ABC Warriors 2: sigue la fiesta

Salvar el universo debería dar derecho a unas vacaciones pagadas, una jubilación anticipada y, como mínimo, una botella de lubricante de primera calidad. Pero los ABC Warriors no han venido a este mundo para disfrutar de los pequeños placeres de la existencia robótica. Después de evitar el apocalipsis, han decidido abrazar la religión anarquista de Deadlock, peregrinar hasta el planeta Hékate, reunir siete cabezas humanas y reclutar a un nuevo compañero antes de la Noche de la Luna de Sangre. Lo habitual cuando uno busca la iluminación espiritual, vaya. Pat Mills y Tony Skinner vuelven a poner a estos cacharros de combate en marcha en el segundo tomo de los «A.B.C. Warriors», publicado por Dolmen Editorial, para demostrar que la ciencia ficción británica puede ser tan filosófica como una tesis doctoral y tan sutil como un jalapeño después de comer un puré de zanahoria. Y, por supuesto, con bastantes más explosiones(bueno jalapeño y puré tampoco se queda corto).

Salvar el universo está muy bien, pero ¿qué haces después? ¿Te compras una casita en Marte? ¿Abres un taller de reparación de androides? ¿Te dedicas a disfrutar de una merecida jubilación mientras los humanos vuelven a meter la pata? Nada de eso. Los ABC Warriors han elegido consagrarse a la religión anarquista de Deadlock, un personaje que parece haber descubierto que la mejor manera de combatir las estructuras de poder consiste en fundar una doctrina propia y convencer a un grupo de máquinas de guerra para que le sigan. Si esto no es una contradicción, que baje algún dios del panteón de los circuitos y nos lo explique. El asunto tiene su miga. Para convertirse en auténticos agentes del Khaos, los guerreros deben viajar hasta Hékate, conseguir siete cabezas humanas y reclutar a un séptimo miembro antes de la Noche de la Luna de Sangre. Una misión que combina peregrinación religiosa, ritual ocultista y carnicería industrial con la naturalidad de quien prepara la lista de la compra. Leche, pan, tornillos de repuesto y siete cabezas humanas. Si no las encuentras en el supermercado, prueba en el departamento de jardinería.

Pat Mills y Tony Skinner no se conforman con enviar a sus protagonistas a una aventura estrambótica. Los colocan en una situación en la que la fe, la violencia y la libertad individual se mezclan hasta formar un cóctel explosivo. La religión promete una alternativa al orden establecido, pero sus métodos tampoco parecen especialmente recomendables para quienes tengan cariño a su anatomía. Al fin y al cabo, cuando una doctrina exige cabezas humanas como requisito de admisión, quizá convenga leer la letra pequeña antes de entregar la solicitud. Aunque, tratándose de los ABC Warriors, probablemente la letra pequeña esté escrita con sangre y grabada sobre una placa de acero.

Este volumen recupera dos historias de largo recorrido editorial, «Khronicles of Khaos» y «Hellbringer«, que permiten a los autores llevar a los guerreros mecánicos hacia territorios donde la aventura bélica se encuentra con el ocultismo, la sátira y una visión bastante poco tranquilizadora del futuro. La primera parte del viaje obliga al grupo a enfrentarse a sus propias contradicciones mientras intenta cumplir los requisitos de la misión de Deadlock. No basta con ser una máquina de guerra formidable: ahora también hay que alcanzar cierta iluminación espiritual, aceptar los mandamientos de una religión bastante peculiar y demostrar que uno puede sobrevivir a una excursión sin que la expedición termine convertida en un montón de chatarra. El problema de estas aventuras es que los ABC Warriors ya están acostumbrados a enfrentarse a enemigos capaces de convertir una batalla en un catálogo de piezas de recambio. Son resistentes a la guerra atómica, bacteriológica y química, lo que viene a significar que poseen una salud envidiable para tratarse de máquinas diseñadas expresamente para combatir. Sin embargo, ni siquiera semejante arsenal de resistencia les garantiza una existencia tranquila. El universo siempre encuentra maneras nuevas de fastidiarte, especialmente cuando tienes la costumbre de meterte en conflictos que podrían haberse resuelto con una conversación, una negociación o, en el peor de los casos, un formulario administrativo.

Entonces aparece Hellbringer, porque evidentemente reunir cabezas, perseguir revelaciones místicas y reorganizar las propias convicciones no era suficiente para llenar la agenda. El Imperio Terrano amenaza con borrar a los protagonistas del mapa mediante una devastadora arma llamada Hellbringer. El nombre no deja demasiado espacio para la interpretación. No parece un dispositivo destinado a preparar café ni una herramienta de jardinería especialmente sofisticada. Es una de esas armas cuyo fabricante debe de haber descartado cualquier denominación comercial que no incluya palabras como «infierno», «aniquilación» o «destrucción absoluta».

La amenaza introduce una nueva dimensión en la aventura. Frente a un poder militar que pretende resolver sus problemas mediante la aniquilación de sus adversarios, los ABC Warriors deben comprobar si el Khaos puede ofrecer algo más que un repertorio de rituales extravagantes y consignas revolucionarias. La pregunta es tan política como religiosa: ¿puede una fuerza que rechaza el orden establecido enfrentarse a un imperio que pretende imponer su voluntad por medio de la destrucción? ¿O estamos ante otra de esas ocasiones en las que alguien promete cambiar el mundo y termina descubriendo que destruirlo resulta bastante más sencillo?

