Volver a casa después de una guerra de diez años debería ser motivo suficiente para tomarse unas vacaciones, darse un baño, comer caliente y disfrutar de la familia. Pero Odiseo (Ulises), rey de Ítaca, tuvo la desgracia de vivir en una época en la que los dioses griegos se aburrían bastante y, por lo visto, no conocían otra forma de entretenerse que fastidiar a los mortales. Si además uno tenía la mala costumbre de pensar por sí mismo, como nuestro protagonista, la posibilidad de acabar convertido en el juguete de una divinidad con problemas de ego se multiplicaba considerablemente. Javier Negrete parte de esta premisa para construir «Odisea. El viaje del hombre que desafió a los dioses», publicada por Harper Collins, una reinterpretación del mito homérico que demuestra que, después de casi tres mil años, todavía podemos encontrar nuevas maneras de complicarle la existencia al bueno del colega de Aquiles.
Seamos sinceros: la mitología griega tiene mucho de culebrón familiar. Zeus pone los cuernos, Hera se venga, Poseidón se enfada, Atenea mueve los hilos y los humanos pagan la factura. Todo ello con monstruos, hechiceras y guerras de por medio, que siempre dan más categoría al drama. En este Olimpo, la inmortalidad no parece haber servido para adquirir sabiduría, sino para disponer de tiempo ilimitado con el que organizar venganzas. Y luego nos quejamos de nuestros vecinos.
Negrete recupera a Odiseo, uno de los personajes más fascinantes de la literatura clásica, y lo convierte en algo más que un héroe empeñado en regresar a su hogar. Su protagonista descubre que detrás de las desgracias de su viaje podría esconderse una conspiración mucho más importante, relacionada con el poder de los dioses y la capacidad de los seres humanos para decidir su propio destino. Dicho de otro modo: quizá el problema no sea solamente que Poseidón le tenga manía, sino que el sistema entero está montado para que los mortales obedezcan sin rechistar. Y ahí es donde empieza lo interesante.
El Odiseo de Javier Negrete conserva la inteligencia, el ingenio y la capacidad para salir de los apuros que caracterizan al personaje homérico. También mantiene su condición de guerrero, saqueador y seductor, porque el héroe clásico no era precisamente un santo y tampoco parece que tuviera intención de serlo. Es un hombre acostumbrado a sobrevivir gracias a su astucia, alguien que comprende que enfrentarse directamente a un dios es una forma bastante eficaz de conseguir una muerte horrible. Por eso prefiere recurrir a la estrategia, la mentira y el engaño, armas mucho más apropiadas cuando tu adversario puede fulminarte con un gesto y después volver a sus asuntos como quien se sacude una mosca.
La gran diferencia es que aquí la lucha de Odiseo adquiere una dimensión filosófica. ¿Somos realmente libres si existen fuerzas superiores capaces de influir en nuestras decisiones? ¿Hasta qué punto somos responsables de nuestros actos cuando alguien puede manipular nuestra voluntad? Y, sobre todo, ¿qué posibilidades tiene un simple mortal de rebelarse contra quienes controlan las reglas del juego? No son preguntas pequeñas, aunque Negrete consigue integrarlas en una aventura que no necesita detenerse cada dos páginas para recordarnos que estamos leyendo una novela con aspiraciones intelectuales. Hay acción, magia, criaturas fantásticas y suficientes intrigas como para mantener entretenido al lector, pero también una reflexión sobre el libre albedrío que convierte el viaje en algo más que una sucesión de calamidades turísticas.
Especialmente interesante resulta Atenea, que aquí comparte protagonismo con Odiseo y está lejos de ser la típica diosa bondadosa que ayuda al héroe porque le cae simpático. Es inteligente, poderosa y ambigua, capaz de proteger al protagonista mientras lo utiliza para sus propios fines. Una benefactora estupenda, siempre que uno no confunda recibir ayuda con tener garantizada la supervivencia. Atenea puede echarte una mano, sí, pero conviene comprobar antes qué espera cobrar por el favor. La novela dedica bastante espacio a las intrigas del Olimpo y a las rivalidades entre los dioses, mostrando un universo en el que los mortales son poco más que piezas de una partida que no han elegido jugar. El resultado es una visión bastante menos amable de la mitología clásica, donde los seres divinos no destacan precisamente por su sentido de la justicia. Si alguna vez pensaste que los dioses griegos eran modelos de virtud, este libro puede ayudarte a corregir esa impresión. Aunque quizá también te haga desconfiar de cualquier persona que se presente diciendo que viene a ayudarte por tu propio bien.
