Si algo demuestra el capitalismo es que no hay rivalidad que resista medio siglo de negociaciones, ni universo compartido que no pueda convertirse en una oportunidad de negocio. Marvel y DC llevan décadas comportándose como esos vecinos que se odian, se denuncian por el ruido y se miran mal al cruzarse en el ascensor, pero que, cuando descubren que pueden alquilar juntos el local de la esquina, se abrazan como hermanos. “¡Y que nadie toque la caja registradora!” Así llega «Spiderman / Superman», el especial publicado en España por Panini Comics para celebrar los cincuenta años del primer encuentro entre dos de los mayores iconos del cómic estadounidense. Una reunión histórica, sí, pero también una demostración de que la nostalgia cotiza al alza y que los superhéroes pueden compartir universo siempre que alguien se encargue de pasar la factura.

La fórmula es sencilla: Reunir a un puñado de guionistas y dibujantes de primera fila, juntar personajes que normalmente necesitarían un permiso diplomático para cruzar de editorial y confiar en que la magia suceda. En esta ocasión, además, el experimento llega después del especial complementario de DC, Superman / Spiderman, porque aparentemente cincuenta años de amistad no se celebran con una única fiesta. Cada editorial quiere su propio cumpleaños, su propia tarta y, a ser posible, que los invitados compren también el regalo. Por suerte, detrás de semejante despliegue comercial hay un tebeo que merece bastante más atención que el precio de sus portadas alternativas. Esta grapa de 72 páginas reúne historias de Brad Meltzer, Dan Slott, Joe Kelly, Geoff Johns, Louise Simonson, Stephanie Phillips, Brian Michael Bendis, Jason Aaron y Jeph Loeb, acompañados por artistas como Pepe Larraz, Marcos Martín, Humberto Ramos, Gary Frank, Phil Noto, Sara Pichelli, Russell Dauterman y Jim Cheung. Vamos, que si el objetivo era organizar una reunión de antiguos alumnos del cómic, alguien ha conseguido que acudan los que siempre sacaban sobresaliente.
El plato fuerte corre a cargo de Brad Meltzer y Pepe Larraz, que firman Nuestra kryptonita, una historia que empieza con Spiderman y Superman en una situación bastante incómoda. Ambos quedan atrapados bajo los escombros, mientras una conspiración que involucra a Lex Luthor, el Duende Verde y otros cuantos delincuentes con demasiado tiempo libre amenaza con complicarles la jornada. Hasta aquí, todo parece indicar que vamos a asistir al típico festival de ostias, edificios derrumbados y diálogos que podrían resumirse en «¡apártate, que voy a darle!». Pero Meltzer tiene otros planes. La aventura utiliza esa situación límite para que Peter Parker y Clark Kent hablen de lo suyo, reflexionen sobre sus responsabilidades y descubran que, aunque sus métodos sean distintos, comparten muchas más cosas de las que parece. Uno es un extraterrestre capaz de levantar edificios y detener trenes; el otro es un tipo que intenta pagar el alquiler mientras un científico chiflado le arruina la semana. La desigualdad de recursos resulta evidente, pero ambos comparten una maldición. Salvar el mundo es relativamente sencillo comparado con conseguir que la vida personal no se convierta en un desastre. La gracia está en que ninguno necesita demostrar que es superior al otro.

Superman no tiene que darle una palmadita paternalista a Spiderman, ni Peter necesita soltar un chiste cada vez que el Hombre de Acero abre la boca. Se escuchan, se respetan y encuentran en el compañero una perspectiva que les ayuda a entenderse mejor a sí mismos. Es una idea bastante revolucionaria para un género que, durante décadas, ha resuelto sus diferencias enfrentando a sus protagonistas en peleas que luego se explican con un «todo era un malentendido». Si las relaciones internacionales funcionaran así, nos ahorraríamos bastantes cumbres y algún que otro misil. Y luego está Pepe Larraz, que dibuja como si le pagaran por cada lector que se queda mirando una página con la boca abierta. El artista despliega un dibujo espectacular, dinámico y lleno de expresividad. Los personajes se mueven con naturalidad, las escenas de acción se entienden perfectamente y las composiciones tienen esa energía que convierte una lectura entretenida en un pequeño acontecimiento. No necesita llenar cada viñeta de rayos, explosiones y edificios cayendo para demostrar su talento, aunque tampoco parece tener inconveniente en hacerlo cuando toca. Larraz consigue que Superman y Spiderman compartan espacio sin que ninguno parezca un invitado de compromiso. Ambos conservan su personalidad, sus gestos y su manera de moverse, mientras el dibujante aprovecha la oportunidad para ofrecer una auténtica exhibición gráfica. Además, para mi muchas de las viñetas me recuerdan a cierto homenaje a la serie de las Secret Wars originales cuando Hulk sujeta una roca enorme.
Tras la historia principal llega el desfile de complementos, donde la calidad oscila entre la pequeña maravilla y el «bueno, por lo menos han salido en la foto». La ventaja de una antología es que permite explorar distintas épocas y personajes sin obligar a los protagonistas a recorrer una trama de doscientas páginas. La desventaja es que algunas historias parecen terminar justo cuando empiezan a ponerse interesantes. Es el precio de invitar a tanta gente a una fiesta: al final hay que repartir las croquetas y no todos pueden repetir.

