Hay familias que se reúnen los domingos para comer paella, otras que aprovechan las sobremesas para discutir sobre política y luego están las de Peter Parker y Eddie Brock, que tienen la simpática costumbre de acabar rodeadas de asesinos en serie, simbiontes homicidas y suficientes mierdas como para llenar la consulta de un psicólogo durante tres generaciones. En el universo Marvel, eso de mantener una relación familiar sana está francamente sobrevalorado. Y si encima aparece Tormento, dispuesto a convertir los árboles genealógicos en diagramas de escenas del crimen, la reunión familiar termina como el rosario de la aurora, pero con más sangre y bastante menos vajilla intacta.

Eso tendremos en el noveno tomo del «El Asombroso Spiderman», con la segunda entrega de «Espiral de Muerte», que recopila los números 24 y 25 de The Amazing Spider-Man y el 256 de Venom. Estamos ante las partes cuarta, quinta y sexta de este evento compartido, una historia que sigue estrechando el cerco alrededor de Spiderman, Veneno, Matanza y sus respectivas familias. Porque, aparentemente, en Marvel alguien ha decidido que para solucionar los problemas personales lo mejor es contratar a un asesino en serie y dejar que la situación se complique hasta extremos ridículos.
La trama pensada por Charles Soule, Joe Kelly y Al Ewing continúa con Tormento haciendo honor a su nombre. El criminal no se limita a repartir muerte o amenazar con destruir Nueva York, que son actividades bastante corrientes en el currículum de cualquier villano. Su objetivo es mucho más retorcido. Atacar los vínculos familiares de sus enemigos y utilizar sus traumas como armas. En otras palabras, el tipo ha descubierto la terapia familiar, pero ha decidido saltarse la parte de escuchar y comunicarse para pasar directamente a los cuchillos, la violencia y los cadáveres. Un enfoque poco recomendable, aunque probablemente más rápido que conseguir cita con un especialista.

Uno de los puntos fuertes de esta entrega es el espacio que se dedica a Eddie Brock y a su pasado. La historia se adentra en su infancia y en la complicada relación con su padre, mostrando las heridas que arrastra desde mucho antes de que un simbionte decidiera convertirlo en una masa musculosa con una dentadura capaz de protagonizar varias pesadillas. Aquí el guion abandona por momentos el festival de cortes sangrientos para recordar que detrás de los monstruos también hay personas rotas. Y que, por mucho que uno pueda convertirse en una criatura con una lengua kilométrica y ganas de zamparse a medio Manhattan, los traumas de la infancia no desaparecen por arte de magia. Es una parte especialmente interesante porque humaniza a Eddie sin convertirlo en un santo. El personaje tiene una historia complicada, contradicciones y una mochila que no cabe ni en el maletero del Spider-coche. La violencia de Tormento adquiere así una dimensión más personal, y el conflicto deja de ser una simple persecución entre tipos con poderes para convertirse en un ataque deliberado contra aquello que los protagonistas todavía intentan proteger.
Eso sí, no conviene acomodarse demasiado en la introspección, porque enseguida aparecen los simbiontes para recordarnos que aquí hemos venido a ver gente pegándose con apéndices orgánicos. La alianza entre Spiderman y Veneno constituye uno de los grandes atractivos del tomo. Peter Parker y Eddie Brock no son precisamente dos compañeros de oficina que se lleven estupendamente, y la situación se vuelve todavía más peculiar cuando Mary Jane está vinculada al simbionte y Peter tiene que lidiar con todo lo que eso implica. La dinámica entre ambos permite introducir una dosis de humor muy agradecida. Spiderman y Veneno intentan ejercer de detectives, seguir pistas y reconstruir los movimientos del asesino, aunque sus métodos deductivos a veces parezcan basarse en el noble principio de señalar al primer sospechoso que les cae mal. Sherlock Holmes se pegaría un tiro si pudiera hacerlo.

