En el séptimo Marvel Saga TPB del «Viejo Logan», publicado por Panini Cómics, se recopila los números 36 a 40 de Old Man Logan, con guion de Ed Brisson, dibujos de Dalibor Talajić e Ibraim Roberson y colores de Carlos López. Una entrega que reparte sus páginas entre un thriller urbano protagonizado por el flamante alcalde Fisk y una aventura de los jóvenes mutantes de la Patrulla X. Dos historias diferentes que mantienen el entretenimiento, aunque también dejan esa sensación de estar avanzando hacia el final de una etapa sin que su protagonista tenga demasiado claro adónde quiere llegar.

La primera historia nos lleva a Nueva York, donde Wilson Fisk ha conseguido hacerse con el poder político y pretende utilizarlo para perseguir a los héroes y vigilantes de la ciudad. Porque una cosa es que los superhéroes destrocen el mobiliario urbano durante una pelea y otra muy distinta es permitir que sigan trabajando sin la correspondiente licencia municipal. Fisk quiere poner orden en las calles, aunque hablamos de un individuo cuyo concepto de la legalidad siempre ha sido bastante flexible. Digamos que su compromiso con las normas depende mucho de quién tenga que cumplirlas. Logan se ve involucrado en una trama relacionada con información comprometida sobre el alcalde. Lo que podría haberse resuelto con una investigación periodística termina convirtiéndose en una persecución en toda regla. Para complicar las cosas, Fisk recurre a Bullseye, un asesino cuya puntería resulta extraordinaria y cuyo sentido de la moderación parece haberse quedado olvidado en algún callejón de la Cocina del Infierno.
Ed Brisson plantea un relato de conspiraciones, persecuciones y enfrentamientos que funciona razonablemente bien, aunque tampoco descubre precisamente la cueva de Alibabá. El alcalde corrupto, los documentos comprometedores y el héroe perseguido forman parte de un repertorio que conocemos de sobra. La diferencia está en que aquí el protagonista es un Logan envejecido, procedente de una realidad en la que los villanos acabaron imponiéndose a los héroes. La premisa permite establecer paralelismos entre su antiguo mundo y el presente, pero el guion no termina de exprimirlos con toda la profundidad que cabría esperar. Además, la trama tiene un pequeño problema de identidad. Por momentos, parece que nos hemos equivocado de colección y hemos abierto un número de Daredevil en el que Matt Murdock se ha tomado el día libre. La presencia de Fisk como alcalde y el enfrentamiento con Bullseye remiten directamente a las historias del hombre sin miedo, mientras Logan ocupa una posición que no siempre parece imprescindible. El canadiense participa en el conflicto y reparte unas cuantas raciones de leches, pero cuesta encontrar una motivación personal lo bastante potente como para que esta aventura resulte verdaderamente importante dentro de su recorrido.

Eso no significa que todo sea un trámite. Las escenas de acción tienen ritmo y Brisson sabe manejar los enfrentamientos sin convertirlos en una sucesión incomprensible de golpes y onomatopeyas. La persecución de Bullseye proporciona algunos de los mejores momentos del bloque y mantiene la tensión gracias a la situación cada vez más precaria de Logan. Porque el viejo mutante tiene un problema bastante más serio que la corrupción política: su cuerpo empieza a pasarle factura. El factor de curación ya no funciona como antes y las heridas no desaparecen con la alegría de otros tiempos. Su organismo sufre las consecuencias, de modo que cada enfrentamiento recuerda que incluso Lobezno tiene fecha de caducidad. Puede que sus enemigos necesiten un arsenal entero para detenerlo, pero la biología está demostrando una eficacia preocupante. Al final, el mayor villano de Logan podría ser su propio metabolismo.
La segunda historia cambia de escenario y nos devuelve a la mansión X, donde Logan se reencuentra con los jóvenes mutantes. La situación tampoco invita al optimismo: los grupos antimutantes continúan convencidos de que la convivencia es una amenaza para la humanidad y los Purificadores vuelven a demostrar que su idea de resolver los conflictos consiste en organizar una matanza. Nada especialmente novedoso para quienes conozcan la historia de los X-Men, aunque tampoco demasiado alejado de las obsesiones habituales de cualquier organización extremista de ficción. El detonante es Glob Herman, uno de esos personajes secundarios cuyo aspecto parece diseñado para poner a prueba la imaginación de los dibujantes. Su cuerpo translúcido, con los órganos y el esqueleto a la vista, no es precisamente la carta de presentación más sencilla para triunfar en el mercado sentimental. Aun así, Glob decide buscar pareja mediante una aplicación de citas para mutantes. Porque encontrar el amor ya es complicado en circunstancias normales; hacerlo cuando pareces una gelatina anatómica requiere cierta confianza en uno mismo.

