En el primer tomo de la «Hechicera Suprema», tenemos los cinco primeros números de la serie estadounidense y eso supone un nuevo paso en la trayectoria de Steve Orlando con Wanda Maximoff. Y, visto lo visto, al guionista le ha dado por hacer algo revolucionario. Tratar a la Bruja Escarlata como un personaje con personalidad, pasado, capacidad de decisión y algo más que una alarma nuclear con problemas familiares. Una idea peligrosísima. Como siga así, cualquier día alguien en Marvel descubrirá que las mujeres pueden protagonizar historias sin tener que perder la cabeza, destruir una ciudad o pedir perdón durante veinte años.

La cosa viene de lejos. Después de Caza Sangrienta, Stephen Extraño acabó cediendo su título y sus artefactos al Doctor Muerte. Porque, claro, si algo necesita el universo Marvel cuando los vampiros campan a sus anchas es darle todavía más poder a un dictador con complejo de superioridad. La posterior aventura de Muerte, Un Mundo Bajo Muerte, terminó como cabía esperar de semejante combinación. El buen doctor volvió a las andadas y la magia se quedó sin jefe. Otra vez. En estas oficinas cósmicas deben de tener un departamento de recursos humanos maravilloso, porque no dan una. Y entonces entra Wanda. El Ojo de Agamotto y la Capa de Levitación la reconocen como su nueva portadora después de que ella los reconstruya tras la debacle. No ha ganado unas elecciones, no ha sobornado a nadie ni ha tenido que posar para una fotografía con los tres Vishanti. Los objetos mágicos la han elegido porque ha respondido cuando necesitaban ayuda. Una lógica bastante sencilla, salvo para quienes llevan siglos convencidos de que el universo funciona según sus estatutos.
Los Vishanti, esos entrañables defensores de la burocracia sobrenatural, consideran que Wanda no es digna del puesto porque no la han elegido ellos. Da igual que tenga poder, experiencia o voluntad de ayudar. Lo importante es que no ha rellenado el formulario adecuado por triplicado. A este paso, para lanzar un hechizo habrá que presentar una instancia, adjuntar el certificado de nacimiento del familiar místico más cercano y esperar seis meses a que un becario del Sanctum Sanctorum selle la solicitud. La premisa tiene bastante mala leche y Orlando sabe aprovecharla. Porque detrás de la disputa por el título hay algo más que una pelea por quién lleva la capa más bonita. Está el rechazo a quien no encaja en las normas, a quien cuestiona las jerarquías y a quien se atreve a hacer las cosas de otra manera. Wanda no es Stephen Extraño con otro peinado. Su magia funciona de forma diferente y su historia tampoco es precisamente intercambiable con la del antiguo cirujano. Pretender que actúe como él sería como contratar a una electricista y enfadarse porque no sabe operar una apendicitis.

Wanda es Wanda: Bruja, madre, maestra y superviviente. Cuatro palabras que suenan muy bien hasta que uno recuerda que la editorial responsable de su existencia ha utilizado su estabilidad emocional como una piñata durante décadas. Cuando no ha sido la amenaza de turno, ha sido la culpable de alguna catástrofe, la mujer que necesita redimirse o la bomba que sus compañeros deben desactivar antes de que vuelva a estallar. Con semejante historial, lo extraño no es que desconfíen de ella. Lo extraño es que todavía le permitan entrar en el edificio sin acompañamiento. Orlando, sin embargo, no pretende borrar el pasado con una goma mágica. La gracia está en que Wanda conoce sus errores, sabe de dónde viene y quiere construir algo distinto. Ya era hora de que pudiera hacer algo más que sufrir las consecuencias de decisiones editoriales que, en ocasiones, parecían tomadas durante una intoxicación por gases del Limbo. Aquí la protagonista tiene un objetivo, una responsabilidad y la oportunidad de demostrar que no necesita convertirse en una santa para merecer una segunda oportunidad.
Eso no significa que le vayan a poner las cosas fáciles. Los Vishanti deciden enviarle problemas, que es la manera elegante de decir que prefieren invertir recursos en sabotear a su sucesora antes que comprobar si el negocio funciona. Entre sus instrumentos de trabajo aparecen Agatha Harkness y Madelyne Pryor, dos mujeres que acumulan suficiente equipaje como para que cualquier compañía aérea les cobre un suplemento. Agatha es la antigua mentora de Wanda, aunque su relación nunca ha sido precisamente un anuncio de una escuela de brujería con familias felices. La encontramos rejuvenecida y metida en una trama de manipulaciones que la convierte en otra pieza del tablero. Orlando conoce la historia que comparten ambas y evita que su enfrentamiento se limite a una competición de hechizos, reproches y miradas de señora decepcionada. Hay pasado, hay resentimiento y hay una pregunta incómoda: ¿qué haces con alguien que te ha hecho daño cuando descubres que también está siendo utilizado? La respuesta de Wanda resulta más interesante que cualquier exhibición de fuegos artificiales. Porque una cosa es tener poder y otra muy distinta saber qué hacer con él.

