Biblioteca Marvel Los 4 Fantásticos 19: Momentos centenarios

Llegar al número 100 de Los 4 Fantásticos debería ser motivo de celebración, descorchar una botella de champán y sacar a Reed Richards de su laboratorio para que recuerde que tiene familia. Estamos hablando de una de las colecciones fundamentales de Marvel, de la serie que ayudó a cambiar los superhéroes para siempre y del equipo creativo formado por Stan Lee y Jack Kirby, dos nombres que juntos levantaron una de las catedrales del género. Así que uno esperaría que el tomo 19 de la Biblioteca Marvel fuese una fiesta por todo lo alto, con fuegos artificiales, monstruos gigantes, amenazas cósmicas y alguna que otra mandíbula desencajada. Y, efectivamente, monstruos, mamporros y villanos no faltan. Lo que parece haberse quedado en algún despacho editorial es la inspiración necesaria para convertir semejante acontecimiento en algo verdaderamente memorable.

Publicado por Panini Comics, este volumen recopila los números 95 a 100 de Fantastic Four, con guiones de Stan Lee, dibujos de Jack Kirby y tintas de Joe Sinnott y Frank Giacoia. Son 160 páginas a color, en rústica con solapas. Un tebeo ideal para reencontrarse con un grupo de autores que ha dado tantas alegrías al lector, aunque en esta ocasión la alegría venga acompañada de una pequeña pregunta: ¿de verdad no había una forma mejor de preparar la despedida de una etapa tan extraordinaria? Porque sí, aquí empieza a notarse el cansancio. No necesariamente el del lector, que todavía puede disfrutar de las aventuras de la Primera Familia de Marvel, sino el de una colección que llevaba años funcionando como una máquina de fabricar maravillas y que ahora parece obligada a cambiar de marcha justo cuando más necesitaba pisar el acelerador.

La cuestión no es que los números sean malos por definición. Ni mucho menos. El problema aparece cuando una colección ha demostrado que puede construir argumentos de largo recorrido, desarrollar relaciones personales y levantar universos enteros para que alguien decida que lo mejor es volver a la casilla de salida. Es como contratar a un arquitecto para diseñar una catedral y, cuando lleva tres cuartas partes del trabajo, pedirle que lo deje todo y se dedique a levantar casetas de jardín. Seguramente también le saldrán bien, pero uno empieza a preguntarse para qué demonios hemos venido hasta aquí.

Stan Lee intentaba adaptarse a las nuevas condiciones como puede, mientras mantiene en segundo plano la relación entre Johnny Storm y Crystal. El romance continúa avanzando a pequeños pasos, recordándonos que estos personajes no son únicamente señores con poderes que se pasan el día repartiendo golpes, sino personas con problemas sentimentales. Una idea estupenda, por supuesto, aunque el avance de la trama queda condicionado por unas historias que deben empezar y terminar antes de que al lector le dé tiempo a acomodarse en el sofá. El culebrón sigue su curso, pero las aventuras pierden parte de esa continuidad que había convertido a los Cuatro Fantásticos en algo mucho más interesante que una sucesión de peleas con disfraces. Y es una pena, porque Lee y Kirby todavía conservan una capacidad envidiable para encontrar situaciones atractivas. Incluso cuando la maquinaria parece funcionar con menos combustible, siguen apareciendo conceptos, amenazas y ocurrencias que muchos autores actuales firmarían sin pensárselo demasiado. El problema está en que las ideas no siempre tienen espacio para desarrollarse y algunas terminan dando la impresión de haber pasado por el departamento de reciclaje de Marvel antes de llegar a imprenta.

En cambio, cuando Kirby y Lee se permiten jugar con los monstruos clásicos y la ciencia ficción de décadas anteriores, el resultado adquiere un encanto diferente. También hay espacio para aventuras que conectan con la carrera espacial, reflejo de una época en la que la exploración del espacio despertaba un entusiasmo colectivo difícil de reproducir hoy. La idea de trasladar esa fascinación a las páginas de Marvel encaja perfectamente con el espíritu de una serie que siempre ha mirado hacia las estrellas. Sin embargo, en algunos momentos la historia parece demasiado pendiente de trasladar sus referencias a la página y pierde parte de la libertad metafórica que hacía tan sugerentes las mejores aventuras de la colección.

Mientras tanto, el dibujo de Kirby continuaba siendo uno de los grandes argumentos a favor del volumen. Su energía, su capacidad para organizar el movimiento y esa facilidad para convertir cualquier página en una explosión de cuerpos, máquinas y escenarios imposibles siguen estando ahí. El Rey de los Cómics no necesita que cada historia sea una obra maestra para demostrar por qué su trabajo resulta fundamental. Incluso en los episodios menos inspirados, sus composiciones conservan una fuerza que arrastra la mirada y mantiene viva la lectura. Joe Sinnott, por su parte, aporta una limpieza y una definición que realzan el dibujo, mientras que Frank Giacoia participa en las tintas de estos números. El conjunto sigue teniendo músculo visual, aunque la sensación de estar ante una etapa que empieza a perder fuelle resulte difícil de ignorar.

Entonces llega el número 100. La ocasión merecía un acontecimiento de proporciones históricas. No todos los días una colección alcanza semejante cifra, y menos una que ha contribuido tanto a definir el universo de la casa de las ideas. La solución consiste en reunir amenazas, recuperar villanos conocidos y encadenar enfrentamientos para que la celebración tenga toda la pirotecnia posible. La acción aparece desde el primer momento y apenas hay tiempo para respirar entre una amenaza y la siguiente. Si alguien esperaba una reunión de antiguos enemigos, aquí tiene una buena ración. Si esperaba una construcción narrativa especialmente elaborada, quizá debería rebajar un poco las expectativas y guardar el confeti para otra ocasión. El episodio tiene su encanto, especialmente por esa desvergüenza tan propia del cómic clásico, que entiende que un aniversario importante puede celebrarse sencillamente reuniendo a un montón de personajes dispuestos a pegarse. Pero también deja la sensación de que se ha confundido la cantidad con la grandeza. El número 100 quiere ser una traca final y acaba pareciéndose a una versión hipertrofiada de aquellas celebraciones anteriores de la colección, con más ruido que emoción y demasiada prisa por demostrar que estamos ante algo especial. Es una fiesta en la que han contratado fuegos artificiales, una orquesta y una barra libre, pero se han olvidado de preparar el discurso de homenajeado.

Eso no significa que este tomo carezca de interés. Sería absurdo despreciar estas historias por no alcanzar la altura de las mejores aventuras anteriores. Estamos hablando de Lee y Kirby, y hasta cuando trabajan por debajo de sus posibilidades pueden ofrecer entretenimiento, imaginación y páginas que justifican la lectura. El problema es precisamente ese: conocemos demasiado bien el potencial de esta colección como para conformarnos sin más con una sucesión de episodios que, en otras circunstancias, habrían resultado estupendos, pero aquí saben a poco.

Al final, La Biblioteca Marvel Los 4 Fantásticos 19 es un volumen de luces y sombras, con buenas ideas, monstruos disfrutables, acción abundante y un Kirby que continúa demostrando por qué merece su apodo. Pero también es un tomo condicionado por unas decisiones editoriales que frenan la evolución de las historias y por la impresión de que la colaboración entre Lee y Kirby se acerca a una fase menos estimulante. El número 100 debería haber servido para coronar una etapa irrepetible, pero termina funcionando como una celebración más ruidosa que emotiva.

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