Son cuatro días: preguntas sin respuesta

Hay ausencias que no terminan cuando alguien muere. Se quedan dando vueltas por la cabeza, reaparecen en mitad de una conversación y convierten cualquier recuerdo feliz en una pregunta incómoda. ¿Pude haber hecho algo más? ¿Por qué no me di cuenta? ¿Y si hubiera contestado aquella llamada? La mente humana tiene una capacidad extraordinaria para fabricar hipótesis, aunque resulta bastante menos competente a la hora de proporcionar respuestas. Sobre ese terreno pantanoso se levanta «Son cuatro días», el tebeo de Joan S. Luna y Jordi Pastor publicada por Astiberri, una obra que aborda el suicidio, el duelo y la culpa sin recurrir a las habituales recetas de autoayuda ni prometer que todo acabará bien si ponemos suficiente voluntad de nuestra parte. La vida, por desgracia, no funciona como un manual de instrucciones de IKEA.

Para Joan S. Luna parece ser un proyecto profundamente personal. El suicidio de Ismael, su mejor amigo durante los años universitarios, dejó una herida que permaneció abierta durante más de dos décadas. No hablamos de un recuerdo que el tiempo haya colocado ordenadamente en una estantería, sino de una experiencia que quedó sepultada bajo las obligaciones cotidianas, el trabajo y esa magnífica habilidad que tenemos para aplazar indefinidamente aquello que nos duele. Hasta que un suceso que presencia en Barcelona devuelve a la superficie todo lo que llevaba años intentando mantener bajo control. Y entonces toca abrir las cajas, retirar el polvo y descubrir que los fantasmas no suelen aceptar que les pongamos una fecha de caducidad.

El título procede de una canción de El Último de la Fila y funciona como una declaración de intenciones. Cuatro días pueden parecer poca cosa en el calendario, pero la conciencia de que la vida es limitada adquiere otra dimensión cuando una pérdida nos obliga a mirar de frente nuestra propia fragilidad. Luna utiliza ese punto de partida para reconstruir su relación con Ismael y examinar los sentimientos que dejó su muerte. No escribe desde la distancia de quien ha estudiado un fenómeno para explicárselo a los demás, sino desde la posición bastante más incómoda de quien intenta entender algo que le ocurrió a él mismo y para lo que nunca encontró las palabras adecuadas.

La narración alterna dos líneas temporales. En el pasado asistimos al nacimiento y desarrollo de la amistad entre Joan e Ismael, desde los años de universidad hasta el desenlace que marcará sus vidas. En el presente, el autor vuelve sobre aquellos recuerdos, contacta con personas que compartieron aquella época y trata de reconstruir las circunstancias que rodearon la muerte de su amigo. La estructura permite que el lector conozca a Ismael como persona antes de enfrentarse a su ausencia. Y esta decisión resulta fundamental. Reducir a alguien a la forma en que murió es una manera especialmente injusta de borrar todo lo que fue mientras vivía.

Por eso, uno de los grandes aciertos del cómic se encuentra en los momentos aparentemente intrascendentes. Las conversaciones, las experiencias compartidas, las pequeñas complicidades y las situaciones propias de la juventud construyen una relación reconocible, alejada de la solemnidad con la que a veces se presentan las amistades en las historias sobre la pérdida. Ismael no es una figura colocada en un pedestal para que el protagonista pueda lamentar su desaparición durante ciento cuarenta y cuatro páginas. Es una persona con sus contradicciones, sus dificultades y sus circunstancias, alguien cuya existencia tuvo un valor que no depende del trágico final de su historia.

Esta humanidad evita que el relato se convierta en un ejercicio de sentimentalismo programado. Luna no necesita apretar todos los botones disponibles ni colocar un violín imaginario detrás de cada viñeta. La tristeza surge precisamente de conocer al amigo, de compartir algunos retazos de su vida y de comprender que, después de su muerte, todo aquello queda condenado a existir únicamente en la memoria de quienes lo conocieron. Hay algo particularmente doloroso en esa cotidianidad recuperada. Uno puede recordar con absoluta nitidez una conversación absurda de hace veinte años y, sin embargo, ser incapaz de encontrar una explicación satisfactoria para lo que ocurrió después.

En cuanto al aspecto gráfico, el dibujo de Jordi Pastor resulta esencial para que esta combinación de memoria, reflexión y testimonio funcione. Su estilo, de personajes expresivos y rasgos ligeramente caricaturescos, aporta cercanía sin restar gravedad a los acontecimientos. Pastor comprende que el dramatismo no necesita traducirse en rostros permanentemente desencajados ni en una sucesión de imágenes diseñadas para subrayar lo mucho que debe sufrir el lector. A veces basta una mirada, una postura o una expresión que apenas se altera para transmitir aquello que los personajes no saben decir en voz alta. También destaca el uso del color como herramienta narrativa. La paleta limitada permite distinguir los distintos planos temporales y facilita la lectura sin necesidad de recurrir a explicaciones constantes. Los tonos azules claros acompañan los recuerdos del pasado, el verde identifica el presente y los azules grisáceos se reservan para las entrevistas, mientras que el rojo aparece en momentos de especial intensidad emocional. No se trata de un simple adorno estético, sino de un recurso que ordena la narración y acompaña sus cambios de registro. En un libro que salta continuamente entre recuerdos, conversaciones y reflexiones, esto ayuda a mantener el ritmo y evita que la estructura se convierta en un rompecabezas innecesario.

La portada y las guardas de Toni Vicent completan una edición en cartoné de 144 páginas, con maquetación de Alba Diethelm y corrección de Soraya Pollo. Además se incluye un epílogo de Agustín Bonifacio Guillén, especialista en salud mental que amplía las cuestiones abordadas y refuerza la importancia de la escucha y la prevención. Ese epílogo resulta especialmente pertinente porque recuerda que el tebeo no debe entenderse como una herramienta clínica ni como un sustituto de la ayuda profesional. Su valor está en otro lugar. Permite acercarse a una experiencia difícil, favorece la empatía y puede abrir conversaciones que, de otro modo, seguirían encerradas en el cajón de los asuntos de los que no se habla. No es poca responsabilidad para un cómic, aunque tampoco conviene exigirle que arregle por sí solo las deficiencias de nuestra relación colectiva con la salud mental. Bastante tiene con hacer bien su trabajo.

«Son cuatro días» no ofrece una reconciliación milagrosa con el pasado ni una fórmula para dejar atrás la culpa. Tampoco necesita hacerlo. Su mayor virtud consiste en aceptar que algunas preguntas permanecerán abiertas y que aprender a convivir con ellas puede ser parte del proceso de duelo. La honestidad del guion, la sensibilidad del dibujo y el equilibrio entre autobiografía y testimonios convierten esta obra en una lectura sólida, emotiva y necesaria, aunque no siempre resulte cómoda. Porque la vida puede dos telediarios, cuatro décadas o bastante más, pero el tiempo compartido con los demás no se mide únicamente en calendarios. A veces permanece en una conversación, en una canción o en un recuerdo que creíamos olvidado. Y, de vez en cuando, también en un cómic que se atreve a mirar de frente aquello que preferiríamos mantener bajo llave. Sin milagros, sin respuestas fáciles y sin vendernos la felicidad en cómodos fascículos.

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