La cita acaba siendo una trampa de los Purificadores y lo que debía ser una experiencia romántica se transforma en una emergencia en el Instituto Xavier. Si las aplicaciones de citas ya ofrecen suficientes sorpresas en el mundo real, imaginemos lo que puede ocurrir cuando los usuarios tienen poderes capaces de destruir una habitación. Glob quizá no encuentre al amor de su vida, pero consigue desencadenar una aventura superheroica con consecuencias bastante más graves que un simple rechazo. Aquí Brisson encuentra un terreno más interesante. La historia recupera los elementos clásicos de la Patrulla-X: jóvenes perseguidos por ser diferentes, fanáticos dispuestos a imponer sus ideas por la fuerza y una comunidad obligada a defenderse de quienes pretenden exterminarla. No estamos ante una revisión revolucionaria de los conflictos mutantes, pero sí ante una aventura que aprovecha la tradición de la franquicia sin necesidad de reinventar cada una de sus piezas. La mejor baza del relato es la relación de Logan con los estudiantes. El personaje funciona especialmente bien como mentor, una figura veterana que ha visto demasiadas atrocidades y que no está dispuesta a permitir que los jóvenes pasen por las mismas experiencias sin contar con alguien que los proteja.
En el apartado gráfico, el tomo presenta dos estilos diferenciados. Dalibor Talajić se ocupa de la historia urbana con un dibujo caracterizado por las sombras contundentes, el entintado marcado y el uso del espacio negativo. Su propuesta resulta eficaz a la hora de narrar la acción, aunque el nivel de detalle es irregular y su representación de Logan no termina de transmitir la fuerza que otros artistas han conseguido imprimir al personaje. Cumple con su cometido, pero tampoco deja unas páginas especialmente memorables. Ibraim Roberson se encarga del segundo bloque y ofrece un resultado más consistente, con un trazo fino y un nivel de detalle apreciable en los personajes. Glob Herman constituye uno de los mejores ejemplos de su trabajo. Representar a un mutante cuyo cuerpo parece una peculiar lección de anatomía no es poca cosa. Carlos López completa el conjunto con una paleta variada, aunque el acabado de los colores resulta en ocasiones demasiado plano y no siempre aporta la profundidad que las escenas necesitan.

Al final, este séptimo tomo es una lectura entretenida, pero irregular. La trama de Fisk ofrece acción y un enfrentamiento atractivo con Bullseye, aunque su conexión con la evolución de Logan resulta limitada. La aventura mutante recupera mejor la dimensión humana del protagonista y demuestra que todavía hay espacio para explorar su faceta de mentor. Ed Brisson conoce al personaje y sabe construir situaciones eficaces, pero aquí parece más interesado en mantener la maquinaria en funcionamiento que en conducirla hacia una transformación significativa. Con la colección acercándose a su recta final, uno esperaría que cada entrega contribuyera a perfilar el destino del protagonista. Sin embargo, Logan continúa reaccionando a lo que sucede a su alrededor, como si el guionista estuviera esperando que alguien le comunicara cuál es el siguiente objetivo. El viejo canadiense ha sobrevivido a un apocalipsis, ha perdido prácticamente todo lo que amaba y lleva años intentando encontrar su lugar en una realidad que no es la suya. Aun así, entre políticos corruptos, asesinos con puntería y citas mutantes que salen rematadamente mal, el volumen conserva suficientes atractivos para justificar su lectura. No es una entrega imprescindible ni una de las grandes cimas de la serie, pero ofrece acción, algo de humor y un Logan que todavía puede resultar interesante cuando deja de limitarse a sacar las garras. Esperemos que, antes de que termine la colección, alguien le proporcione un rumbo. A estas alturas, hasta el viejo Logan se merece algo mejor que ir de una desgracia a otra sin saber muy bien para qué.