Otro de los aciertos de Negrete es la manera de jugar con los textos de Homero. La novela recupera episodios conocidos, como los encuentros con los cíclopes, Circe o Calipso, pero introduce nuevas motivaciones y explicaciones que alteran nuestra percepción de los acontecimientos. El autor no se limita a cambiar cuatro detalles y esperar que nadie se dé cuenta. Construye una trama propia a partir de las fuentes clásicas y utiliza la leyenda para plantear una historia que resulta familiar y sorprendente al mismo tiempo. Además, los relatos de Odiseo adquieren una importancia especial. Nuestro protagonista sabe contar historias, pero también sabe mentir. Sus recuerdos mezclan verdades, invenciones y medias tintas, lo que obliga al lector a preguntarse qué ocurrió realmente y cuánto de lo que ha llegado hasta nosotros es producto de la imaginación de quienes tuvieron la oportunidad de contarlo. Al fin y al cabo, si has sobrevivido a cíclopes, hechiceras y dioses cabreados, lo mínimo es adornar un poco la historia cuando alguien te invita a cenar. Vamos como sucede en la Biblia cristiana, pero con más deidades y menos discípulos.
En cuanto a la narración, Negrete demuestra su dominio de la mitología griega y su capacidad para manejar una historia de considerable envergadura. El arranque puede resultar algo exigente por la cantidad de personajes, acontecimientos y saltos temporales, especialmente para quienes no tengan fresca la guerra de Troya. Una pequeña guía de supervivencia para distinguir a tanto héroe, dios y descendiente de alguien importante no habría estado de más. En la Grecia antigua, al parecer, nadie podía tener un hijo sin que eso terminara complicando la vida de media humanidad. Una vez superadas las primeras páginas, el relato gana ritmo y combina con eficacia aventura, intriga y reflexión. Hay algunos pasajes en los que la narración se detiene demasiado en los detalles, pero la historia termina recuperando el pulso y conduce al lector hacia un desenlace que amplía considerablemente el alcance del mito. No conviene explicar demasiado sobre ese tramo final, porque parte de su atractivo reside precisamente en descubrir cómo encajan las piezas. Sí he echado en falta una mayor presencia de Penélope y Telémaco. Comprendo que el foco esté puesto en Odiseo y Atenea, pero la familia del héroe también tiene algo que decir. Especialmente Penélope, que lleva siglos literarios esperando a un marido que parece tener una habilidad extraordinaria para encontrarse con cualquier mujer interesante menos con la suya. Un poco más de protagonismo para ella habría enriquecido la historia.
Después de cerrar el libro me queda la sensación que cada reinterpretación de la «Odisea» hace que descubras o redescubras algo que no habías leído o no te diste cuenta en su momento. Javier Negrete combina su conocimiento de la Antigüedad con una aventura fantástica que cuestiona el destino, la libertad y el poder de las historias. No estamos ante una simple repetición de episodios conocidos, sino ante una propuesta que utiliza el mito para explorar qué sucede cuando un mortal decide que ya está bien de obedecer. Puede que algunos personajes merecieran más espacio y que ciertos pasajes se alarguen más de la cuenta, pero el conjunto funciona gracias al ingenio del protagonista, las intrigas divinas y una trama que reserva sorpresas hasta el final. Harper Collins nos ofrece así una novela que puede disfrutar tanto quien conoce los poemas clásicos como quien solo recuerda que había un caballo de madera y un señor que tardó una eternidad en volver a casa.
En estas páginas, uno termina comprendiendo que el verdadero mérito de Odiseo no consiste en derrotar monstruos, engañar a hechiceras o sobrevivir a una guerra interminable. Su auténtica hazaña es enfrentarse a una familia de dioses caprichosos sin perder del todo la cabeza. Porque sobrevivir a una guerra tiene su mérito. Pero sobrevivir a una reunión de zumbados en la que todos son inmortales, tienen poderes sobrenaturales y ninguno acepta que se ha equivocado es una proeza digna de pasar a la historia.
