado gráfico de primer nivel. Quizá el volumen no alcance el impacto de los anteriores y tenga algo más de preparación que de resolución, pero deja suficientes conflictos abiertos como para mirar con interés hacia la siguiente entrega.

Arturo ya tiene la espada, la corona y la bendición divina. Ahora solo necesita que sus súbditos no intenten asesinarlo, que sus enemigos no invadan el reino y que su relación sentimental no termine de hundirse. Vamos, que lo tiene todo controlado. O eso debe de pensar él. Porque si algo nos enseña esta revisión de la leyenda artúrica es que conseguir ser rey puede ser cuestión de una espada mágica, pero mantenerse en el puesto exige bastante más que tener buen pulso. Y, visto lo visto, Arturo va a necesitar algo más que la protección de los dioses. Probablemente un buen abogado, un ejército y mucha paciencia.

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