Marvel Saga TPB. Capitán América 15: un cierre amargo

Con el Marvel Saga TPB del Capitán América número 15, Panini Cómics nos acerca al desenlace de una de las etapas más importantes que ha conocido el personaje en su historia reciente. Ed Brubaker, acompañado por un nutrido grupo de dibujantes y artistas, cierra aquí una aventura que comenzó en 2004 y que convirtió al Centinela de la Libertad en mucho más que un señor musculoso con un escudo redondo y una afición preocupante por meterse en todos los conflictos internacionales. Lo que empezó como una historia de espionaje, conspiraciones y regresos imposibles terminó convirtiéndose en una reflexión sobre la identidad, el poder, la manipulación y la dificultad de mantener intactos los ideales cuando el mundo que te rodea parece diseñado para pisotearlos. Y no, no estamos ante otra colección de discursos patrióticos acompañados de explosiones oportunas. Para eso ya tenemos suficientes políticos, películas de acción y anuncios electorales.

El volumen recopila los números 11 al 19 de Captain America vol. 6 y se divide en dos grandes bloques que recuperan buena parte de las virtudes que hicieron de Brubaker uno de los guionistas más interesantes del cómic superheroico contemporáneo: Ataque al Sistema y Nuevos órdenes mundiales. Dos historias que se complementan y que demuestran que, cuando las cosas empiezan a torcerse de verdad, el enemigo más peligroso no siempre necesita una armadura, un ejército de robots o un plan para conquistar el universo. A veces basta con conocer los mecanismos del poder y saber qué botones pulsar para que todo el mundo termine peleándose con todo el mundo.

En Ataque al Sistema, Brubaker recupera ese tono turbio, paranoico y deliberadamente incómodo que convirtió su etapa en una referencia. Regresan las conspiraciones, los asesinatos selectivos y las maniobras políticas que transforman cualquier institución en un campo de minas. El retorno de Azote y la manipulación de Henry Peter Gyrich contribuyen a levantar un escenario en el que nadie parece completamente fiable. Steve Rogers puede tener un código moral bastante sólido, pero eso sirve de poco cuando las personas que deberían estar colaborando con él tienen sus propios intereses, sus secretos y una alarmante facilidad para convertir la lealtad en moneda de cambio. Aquí el Capitán América no puede limitarse a identificar al malo de turno, soltar una frase lapidaria y marcharse con la satisfacción del trabajo bien hecho. Debe averiguar quién mueve los hilos, qué intereses se esconden detrás de cada decisión y hasta qué punto puede confiar en un sistema que parece corroerse desde dentro. Es precisamente ahí donde Brubaker demuestra su habilidad para escribir al personaje. Steve no deja de ser un idealista, pero tampoco es un ingenuo incapaz de comprender que el mundo funciona de maneras bastante más desagradables que las que aparecen en los discursos oficiales.

En el apartado gráfico, Patrick Zircher aporta un dibujo elegante y un magnífico uso de las sombras. Su trabajo encaja especialmente bien con el ambiente de sospecha que domina el arco. Los rostros transmiten desconfianza, los escenarios institucionales adquieren una frialdad inquietante y las escenas de acción mantienen la tensión sin convertir cada página en una exhibición de músculos y explosiones. Es un dibujo que entiende que, en un thriller político, una conversación en una habitación cerrada puede resultar más amenazadora que veinte tipos disparando al mismo tiempo.

Pero el verdadero plato fuerte llega con Nuevos órdenes mundiales. Si el arco anterior preparaba el terreno, aquí Brubaker prende fuego a la alfombra y observa cómo todos los presentes discuten sobre quién debería llamar a los bomberos. El Barón Zemo o Hydra forman parte de una ofensiva que pretende destruir al Capitán América atacando aquello que representa. No basta con derrotar físicamente a Steve Rogers: hay que desacreditarlo, manipular la percepción pública y conseguir que el símbolo que durante décadas inspiró confianza se convierta en motivo de enfrentamiento. La premisa resulta especialmente potente porque desplaza el conflicto desde el terreno puramente físico al de la información. Los rumores, la propaganda, la desconfianza y la explotación de los miedos colectivos se convierten en armas capaces de hacer tanto daño como cualquier supervillano con armamento experimental. La batalla no consiste solamente en averiguar quién está detrás de una conspiración, sino en comprender cómo una sociedad puede terminar enfrentándose a sí misma cuando quienes tienen poder descubren que resulta más rentable alimentar el odio que intentar apagarlo.

Scott Eaton se encarga de buena parte del apartado gráfico de este tramo, manteniendo la narración con eficacia y ofreciendo una puesta en escena adecuada para el aumento de la tensión. El cambio de dibujante respecto al arco anterior aporta variedad visual, aunque también recuerda que estamos ante una producción serializada en la que diferentes equipos creativos deben mantener la continuidad de una misma historia. En conjunto, el apartado artístico cumple con solvencia y contribuye a que el componente político nunca ahogue por completo la aventura superheroica.

Con este tomo, Brubaker pone punto final a una etapa que ayudó a redefinir el cómic superheroico moderno. Además para el final se une a Steve Epting para unir a los creadores que comenzaron todo. No todo alcanza la misma intensidad, ni cada número tiene idéntico peso, pero el conjunto conserva una coherencia temática y una personalidad extraordinarias. El guionista ha sabido transformar al Capitán América en un protagonista capaz de sostener historias de espionaje, conflictos políticos y dramas personales sin perder aquello que lo hace reconocible. Su Steve Rogers no es un santo, ni un soldado que obedece ciegamente, ni un hombre convencido de que llevar una bandera en el uniforme le concede automáticamente la razón. Es alguien que intenta actuar conforme a sus principios incluso cuando el mundo le proporciona motivos de sobra para rendirse. Y esa es, posiblemente, la mayor virtud de esta colección. En un género que a menudo confunde la espectacularidad con la profundidad, Brubaker demuestra que un superhéroe puede protagonizar aventuras emocionantes y, al mismo tiempo, servir para explorar las contradicciones de la sociedad que lo ha creado. El escudo sigue siendo redondo, pero las respuestas rara vez lo son.

En definitiva, este Marvel Saga del Capitán América es una lectura imprescindible para quienes quieran descubrir por qué la etapa de Brubaker ocupa un lugar tan destacado en la historia reciente de Marvel. No hace falta que el centinela de la libertad sea vuestro personaje favorito, ni que tengáis un escudo colgado de la pared. Basta con que os interesen las buenas historias, los personajes con contradicciones y los relatos que no consideran al lector un consumidor de explosiones con patas. Quince tomos después, el viaje termina, aunque el legado de esta etapa continúa en las historias posteriores y en el recuerdo de quienes la leímos. Brubaker se marcha sin necesidad de destruir al personaje para demostrar que ha dejado huella. Le basta con recordarnos que los ideales importan precisamente cuando defenderlos deja de resultar cómodo. Y que, cuando todo el mundo parece haber perdido la cabeza, quizá el verdadero acto heroico no consista en levantar el escudo, sino en negarse a utilizarlo para golpear a quien piensa diferente.

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