Jennifer Walters tiene un primo que, cuando se trata de organizar reuniones familiares, es un auténtico desastre. Hulk aparece en Sakaar, descubre que uno de sus hijos ha muerto, teme que el planeta se convierta en una carnicería y decide que la mejor solución consiste en dejar allí a Hulka para que mantenga la paz. Cinco días, le dice. Lo justo para cumplir con el luto y evitar que aquello termine como una cena de Navidad en casa de los Banner. Naturalmente, las cosas no salen según lo previsto. Y no porque Jennifer sea incapaz de controlar una situación complicada, sino porque en Marvel cinco días pueden convertirse en una eternidad editorial, especialmente cuando alguien decide cancelar tu colección antes de que termine de arrancar.

«Planeta Hulka» recopila los seis números de «Planet She-Hulk«, una miniserie escrita por Stephanie Phillips y dibujada por Aaron Kuder y Emilio Laiso, con Scott Hanna y Sonia Oback encargándose de las tintas y el color. La propuesta nace al calor de Imperial, el acontecimiento con el que Jonathan Hickman vuelve a poner patas arriba el rincón cósmico de Marvel. Porque en esta editorial, si un personaje se queda quieto más de dos telediarios, aparece algún guionista con un mapa galáctico, una conspiración de proporciones astronómicas y la imperiosa necesidad de relanzar algo.
La idea tiene su gracia. ¿Qué ocurriría si, en lugar de Hulk, fuese su prima quien terminara atrapada en Sakaar? La respuesta parece bastante evidente: habría mamporros, intrigas políticas, algún aspirante al trono con demasiadas ambiciones y una Jennifer Walters intentando solucionar los problemas de un planeta cuyos habitantes tienen una preocupante tendencia a resolver sus diferencias mediante armas blancas y no mediante un juzgado de lo penal. Pero también existe una oportunidad interesante para explorar las diferencias entre ambos personajes. Bruce Banner suele llevar consigo un pequeño inconveniente verde que convierte las negociaciones diplomáticas en una actividad de riesgo. Jennifer, en cambio, tiene bastante más experiencia manejando situaciones sociales complicadas sin necesidad de demoler el mobiliario. Aunque, siendo Sakaar, tampoco conviene descartar que termine demoliendo algún edificio por motivos estrictamente profesionales.

La cuestión es que Hulka no es Hulk. Y precisamente ahí reside el interés de esta aventura. Jennifer debe desenvolverse en un entorno que todavía arrastra las consecuencias del paso de su primo, donde la fuerza bruta no basta para mantener la estabilidad y donde cada alianza puede esconder una puñalada, literal o figurada. La protagonista tiene que ganarse el respeto de quienes la rodean, enfrentarse a las ambiciones de quienes desean hacerse con el poder y encontrar la manera de regresar a casa. Todo ello mientras espera que Hulk cumpla su promesa de volver a buscarla. Si alguna vez habéis tenido un familiar que dice «ahora vuelvo» y reaparece tres semanas después, entenderéis perfectamente el drama.
Stephanie Phillips construye una historia de aventuras espaciales que mezcla luchas por el trono, traiciones, combates con espadas y personajes que parecen haber estudiado diplomacia en una academia donde el examen final consiste en sobrevivir a una emboscada. El escenario funciona y la premisa permite jugar con la personalidad de Jennifer, obligándola a buscar soluciones que no dependan exclusivamente de la fuerza. Porque ser capaz de arrancar una puerta de sus goznes está muy bien, pero sirve de poco cuando necesitas convencer a media población de que no se mate por ocupar una silla especialmente cara.

La guionista conoce al personaje y sabe moverse por el universo de Sakaar. También introduce elementos relacionados con el pasado de Hulka y del propio planeta, buscando conectar esta aventura con la historia previa de ambos. El problema es que no todas las ideas tienen el mismo peso. Algunas aportan contexto y abren posibilidades interesantes; otras parecen incorporadas porque alguien pensó que una referencia más siempre queda estupenda en una página de cómic. Hay apariciones que se sienten gratuitas, como si Phillips hubiese revisado la lista de personajes disponibles y decidido que no podía marcharse sin sacar a pasear a alguno de ellos. Aun con esas irregularidades, los primeros números tienen suficiente ritmo para mantener el interés. La historia avanza entre conspiraciones y enfrentamientos, y Jennifer dispone de un conflicto propio que va más allá de repetir las hazañas de su primo con otro peinado. No estamos ante una simple fotocopia de Planeta Hulk con el nombre cambiado en la portada, aunque la sombra de aquella historia sea inevitable. Sakaar es un escenario demasiado asociado a Bruce Banner como para que la comparación no aparezca, pero Phillips intenta darle a Jennifer espacio para demostrar que puede protagonizar una aventura de estas características sin convertirse en una versión femenina de su familiar.
Luego pasamos al dibujo, donde la cosa presenta luces y alguna sombra. Aaron Kuder firma las páginas más llamativas del volumen. Su trabajo tiene personalidad, energía y una puesta en escena que se adapta muy bien a las dimensiones de Sakaar. Los cuerpos poseen volumen, las expresiones transmiten fuerza y los enfrentamientos están resueltos con una espectacularidad que ayuda a vender la escala de la aventura. Kuder entiende que un planeta de estas características necesita transmitir peligro, movimiento y cierta sensación de que cualquier discusión puede terminar con alguien atravesando una pared. Y cumple con bastante solvencia. Emilio Laiso se encarga de otros números y ofrece un resultado correcto, aunque menos consistente. El cambio de dibujante no destruye la lectura, pero sí se nota que Kuder maneja mejor algunos aspectos de todo el desarrollo de la historia.

Panini Comics publica el material en uno de sus habituales tomos recopilatorios, con los seis números estadounidenses, portadas alternativas y un artículo realizado por David Aliaga. Todo eso convierte «Planeta Hulka» es una aventura entretenida, con una protagonista que merece más oportunidades, un escenario atractivo y un Aaron Kuder que ofrece motivos suficientes para detenerse en sus páginas. Stephanie Phillips construye una historia con ideas aprovechables, pero el desarrollo irregular y, sobre todo, el cierre precipitado impiden que termine de despegar. No es un desastre, ni mucho menos, pero tampoco el acontecimiento cósmico que Marvel podría habernos vendido con tres portadas variantes, cuatro anuncios y una entrevista en la que alguien asegurase que cambiaría para siempre el destino de Jennifer Walters.
Al final es recomendable para los seguidores de Hulka, para quienes disfruten de las aventuras en Sakaar y para los completistas que no pueden dejar una miniserie sin comprar, aunque sepan perfectamente que la editorial estadounidense ya le ha puesto la esquela. Los demás pueden acercarse sin demasiadas expectativas y encontrarán una lectura apañada, con buenos momentos y un final que demuestra que, en el universo Marvel, ni siquiera ser una gigante verde te salva de que te cancelen el trabajo a medio hacer. Jennifer prometió mantener la paz en Sakaar. Lo que nadie le explicó es que la guerra más difícil de evitar sería la que se libra entre las buenas ideas y las decisiones editoriales. Y esa, por desgracia, ni siquiera ella puede ganarla a puñetazos.
