El extraño periplo de Lucas de Andrade: entre viñetas y viajes

Existen profesiones que permiten alcanzar la gloria, otras que sirven para pagar la hipoteca y luego está dibujar tebeos en España, una actividad de riesgo en la que uno puede tener talento, imaginación y una vocación a prueba de bombas, pero difícilmente las tres comidas del día garantizadas. Pepe Macías y Javier Monsalvett conocen bien esta disciplina extrema, así que han decidido convertir sus miserias profesionales en materia prima para «El extraño periplo de Lucas de Andrade», un tebeo publicado por Serendipia Editorial que demuestra que, cuando la vida no te proporciona una carrera de éxito, siempre puedes dibujar una sobre alguien que tampoco tiene demasiadas probabilidades de triunfar. Y si de paso te ríes de tus desgracias, al menos lloras con cierta dignidad artística.

El tal Lucas de Andrade y Andrade fue un explorador conquense que, a principios del siglo XX, decidió abandonar su Cuenca natal para adentrarse en los confines de África. Una elección respetable, aunque quizá un tanto exagerada para alguien que podría haber empezado por explorar las posibilidades laborales de su propia provincia. Pero cada cual gestiona sus inquietudes como puede. Unos se apuntan al gimnasio, otros se compran una moto y Lucas se lanzó a descubrir territorios remotos cuando el continente africano todavía representaba una buena oportunidad para perderse sin cobertura móvil ni posibilidad de consultar las reseñas de otros viajeros.

Sus aventuras han llegado hasta nosotros gracias a la correspondencia que mantuvo con su padre. En esas cartas descubrimos sus peripecias, sus descubrimientos y, por lo visto, ciertas dificultades con la ortografía. Porque uno puede recorrer medio continente, enfrentarse a peligros desconocidos y sobrevivir a condiciones extremas, pero no necesariamente dominar las reglas de acentuación. La civilización tiene estas cosas, a veces te permite conquistar territorios sin exigirte aprobar Lengua Castellana.

Lo verdaderamente prodigioso es que esas cartas hayan terminado en manos de Pepe Macías y Javier Monsalvett más de un siglo después. No porque los documentos hayan permanecido ocultos en una biblioteca secreta, custodiados por una sociedad de eruditos, sino porque Correos tardó lo suyo en entregarlos y, para no perder las buenas costumbres, se equivocó de dirección. Hay que reconocer que la empresa mantiene una relación muy particular con el concepto de servicio postal. Si Lucas exploraba territorios desconocidos, Correos explora las posibilidades infinitas de retrasar una entrega. Ambos contribuyen al conocimiento geográfico, aunque uno de ellos probablemente cobre por ello.

Cuando los dos historietistas reciben semejante tesoro documental, creen descubrir el argumento de la novela gráfica que podría llevarlos al Olimpo del noveno arte. O, siendo más realistas, permitirles comer tres veces al día. La diferencia entre ambas aspiraciones resulta fundamental para entender el espíritu del cómic. El Olimpo es estupendo, por supuesto, pero no consta que Zeus acepte transferencias para pagar la factura del gas. Y los artistas, por mucho que algunos empresarios culturales parezcan ignorarlo, también necesitan alimentarse.  El talento no se metaboliza, las viñetas no contienen proteínas y las musas son conocidas por su pésima contribución a los gastos domésticos.

Macías y Monsalvett se convierten así en protagonistas de su propia historia. No estamos ante una aventura histórica al uso, sino ante un juego de autoficción y metalenguaje en el que los autores interpretan a dos historietistas que intentan convertir el hallazgo de Lucas en su gran oportunidad profesional. La realidad y la ficción se dan la mano, aunque una de ellas lleve un contrato editorial y la otra esté preguntando si hay presupuesto para la siguiente página. La propuesta tiene bastante mala leche, porque detrás de las bromas se esconde una cuestión que el sector cultural conoce demasiado bien. En España puedes dedicar años a perfeccionar tu oficio, desarrollar una voz propia y sentir una pasión descomunal por los tebeos, pero eso no significa que puedas ganarte la vida con ellos. La vocación está muy bien para las entrevistas y las notas de prensa; a la hora de pagar el alquiler, en cambio, suele cotizar bastante por debajo del salario mínimo. Si encima tienes la extravagante pretensión de comer, la situación adquiere tintes de novela de terror.

En cuanto al aspecto gráfico, Javier Monsalvett aporta al conjunto un dibujo que ayuda a diferenciar las dos dimensiones del relato. Las páginas dedicadas a Lucas presentan una gama cálida, con tonos sepia que recuerdan al papel envejecido de las cartas. Las escenas protagonizadas por los historietistas, por el contrario, recurren a grises azulados y apagados. El contraste visual resulta apropiado. El pasado adquiere el aire evocador de una aventura legendaria, mientras que el presente se mueve en una tonalidad más grisácea, como corresponde a quienes intentan encontrar su lugar en un mercado laboral que considera la estabilidad económica una afición burguesa. Eso no significa que la propuesta vaya a convencer a todo el mundo. Quien espere una aventura histórica convencional, centrada exclusivamente en las exploraciones de Lucas, tendrá que aceptar que el relato se desvía para atender las peripecias de sus descubridores modernos. Pero precisamente ahí reside buena parte de su personalidad. Utilizar al explorador como punto de partida para hablar de quienes también se lanzan a territorios desconocidos, aunque sus selvas estén llenas de editores, presupuestos y facturas pendientes.

Al final ambas historias comparten más de lo que parece. Lucas abandona su hogar para perseguir una aventura sin garantías de éxito; Macías y Monsalvett persiguen el sueño de publicar un tebeo pese a las escasas oportunidades profesionales. Uno se enfrenta a los peligros de África y los otros a los peligros de intentar vivir de la historieta en España. No sabría decir cuál de las dos expediciones exige más resistencia. Al menos Lucas no tenía que preparar una campaña promocional para explicar por qué su trabajo merecía existir. «El extraño periplo de Lucas de Andrade» es, en definitiva, una declaración de amor a los tebeos disfrazada de aventura, una comedia sobre la vocación y un recordatorio de que perseguir los sueños está muy bien, siempre que uno consiga sobrevivir al proceso. Pepe Macías y Javier Monsalvett han tardado décadas en convertir su ilusión infantil en un comic. No es precisamente un plazo de entrega competitivo, pero tampoco se puede decir que hayan abandonado el proyecto a la primera dificultad. La constancia, en este caso, ha resultado más eficaz que cualquier curso de emprendimiento. Queda por ver si el libro los conducirá al Olimpo de la historieta o si tendrán que seguir compaginando los tebeos con otras actividades más lucrativas. En cualquier caso, ya han conseguido algo importante. Publicar la historia que querían contar y reírse por el camino de las contradicciones de una profesión que exige pasión infinita y ofrece, en ocasiones, remuneraciones microscópicas. Si eso no es una aventura, que venga Lucas y lo escriba en una carta. Eso sí, convendría comprobar que la dirección está bien puesta antes de confiar el envío a Correos.

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