Los miserables: adaptando con maestría un clásico

Adaptar «Los miserables» en 128 páginas es una de esas ideas que hacen que Víctor Hugo se revuelva en su tumba, Javert solicite una orden de detención y Jean Valjean vuelva a robar un pan por pura desesperación. Porque una cosa es resumir una novela y otra pretender que uno de los grandes monumentos de la literatura universal cabe en un tebeo sin que por el camino se queden tirados unos cuantos personajes, varias reflexiones sociales y media Francia del siglo XIX. Chaiko acepta el desafío y sale bastante bien parado, aunque el resultado deje la sensación de haber visitado París con un guía turístico que, por falta de tiempo, te enseña la catedral, te señala la Torre Eiffel y te mete en el autobús antes de que puedas preguntar dónde está el baño. Víctor Hugo habría necesitado unas cuantas páginas más para explicarte por qué.

Publicada en 1862, la obra de Víctor Hugo es mucho más que la historia de un expresidiario perseguido por un policía con problemas para pasar página. Es un retrato demoledor de la pobreza, la desigualdad, la injusticia y la hipocresía de una sociedad que presume de moralidad mientras se dedica a machacar a quienes han tenido la desgracia de nacer en el lado equivocado de la fortuna. Un mundo encantador, vaya, donde robar un trozo de pan puede condenarte a años de presidio, pero explotar al prójimo con traje y corbata parece una respetable actividad empresarial. En semejante panorama aparece Jean Valjean, un hombre que intenta reconstruir su vida después de cumplir condena por robar pan para alimentar a su gente. Tras salir de prisión, descubre que la sociedad tiene una memoria extraordinaria para los pecados ajenos y una amnesia bastante conveniente para sus propias miserias. Nadie quiere darle trabajo ni cobijo, porque una vez delincuente, delincuente para siempre. La reinserción social, ese concepto maravilloso que queda estupendamente en los discursos y bastante peor cuando toca practicarlo.

Todo cambia cuando un obispo le ofrece hospitalidad y Valjean responde robándole la cubertería de plata. No es exactamente el comienzo más prometedor para una relación de confianza, pero el religioso decide darle una segunda oportunidad y le entrega también los candelabros. Con semejante gesto, Víctor Hugo pone en marcha una historia de redención que cuestiona hasta qué punto una persona puede cambiar y cuánto contribuye la propia sociedad a fabricar a los monstruos que después señala con el dedo. Chaiko recoge este núcleo moral y lo convierte en el eje de su adaptación. El problema es que una cosa es conservar la esencia de una novela y otra muy distinta conseguir que esa esencia no termine pareciendo un concentrado literario de esos que prometen una experiencia completa con tres gotas y medio vaso de agua. Porque Los miserables no es precisamente una historia que se pueda despachar con cuatro escenas, dos persecuciones y una buena colección de miradas atormentadas. Víctor Hugo construyó una auténtica catedral, llena de personajes, digresiones, reflexiones políticas y sociales, acontecimientos históricos y desvíos que, aunque a veces ponen a prueba la paciencia del lector, forman parte de la personalidad de la obra. Aquí, evidentemente, toca hacer limpieza. Y no una limpieza de primavera, sino una de esas mudanzas en las que terminas descubriendo que has dejado media vida en el contenedor.

La narración se centra especialmente en Valjean, su transformación y los esfuerzos por hacer el bien en un entorno empeñado en recordarle que no merece otra oportunidad. Fantine, Cosette, Marius, Éponine y el incansable Javert también encuentran su espacio, aunque algunos pasen por la historia con la misma discreción que un figurante al fondo de una escena multitudinaria. Hay episodios, personajes y matices que desaparecen o quedan reducidos a su mínima expresión. Quien espere encontrarse aquí con todas las ramificaciones del original tendrá que volver a la novela, porque el cómic no dispone de espacio para invitar a todo el mundo a la fiesta. Y qué decir de Javert, ese inspector de policía que parece haber convertido la persecución de Valjean en su principal afición, su proyecto vital y posiblemente su única actividad recreativa. El hombre no descansa, no duda y apenas parece tener tiempo para tomarse un café. Su obsesión por la ley es tan absoluta que cualquier matiz humano amenaza con provocarle una avería en el sistema operativo. Frente a él, Valjean representa la posibilidad de cambiar; Javert, la incapacidad de aceptar que la realidad puede ser bastante más complicada que un reglamento.

