Frankenstein: un clásico renovado

El doctor Víctor Frankenstein tenía dos grandes ambiciones: descubrir el secreto de la vida y convertirse en Dios sin leerse antes las condiciones del servicio. Lo consiguió a medias, que es como suelen salir las grandes catástrofes humanas. Su criatura nació, él entró en pánico y la historia de la ciencia sumó otro ejemplo de por qué conviene pensarse dos veces las consecuencias antes de ponerse a jugar con cadáveres. Y entre tanto nos encontramos con David Sala recuperando el clásico de Mary Shelley en una adaptación que convierte el horror gótico en un espectáculo visual fascinante, donde los colores brillan con una intensidad casi enfermiza y la tragedia demuestra que, para fabricar monstruos, no siempre hace falta un laboratorio. A veces basta con una sociedad empeñada en odiar todo aquello que no comprende.

En este «Frankenstein», publicado en España por Astiberri con traducción de Rubén Lardín, el terror no depende únicamente de la criatura, de su aspecto o de la violencia que termina desencadenándose a su alrededor. Lo verdaderamente inquietante es la relación entre el creador y su creación, dos seres condenados a destruirse mientras el mundo que los rodea aporta su correspondiente ración de crueldad, rechazo y estupidez colectiva. Porque Víctor Frankenstein puede ser un científico brillante, pero como responsable de sus actos resulta tan competente como un pirómano al que encargan la seguridad de un bosque. David Sala entiende que la novela de Shelley sigue teniendo mucho que decirnos y lo hace con una adaptación tan hermosa como perturbadora.

La historia de Víctor es, en el fondo, la de un hombre que confunde el conocimiento con el derecho a hacer cualquier cosa. Fascinado por los secretos de la naturaleza, se entrega al estudio del cuerpo humano y persigue obsesivamente el misterio que separa la materia inerte de la vida. No le basta con comprender cómo funciona el mundo. Quiere intervenir en sus mecanismos más íntimos y demostrar que puede superar los límites que hasta entonces parecían infranqueables. La ciencia se convierte así en una obsesión, el descubrimiento en una necesidad y la creación en una especie de desafío personal. El problema llega cuando consigue lo que buscaba y descubre que sus ambiciones no incluían precisamente el apartado de responsabilidades.

Víctor quiere crear vida, pero no parece haber dedicado demasiado tiempo a pensar qué hará después con ella. Su criatura aparece en el mundo sin haber elegido nacer, sin conocer las normas que lo rigen y sin disponer de alguien que le explique por qué su existencia parece constituir una ofensa para quienes la contemplan. El científico, que hasta ese momento había perseguido su objetivo con una determinación admirable, reacciona como un padre que acaba de descubrir que los bebés no vienen con manual de instrucciones. Solo que aquí el bebé tiene unas dimensiones considerables, una apariencia aterradora y unas necesidades emocionales que no se resuelven comprándole un sonajero.

La huida de Víctor es uno de los elementos que convierten la tragedia en algo más que una historia de experimentos científicos descontrolados. El creador abandona a su criatura, incapaz de asumir las consecuencias de sus propios actos, y deja que el mundo se encargue de darle la bienvenida. La criatura, por su parte, se encuentra con una sociedad que juzga su aspecto antes de conocerla y que confunde lo desconocido con una amenaza. La diferencia se transforma en motivo de rechazo, el rechazo alimenta el sufrimiento y el sufrimiento termina abriendo la puerta a la violencia. Una cadena de acontecimientos que no necesita demasiadas actualizaciones para resultar reconocible en pleno siglo XXI.

David Sala pone el acento en esa relación enfermiza entre Víctor y su creación, en la culpa del primero y en la soledad del segundo. Ambos quedan atrapados en una espiral de resentimiento que convierte sus vidas en un enfrentamiento cada vez más destructivo. La criatura busca aquello que le ha sido negado: afecto, comprensión y un lugar en el mundo. Víctor, en cambio, debe enfrentarse a la consecuencia más desagradable de su experimento: descubrir que no puede controlar aquello que ha creado. Uno desea ser aceptado; el otro quisiera borrar las huellas de su fracaso. Y así, entre el abandono, el miedo y la venganza, la historia avanza hacia una tragedia en la que cada decisión parece empeñada en empeorar las anteriores.

Lo interesante es que Sala no presenta el conflicto como una simple lucha entre un científico atormentado y un monstruo sediento de venganza. La criatura puede resultar aterradora, pero su sufrimiento nos obliga a mirar más allá de su apariencia. Su violencia no aparece en el vacío, sino en un mundo que le niega cualquier posibilidad de pertenencia. Esto no significa justificar todos sus actos, sino comprender que el horror de la novela nace precisamente de esa relación entre la crueldad sufrida y la crueldad ejercida. La criatura termina convirtiéndose en aquello que los demás temían encontrar en ella, y la sociedad puede felicitarse por haber acertado en sus prejuicios mientras contempla las consecuencias de haberlos alimentado.

