Astérix y los Normandos: adolescentes y cantantes

Si uno se pone a pensar en las grandes amenazas de la historia, enseguida aparecen ejércitos invencibles, conquistadores sanguinarios, armas de destrucción masiva y políticos con demasiado tiempo libre. Pero René Goscinny y Albert Uderzo tenían otra teoría. El verdadero terror de la humanidad es un adolescente consentido y un músico al que nadie ha explicado que su talento tiene los mismos efectos que una plaga bíblica. Así nace «Astérix y los Normandos», una aventura que demuestra que los mayores guerreros del norte pueden perder los nervios ante algo mucho más terrible que una batalla: una actuación musical en directo.

Publicada originalmente en la revista Pilote en 1966, esta aventura de Astérix vuelve a utilizar la aldea gala como laboratorio para diseccionar las costumbres de sus contemporáneos. Porque, aunque la acción transcurra en el año 50 antes de Cristo, los romanos no son los únicos que salen malparados. Goscinny apunta directamente a la sociedad moderna, a sus modas, a sus jóvenes mimados y a esa curiosa costumbre humana de presumir de aquello que menos se comprende. Uderzo, mientras tanto, se encarga de que cada ocurrencia tenga una traducción visual a la altura: una ceja levantada, una cara desencajada o un golpe convenientemente colocado suelen decir más que un tratado de sociología.

La historia comienza con la llegada de Gudurix, sobrino del jefe Abraracúrcix, procedente de Lutecia. El muchacho representa todo lo que un guerrero galo tradicional no debería ser: es presumido, urbanita, aficionado a la música y al ocio, y tiene una capacidad prodigiosa para evitar cualquier actividad que implique esfuerzo físico. Su carro y su peinado parecen importarle bastante más que la posibilidad de defenderse de un enemigo. En definitiva, un joven moderno atrapado en una época en la que todavía no se ha inventado la excusa de tener que cargar el móvil para escaquearse de las obligaciones familiares. Su padre, preocupado porque el retoño termine convirtiéndose en un adulto funcional, lo manda a la aldea para que Astérix y Obélix hagan de él un hombre. La elección de los educadores resulta bastante discutible. Uno resuelve los problemas con una poción mágica y el otro con una fuerza descomunal y una relación sentimentalmente preocupante con los jabalíes. No parece el equipo pedagógico ideal para un adolescente con problemas de motivación, pero tampoco es que los galos dispongan de un departamento de orientación académica.

Pero el verdadero problema llega por mar. Una expedición de normandos (o vikingos según se mire) desembarca en la costa con una misión tan peculiar como peligrosa: quieren descubrir qué es el miedo. Estos fornidos guerreros no conocen semejante sentimiento y han oído que el miedo da alas. Como cualquier persona razonable que escucha una afirmación absurda, deciden tomársela literalmente y emprender una expedición para aprender a volar. La lógica es impecable, siempre que uno haya dejado el sentido común en casa junto con el equipaje. Goscinny encuentra aquí una premisa magnífica para construir una sucesión de equívocos. Los normandos, convencidos de que el miedo puede convertirlos en seres capaces de elevarse por los aires, buscan a alguien que les enseñe semejante prodigio. Y, cuando descubren que Gudurix es un cobardica de primera categoría, creen haber encontrado al maestro perfecto. Por una vez, la inutilidad del joven tiene una aplicación práctica. No será un guerrero, pero al menos puede presumir de una especialización: asustarse con una eficacia que ya quisieran para sí muchos profesionales del sector.

El choque entre ambos mundos es el motor de la aventura. Los normandos son tipos imponentes, acostumbrados a intimidar a sus adversarios, pero carecen de experiencia en eso de sentir miedo. Gudurix, por el contrario, parece haber nacido con el susto instalado de serie. La situación permite a Goscinny jugar con la diferencia entre la apariencia y la realidad, desmontando la idea de que la fuerza física equivale a la valentía. Uno puede medir dos metros, blandir un hacha y llevar una expresión capaz de desalojar una taberna, pero eso no significa que entienda cómo funciona el miedo. Mucho músculo y poca teoría, que diríamos hoy. La ironía funciona porque nadie comprende del todo a nadie. Los normandos interpretan la cobardía de Gudurix como una virtud extraordinaria; el muchacho descubre que su mayor defecto puede convertirlo en una figura respetada; y los galos deben enfrentarse a una amenaza que no se soluciona simplemente repartiendo golpes. Bueno, casi todo puede solucionarse repartiendo golpes en el universo de Astérix, pero Goscinny sabe cuándo conviene reservar la poción mágica y dejar que el disparate siga su curso.