El enfrentamiento entre ambos constituye uno de los pilares de la obra y funciona también en esta versión. Sin embargo, el ritmo acelerado obliga a pasar de un acontecimiento a otro con una rapidez que resta profundidad a determinadas situaciones. Los grandes momentos están ahí, reconocibles para cualquiera que conozca la historia, pero a veces parecen casillas que hay que marcar antes de llegar al desenlace. La sensación es la de asistir a una visita guiada por los monumentos más importantes de una ciudad sin tiempo para detenerse en las calles que los conectan. Y ahí reside una de las principales limitaciones de la adaptación. Resulta difícil encontrar una perspectiva verdaderamente novedosa sobre el material original. Chaiko demuestra respeto por Víctor Hugo y mantiene el sentido de su historia, pero el conjunto se acerca más a una síntesis ilustrada de los acontecimientos fundamentales que a una reinterpretación capaz de descubrir nuevos ángulos de la novela. No es poca cosa trasladar una obra semejante al lenguaje del cómic, aunque tampoco basta con colocar las escenas más conocidas en fila india y confiar en que el prestigio del original haga el resto.

Por suerte, donde la narración recorta, el dibujo ofrece argumentos para seguir pasando páginas. Chaiko construye una atmósfera sobria, melancólica y muy adecuada para una historia en la que la miseria no es un decorado pintoresco, sino una condena cotidiana. Sus personajes tienen rostros expresivos, cargados de cansancio, tristeza, resignación o determinación, y las miradas adquieren una importancia especial a la hora de transmitir emociones que el espacio disponible no siempre permite desarrollar mediante diálogos. La composición de las páginas aprovecha los encuadres y los cambios de plano para dar cierta fluidez cinematográfica a la narración. Los personajes parecen respirar dentro de ese siglo XIX áspero y desigual, mientras el ambiente refuerza la sensación de vivir en una sociedad donde la esperanza es un lujo reservado para quienes consiguen conservarla. No hay necesidad de llenar cada viñeta de detalles para transmitir la dureza de las circunstancias. A veces basta un rostro, una postura o un gesto para entender que la vida lleva años propinándole una paliza a alguien.

El tratamiento cromático acompaña esa intención, con una atmósfera apagada que encaja con la tristeza del relato y permite que determinados contrastes adquieran mayor fuerza. El resultado es atractivo y expresivo, aunque la belleza de las ilustraciones también plantea una pequeña paradoja. Contemplar tanta miseria dibujada con semejante elegancia puede hacer que el sufrimiento resulte hermoso. Una contradicción que no es necesariamente un defecto, pero que recuerda la diferencia entre representar la pobreza y conseguir que el lector sienta todo el peso de las condiciones que la producen. Porque, al final, el verdadero interés de Los miserables no está únicamente en que un hombre intente convertirse en alguien mejor. Está en preguntarse por qué resulta tan difícil hacerlo cuando el mundo se empeña en cerrarle todas las puertas. La novela denuncia una estructura social que castiga a los desfavorecidos, convierte la pobreza en culpa y reserva la compasión para los momentos en los que no cuesta demasiado ejercerla. Un asunto que, por desgracia, no ha perdido vigencia. Hemos cambiado los uniformes, los edificios y algunos discursos, pero seguimos encontrando maneras bastante creativas de juzgar a quienes menos tienen.

La edición de Yermo Ediciones favorece el disfrute de un dibujo que merece contemplarse con calma y permite apreciar mejor la composición de las viñetas y la expresividad de los personajes. Es una presentación apropiada para una obra que necesita espacio, aunque el tamaño generoso del tomo no consiga resolver el problema fundamental: las dimensiones de una novela que se resiste a entrar en una caja tan pequeña. Por muy elegante que sea el envoltorio, las páginas siguen siendo las que son.

Con sus pros y sus contras, el trabajo de Chaiko es una adaptación digna y respetuosa con el espíritu humanista de Victor Hugo, pero también demasiado dependiente de los episodios más reconocibles de una historia que necesitaría bastante más espacio para desplegar todas sus posibilidades. Funciona como puerta de entrada para quienes no conocen la novela y como recordatorio gráfico de sus principales acontecimientos para quienes ya la han leído, aunque difícilmente sustituirá la experiencia de enfrentarse al original. Y es que adaptar «Los miserables» tiene algo de misión imposible. Siempre habrá lectores que echen en falta un personaje, una escena o una reflexión, porque el material original es demasiado vasto para salir indemne de semejante poda. Chaiko salva los muebles, conserva la dignidad y evita que la historia se convierta en un simple catálogo de desgracias. Lo que no consigue es que su versión tenga una personalidad tan poderosa como para justificar plenamente su existencia al margen de la novela. Aun así, queda una conclusión incómoda que sigue funcionando casi dos siglos después: quizá los verdaderos miserables no sean quienes viven en la pobreza, sino quienes encuentran mil excusas para mirar hacia otro lado. Y eso, por muchas páginas que recortemos, sigue siendo una historia que merece la pena contar.

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