Pero la verdadera sorpresa está en Madelyne Pryor. La pobre lleva años atrapada en la trituradora de personajes de la franquicia mutante. Clon de Jean Grey, antigua Reina Duende, víctima, villana, madre y todo lo que a algún guionista le haya apetecido colocarle encima en cada etapa. Su identidad parece un contrato de alquiler que la editorial renueva únicamente cuando le interesa. Si algún personaje necesita una pausa y una conversación tranquila, es ella. Aunque, viendo su historial, probablemente la conversación terminaría con una invasión demoníaca y un cambio de continuidad. Wanda entiende ese dolor. Ambas han visto cómo otras personas decidían quiénes debían ser y ambas han perdido demasiado por el camino. El enfrentamiento entre ellas adquiere así una dimensión personal que va más allá de averiguar quién tiene el conjuro más aparatoso. Orlando utiliza los recuerdos de los hijos de Madelyne para tocar una fibra que Wanda conoce demasiado bien. Antes que hechiceras, heroínas o amenazas para la estabilidad de la realidad, son dos madres que han sobrevivido a un universo empeñado en ponerles las cosas difíciles.
En el apartado gráfico, Bernard Chang cumple con solvencia. Su dibujo tiene claridad, buen ritmo y suficiente sentido de la espectacularidad para que los enfrentamientos mágicos no parezcan una pelea entre dos lámparas averiadas. Wanda luce especialmente bien con su nuevo atuendo, integrado en una imagen que recoge sus raíces sin convertirla en una figura disfrazada para una fiesta temática. El diseño funciona y acompaña la evolución del personaje. No todo es perfecto. Algunos rostros jóvenes se parecen demasiado entre sí y, por momentos, parece que Chang haya decidido ahorrar tiempo utilizando una plantilla facial con diferentes colores de pelo. No es el fin del mundo, aunque en un universo con miles de personajes quizá convendría que cada uno tuviera algo más que un cambio de peluquería para distinguirse. Afortunadamente, el dibujante se mueve con comodidad en las escenas sobrenaturales y sabe mantener la acción legible. Ruth Redmond, Erick Arciniega y Rod Fernandes se reparten el color, aportando variedad a los escenarios y ayudando a que la magia tenga presencia sin convertir cada página en una explosión de purpurina radiactiva.

Panini Comics publica este primer tomo en rústica, con 120 páginas y traducción de Uriel López. Tenemos los cinco números iniciales de Sorcerer Supreme, dos textos de Xavi Sanz Serrano y una galería de portadas. Los artículos ayudan a situar al personaje y su trayectoria, algo útil cuando hablamos de Wanda, cuya continuidad editorial podría utilizarse como material de construcción para levantar una pequeña urbanización.
En definitiva, este primer tomito de «Hechicera Suprema» es un arranque muy sólido para una nueva etapa de Wanda Maximoff. Steve Orlando sabe qué personaje tiene entre manos, recupera secundarios con sentido y construye un conflicto que no depende únicamente de poner a la protagonista frente a un enemigo cada vez más grande. Bernard Chang acompaña la propuesta con un dibujo eficaz, espectacular cuando hace falta y suficientemente claro para que el lector no necesite consultar a un especialista en jeroglíficos místicos. Puede que algunos no vean con buenos ojos que Wanda ocupe un puesto tradicionalmente asociado a Stephen Extraño. Pero el título no pertenece por derecho natural a un señor con capa, entradas pronunciadas y consulta médica en Greenwich Village. Wanda ha respondido cuando los artefactos la han necesitado y ahora le toca demostrar qué puede hacer con el cargo.