En esta ocasión, los romanos quedan relegados a un discreto segundo plano. Ya tienen bastante con aguantar a los galos como para que Goscinny les conceda también el protagonismo. La atención se desplaza hacia los personajes secundarios de la aldea, algo que contribuye a enriquecer el universo de la serie. Astérix y Obélix siguen siendo el centro de gravedad, pero no necesitan monopolizar cada página para que la aventura funcione. La aldea es un ecosistema de caracteres perfectamente reconocibles, con sus manías, sus disputas y sus pequeñas miserias. Una comunidad entrañable, sí, siempre que uno no tenga que vivir en ella y escuchar discusiones sobre quién ha empezado la pelea de turno. Y aquí entra Asurancetúrix, el bardo. El hombre lleva álbumes enteros soportando que le prohíban cantar, le destrocen los instrumentos o lo amordacen antes de cualquier celebración. Su talento musical es motivo de vergüenza colectiva y su presencia suele generar más hostilidad que una legión romana. Sin embargo, esta vez resulta que su horrible voz es justo lo que necesitan los normandos para comprender el miedo. El arma definitiva contra los invencibles hombres del norte no es la fuerza, la estrategia ni la poción mágica: es una canción. La genialidad del planteamiento está en que Goscinny transforma una broma recurrente de la serie en la solución de la aventura. Asurancetúrix pasa de ser el paria musical de la comunidad a convertirse en un instrumento de defensa nacional. Los normandos, que habían cruzado el mar para descubrir cómo se vuela, terminan descubriendo que existen experiencias capaces de hacer que uno desee estar a cientos de metros de altura, siempre que eso le permita alejarse del escenario.

Uderzo se desató a lo bestia en este álbum. Su dibujo convierte cada reacción en un pequeño espectáculo cómico. Los normandos pueden ser figuras gigantescas y amenazadoras, pero basta con enfrentar sus rostros a la perspectiva de escuchar al bardo para que toda su ferocidad se desmorone. Las expresiones faciales, la gestualidad y el movimiento de los personajes sostienen buena parte del humor. Uderzo no necesita explicarnos que algo es ridículo: basta con mirar a los protagonistas mientras intentan procesar lo que está sucediendo. Su dominio de la caricatura permite que el absurdo parezca perfectamente natural dentro de este universo. También hay un placer particular en contemplar la aldea como espacio físico. Las casas, los caminos y los pequeños detalles de la vida cotidiana dan consistencia a un lugar que podría haberse limitado a ser un decorado para repartir tortas. La Armórica de Astérix tiene personalidad propia, y esa sensación de comunidad ayuda a que los personajes secundarios no sean simples figurantes. Hasta un menhir puede servir para recordarnos dónde estamos, aunque Obélix tenga una forma bastante peculiar de entender el concepto de recuerdo turístico.

En cuanto a esta edición de Bruño Editorial, se incorporan dieciséis páginas adicionales dedicadas a la creación del álbum, con contexto, curiosidades y documentos originales cedidos por la hija de Uderzo. Un complemento interesante para quienes disfrutan descubriendo cómo se construyeron estas historias y qué hay detrás de sus mecanismos cómicos. La traducción se acredita a Jaime Perich, Isabel Soto y Alejandro Tobar, un apartado especialmente importante en una obra donde los juegos de palabras, los nombres y los dobles sentidos sostienen buena parte del humor. Trasladar el ingenio de Goscinny a otro idioma sin convertirlo en una colección de chistes desinflados no es precisamente una tarea para aficionados.

Por eso, «Astérix y los Normandos» quizá no sea la entrega que todos los lectores colocan automáticamente en el altar de los grandes clásicos, pero tiene argumentos de sobra para defender su lugar. Su premisa es sencilla, sus personajes están perfectamente aprovechados y su humor nace de una inversión de expectativas que sigue funcionando. La juventud supuestamente inútil encuentra su utilidad, los guerreros más temibles descubren que no lo saben todo y el músico más despreciado termina salvando el día. Una lección estupenda sobre la importancia de no juzgar a nadie por las apariencias, aunque sería recomendable no aplicarla al bardo de la aldea sin disponer antes de tapones para los oídos.

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