Mary Shelley publicó su novela en el siglo XIX, pero sus preguntas siguen teniendo una vigencia incómoda. ¿Hasta dónde puede llegar la ambición humana? ¿Qué responsabilidad tenemos sobre aquello que creamos? ¿Qué sucede cuando una sociedad decide que determinadas vidas merecen menos consideración que otras? (os suena la inmigración, el color de la piel o la religión, pues es lo mismo). Son cuestiones que atraviesan el relato y que David Sala recupera sin necesidad de trasladar la historia a una época contemporánea ni disfrazar a sus protagonistas con las preocupaciones del momento. El autor comprende que los clásicos no sobreviven porque permanezcan encerrados en un museo, sino porque siguen permitiendo que encontremos en ellos nuevas formas de mirar nuestro presente.

Pero donde la obra salta a un nivel muy superior es en el dibujo. Conviene detenerse aquí, porque lo que hace Sala con la parte gráfica merece algo más que un rápido comentario acompañado de un adjetivo elogioso. Su Frankenstein es un álbum de una fuerza visual extraordinaria, pero también una demostración de que la belleza puede ser una herramienta narrativa tan poderosa como el propio argumento. En lugar de recurrir exclusivamente a las sombras, los grises y las nieblas habituales del imaginario gótico, el autor apuesta por una paleta cromática deslumbrante, con colores intensos y contrastes que parecen dispuestos a saltar de las páginas para pedirnos explicaciones. La decisión podría parecer extraña para una historia de semejante naturaleza. Uno espera encontrar oscuridad, cementerios, laboratorios siniestros y cielos amenazadores. Lo que recibe, en cambio, es un universo pictórico lleno de matices, paisajes de una belleza inquietante y composiciones que parecen extraídas de una pesadilla concebida por un pintor particularmente imaginativo. El resultado demuestra que el horror no necesita vestirse siempre de negro para resultar efectivo. A veces, una imagen de colores luminosos puede transmitir una sensación de desasosiego mucho más profunda que una página entera cubierta de sombras.

También resulta importante la manera en que organiza las páginas. El formato de gran tamaño permite que las ilustraciones respiren y que la mirada se detenga en los detalles. Las composiciones amplias, las secuencias silenciosas y la presencia contenida de texto favorecen una lectura que no exige avanzar constantemente para descubrir qué sucede a continuación. A veces, el relato parece invitarnos a permanecer unos segundos más en una imagen, a observar las expresiones, los gestos o los elementos del paisaje que contribuyen a construir su significado. No es una lectura para consumir a toda velocidad, como si estuviéramos intentando terminar una temporada antes de que alguien nos destripe el final.

La apuesta también tiene sus exigencias. Quienes busquen una adaptación centrada en la acción, con un ritmo acelerado y una sucesión constante de acontecimientos, quizá encuentren en algunos momentos una narración más contemplativa de lo esperado. Sala concede una importancia considerable a la atmósfera, la composición y la dimensión emocional de la historia. El ritmo se detiene para que podamos observar y sentir, y esa elección puede hacer que ciertos pasajes parezcan menos dinámicos. Sin embargo, sería injusto reprocharle que no convierta una tragedia gótica en una montaña rusa de sustos. Su propósito no consiste en ofrecernos un desfile de sobresaltos, sino en construir una pesadilla que se instala lentamente en la cabeza.

Al cerrar el álbum, queda la impresión de haber recorrido una pesadilla pintada con colores demasiado hermosos para resultar tranquilizadores. Y también queda una conclusión bastante desagradable: quizá el mayor error de Víctor Frankenstein no fuera atreverse a crear vida, sino creer que podía hacerlo sin responsabilizarse de ella. La criatura tendrá sus defectos y sus métodos para resolver los conflictos no figurarían precisamente en ningún manual de convivencia, pero al menos no fue ella quien comenzó todo aquello jugando a ser Dios. Para fabricar monstruos, los seres humanos no necesitamos laboratorios, cadáveres cosidos ni tormentas eléctricas. Nos basta con señalar a quien es diferente, negarle cualquier posibilidad de pertenecer y convencernos de que su sufrimiento no es asunto nuestro. Después, cuando la tragedia estalla, siempre podemos fingir sorpresa y buscar un culpable al que perseguir con antorchas. En ese sentido, el «Frankenstein» de David Sala no solo nos devuelve una de las grandes pesadillas de la literatura. También nos recuerda que, a veces, el monstruo más aterrador no es el que sale del laboratorio, sino el que ya estaba esperando fuera.

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