Mills lleva décadas demostrando que le gusta meter el dedo en las llagas del poder, la guerra y la hipocresía institucional. Aquí vuelve a cargar contra los mecanismos que convierten la violencia en una herramienta política y presentan la dominación como una necesidad inevitable. El Imperio Terrano no necesita demasiadas justificaciones para recurrir a su armamento devastador: basta con que sus intereses estén en peligro. La vieja receta de siempre, ahora con tecnología futurista y suficiente potencia de fuego para convertir un planeta en una mala noticia astronómica. La crítica antibelicista funciona precisamente porque los protagonistas no son observadores inocentes. Son máquinas construidas para combatir, veteranos que conocen de primera mano la brutalidad de los conflictos y criaturas que llevan la violencia incorporada a su propia naturaleza. Su situación resulta especialmente irónica. Deben luchar contra sistemas de dominación utilizando unas capacidades que esos mismos sistemas les han inculcado. Quieren escapar de la lógica de la guerra, pero no pueden dejar de resolver sus problemas como guerreros. Es como intentar abandonar una adicción mientras llevas el objeto de tu dependencia instalado de fábrica.

El humor negro de la serie ayuda a que estas reflexiones no se conviertan en un sermón interminable. Los personajes están demasiado ocupados sobreviviendo, discutiendo y repartiendo leñazos como para ponerse a impartir una conferencia sobre filosofía política. Las situaciones absurdas, las referencias ocultistas y los diálogos cargados de mala leche introducen una distancia irónica que permite contemplar el disparate sin perder de vista sus implicaciones. Eso sí, quien espere una narración discreta y contenida debería buscar entretenimiento en otra parte. Aquí la sutileza suele llegar acompañada de una explosión y salir corriendo antes de que alguien le pida explicaciones.

Por otra parte, el dibujo de Kev Walker resulta fundamental para dar forma a semejante locura. Su trabajo aporta contundencia a los guerreros, personalidad a sus diseños y una presencia visual que encaja con la grandilocuencia del relato. Los robots no parecen simples armarios metálicos a los que alguien haya instalado un arma en cada extremidad. Son personajes reconocibles, con siluetas, expresiones y detalles que contribuyen a transmitir su carácter. En una historia donde las máquinas deben soportar amenazas capaces de destruir civilizaciones, conviene que tengan un aspecto convincente cuando les toca recibir una paliza de proporciones bíblicas. Walker maneja con soltura los enfrentamientos y los escenarios, reforzando la sensación de encontrarnos en un universo donde la tecnología y la brutalidad han alcanzado niveles disparatados. Su dibujo acompaña la acción sin renunciar a los detalles, y el color contribuye a diferenciar ambientes y situaciones. El resultado posee la espectacularidad que exige una historia de este calibre. Cuando el Imperio Terrano amenaza con desplegar su arma definitiva, el lector necesita sentir que la amenaza es algo más que un nombre intimidatorio escrito en una caja de cartón. Walker ayuda a que la destrucción parezca una posibilidad bastante tangible. Naturalmente, tanta exuberancia también tiene sus riesgos. En algunos momentos, el despliegue visual amenaza con acaparar toda la atención, como si cada página tuviera la obligación contractual de superar a la anterior en espectacularidad. Pero sería absurdo pedirle a ABC Warriors que renunciase a sus excesos. Intentar domesticar esta serie sería como instalar un limitador de velocidad en un misil y confiar en que nadie se dé cuenta.

A fin de cuentas, el segundo volumen de “ABC Warriors” Volumen 2 es una invitación a acompañar a un grupo de máquinas de guerra en una cruzada religiosa que incluye cabezas humanas, conspiraciones, una amenaza imperial y un arma cuyo nombre parece escogido por alguien que considera que la destrucción planetaria necesita una buena campaña de marketing. No todo resulta igual de equilibrado como sucede la mayoría de la veces en la series de la 2000 AD, y la abundancia de ideas puede hacer que algunos pasajes se pierdan entre tanta fanfarria mecánica. Pero el cómic conserva una personalidad muy marcada y una capacidad notable para combinar entretenimiento, sátira y violencia hiperbólica. Aquí los robots pueden sobrevivir a amenazas atómicas, bacteriológicas y químicas, pero deben enfrentarse a peligros mucho más complicados: la fe ciega, las ambiciones imperiales, las contradicciones ideológicas y la estupidez organizada. Lo último, por cierto, sigue siendo el arma de destrucción masiva más eficaz que ha inventado nuestra especie. Y ni siquiera necesita combustible nuclear, mierdas varias ni un nombre tan espectacular como Hellbringer. Le basta con poner a unos cuantos individuos al mando, entregarles poder suficiente y esperar a que empiecen a explicar por qué sus atrocidades son absolutamente necesarias. Los ABC Warriors, al menos, tienen la decencia de parecer monstruos mientras hacen barbaridades. Los humanos hemos conseguido algo bastante peor: hacerlas convencidos de que somos los héroes.

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