El resultado es un relato de persecuciones, engaños y giros que mantiene el interés, aunque también deja la impresión de que «Espiral de Muerte» necesita bastantes páginas para llegar a donde quiere llegar. El evento se extiende a través de varias colecciones y capítulos, y esa estructura tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Por un lado, permite desarrollar las relaciones entre los protagonistas y repartir el protagonismo. Por otro, existe el riesgo de que la historia se entretenga dando vueltas sobre sí misma mientras el lector espera que alguien haga algo verdaderamente decisivo. Y aquí está una de las cuestiones que más pesan sobre este tomo. La sensación de que estamos ante una historia entretenida, con buenas ideas y suficientes sorpresas, pero que quizá podría contar lo mismo con algo menos de kilometraje. La amenaza de Tormento funciona, los conflictos personales aportan profundidad y la presencia de Matanza introduce un factor de peligro constante. Sin embargo, el mecanismo de descubrir una nueva amenaza, perseguirla, sufrir una complicación y dejarlo todo preparado para el siguiente episodio empieza a resultar familiar. La espiral, desde luego, está bien elegida como título: uno tiene la sensación de que todos giran alrededor del desastre sin terminar de encontrar la salida.
En el apartado gráfico encontramos un desfile de autores que aporta variedad visual, aunque también cierta irregularidad. Jesús Saiz, Ed McGuinness, Pere Pérez y Carlos Gómez participan en el dibujo de estas entregas, acompañados por distintos entintadores y coloristas. El cambio de manos se nota, y no siempre de la forma más elegante. Cuando un evento cambia de dibujante con tanta frecuencia, la continuidad visual puede resentirse, sobre todo en una historia que pretende mantener una atmósfera opresiva y una sensación constante de peligro. Saiz aporta un acabado más contenido, adecuado para los pasajes dramáticos y las revelaciones sobre el pasado de Eddie. Sus figuras y composiciones ayudan a sostener el tono sin necesidad de convertir cada escena en una exhibición de músculos y dientes. Matt Hollingsworth refuerza esa intención con una paleta oscura que encaja con la naturaleza siniestra de la trama. Cuando la narración se detiene en los traumas personales, el apartado gráfico sabe rebajar las revoluciones y dejar que las emociones respiren.

Ed McGuinness, por su parte, juega en otra liga: la del espectáculo superheroico de anatomías rotundas, expresiones exageradas y personajes que parecen haber desayunado suplementos proteicos en lugar de cereales. Su estilo dinámico funciona especialmente bien en las secuencias de acción, donde los cuerpos se retuercen, los simbiontes despliegan sus apéndices y cada enfrentamiento amenaza con destrozar el mobiliario urbano. Si alguien está buscando un manual de proporciones anatómicas realistas, quizá debería acudir a otra parte; si quiere ver a Spiderman y compañía repartiendo golpes con energía de sobra, aquí tiene entretenimiento. Pere Pérez y Carlos Gómez completan el apartado gráfico aportando sus propias soluciones, mientras que el trabajo de Cliff Rathburn y los diferentes coloristas contribuye a mantener la claridad de las escenas. El color alterna tonos sombríos con momentos de mayor intensidad, algo necesario cuando tenemos a varios personajes enfundados en masas negras, rojas y blancas que se retuercen entre sí. Distinguir quién está mordiendo a quién puede convertirse en una pequeña prueba de agudeza visual, pero el conjunto consigue transmitir la violencia y el caos que necesita la historia.
Por todo eso, este noveno número del «Asombroso Spiderman», editado por Panini Comics, es un tomo entretenido con un puñado de buenas ideas, especialmente cuando explora las heridas familiares de Eddie Brock y juega con la peculiar relación entre Peter, Mary Jane y los simbiontes. Tiene acción, suspense, humor y suficientes traiciones como para que cualquier que se acerque a leerlo se entretenga. No revoluciona el género ni parece destinado a cambiar la historia de Spiderman, pero sabe mantener al lector pendiente de sus giros y deja las suficientes preguntas abiertas como para que apetezca continuar. Y con el final que nos dejan el que escribe tiene claro que quiere saber cómo acaba la historia.