Una de las mejores propuestas reúne a Spiderman Noir y al Superman de la Edad de Oro bajo los guiones de Dan Slott y el dibujo de Marcos Martín. La combinación funciona de maravilla, tanto por el contraste entre los personajes como por el atractivo de la ambientación. Slott demuestra que conoce bien el potencial de ambos héroes, mientras Martín despliega un estilo elegante y limpio que convierte cada página en una delicia. Hay artistas que dibujan una historia y otros que hacen que te plantees si no deberías enmarcarla. Marcos Martín pertenece peligrosamente al segundo grupo, con el inconveniente de que el marco probablemente costaría más que la propia grapa. También destaca el encuentro entre Gwen Stacy y Lana Lang, escrito por Joe Kelly y dibujado por Humberto Ramos. En lugar de limitarse a juntar personajes para que intercambien golpes, la historia se centra en la conversación entre dos mujeres cuyas vidas están condicionadas por su relación con héroes extraordinarios. El resultado es una pieza cercana, emotiva y bastante más interesante que otra batalla contra una amenaza de nombre impronunciable.
Brian Michael Bendis y Sara Pichelli, por su parte, juntan a Miles Morales y Superman en otro relato que aprovecha la química entre personajes. Bendis siempre ha tenido facilidad para construir diálogos y hacer que sus protagonistas parezcan personas que conversan en lugar de máquinas expendedoras de frases solemnes. Aquí vuelve a demostrarlo, ofreciendo una perspectiva distinta del heroísmo y ampliando el abanico de posibilidades de estos encuentros. Además, reunir a Miles con Superman tiene su gracia. Ambos representan distintas generaciones de héroes y permiten comprobar que la esperanza no necesita jubilarse cuando aparecen nuevos modelos de uniforme. De la misma manera que se podrían destacar los dos villanos utilizados, uno muy tecnológico y otro muy paranormal. Vamos que Bendis se lo pasó pipa juntando a todos en las mismas viñetas. Por otro lado Stephanie Phillips y Phil Noto se lo pasan muy bien juntando a Ghost-Spider y Supergirl pasando a un tono más juvenil y más adecuado a los tiempos que corren últimamente.

Seguimos con Geoff Johns y Gary Frank que apuestan por una historia más centrada en la acción juntando a multitud de personajes de las dos editoriales. Centrando el tiro en el sobrino de la tía Petunia, con sus aciertos y sus fallos, pero algo entretenido. Mientras Jason Aaron y Russell Dauterman reúnen a Jane Foster y Wonder Woman en una aventura de escala mitológica. Son relatos que cumplen con la cuota de espectacularidad que cualquier crossover debe incluir por contrato no escrito. Si no aparece al menos una amenaza capaz de destruir el mundo, tres personajes con poderes absurdos y una página final que parezca diseñada para vender pósteres, ¿de verdad hemos comprado un cómic de superhéroes?
No todo funciona igual de bien. La historia de Louise Simonson y Todd Nauck, con Steel, el dios del trueno y el Duende, se queda bastante corta de desarrollo y parece confiar en que los golpes solucionarán cualquier problema narrativo. La aparición de Thor para resolver la papeleta tampoco ayuda demasiado. Cuando un guionista necesita que el hijo de Odín entre en escena para cerrar una historia, uno empieza a sospechar que el argumento se ha quedado sin batería. Afortunadamente, Jeph Loeb y Jim Cheung cierran el conjunto con una historia mucho más íntima, centrada en Peter Parker y el recuerdo de Gwen Stacy. Aquí no hacen falta ejércitos de villanos ni amenazas cósmicas. Basta con una conversación y con la presencia de alguien capaz de comprender el dolor ajeno.

Al final, “La casa de las ideas” y “La distinguida competencia” han conseguido algo extraordinario. Ponerse de acuerdo durante unas cuantas páginas sin que nadie tenga que reiniciar el multiverso para justificarlo. Ahora solo falta que mantengan la colaboración, que no conviertan cada aniversario en una suscripción obligatoria y que permitan a sus héroes seguir encontrándose sin necesidad de organizar una boda editorial cada vez. Porque, después de cincuenta años, Spiderman y Superman ya tienen edad suficiente para quedar a tomar un café sin que sus respectivas editoriales tengan que montar un acontecimiento histórico. Aunque, conociendo el negocio, probablemente ese café acabará teniendo cinco portadas alternativas, una edición prémium y un suplemento de ocho páginas sobre la procedencia de la taza. Y nosotros, naturalmente, terminaremos pillándolo.
