Hay películas que uno termina de ver y deja reposar tranquilamente en la memoria, y luego está «El castillo ambulante», esa maravilla de Hayao Miyazaki que consigue que te entren ganas de abandonar tu vida cotidiana, mudarte a una casa con patas y dejar que un demonio del fuego se encargue de la cocina. Si además tienes debilidad por Studio Ghibli, la cosa empeora. Empiezas viendo una película y terminas buscando entrevistas, leyendo teorías y convencido de que hasta el movimiento de una cucharilla tiene un significado filosófico. Para alimentar semejante enfermedad llega «El castillo ambulante: Un corazón es una pesada carga», de Álvaro López Martín, publicado por Diábolo Ediciones y alcanzando ya su cuarta edición. Porque todavía quedamos suficientes personas dispuestas a que nos expliquen una película que nos sabemos de memoria. Y ojo, que no es una queja. Bueno, no del todo.

Álvaro López Martín lleva años dedicado a investigar los entresijos de las producciones de Studio Ghibli, compartiendo sus descubrimientos a través de sus libros y de Generación GHIBLI. El hombre conoce el universo de Miyazaki como quien conoce el pasillo de su casa, aunque sospecho que, si le preguntas por cualquier plano de El castillo ambulante, es capaz de responderte con el nombre del animador, la localización que inspiró el fondo y una anécdota de producción que obligará a tu interlocutor a replantearse sus prioridades vitales. Hay gente que ve películas y gente que necesita investigar hasta el último tornillo del castillo. López Martín pertenece, afortunadamente para nosotros, al segundo grupo.
El libro analiza la película de principio a fin, siguiendo el desarrollo de la historia y deteniéndose en sus personajes, escenas, diálogos, símbolos y pequeños detalles. Se divide en seis capítulos que recorren distintos tramos del largometraje, acompañados de apartados que amplían la información. No estamos ante un ensayo que se limite a explicar por qué Miyazaki es un genio y después dedique doscientas páginas a repetirlo con distintas palabras. Aquí hay documentación, investigación y ganas de mirar la película con lupa. Una lupa enorme, de esas que permiten descubrir hasta el polvo que Sophie podría haber dejado debajo de la cama.

El recorrido por la historia permite detenerse en detalles que durante el visionado pueden pasar inadvertidos. Una frase aparentemente intrascendente, un gesto de los protagonistas, un elemento de la decoración o un cartel colocado en segundo plano adquieren importancia cuando se examinan dentro del conjunto. Esa es una de las virtudes del libro. Recordarnos que una película de animación no consiste únicamente en dibujar personajes bonitos, ponerlos a caminar y confiar en que la música haga el resto. Detrás de cada secuencia hay decisiones narrativas y visuales que construyen un mundo coherente, incluso cuando ese mundo incluye un mago con problemas sentimentales y un castillo diseñado por alguien que perdió una apuesta con un arquitecto.
El análisis de Sophie y Howl constituye uno de los puntos centrales del recorrido. Ella comienza su aventura atrapada en un cuerpo envejecido por una maldición, mientras que él es un hechicero extraordinariamente poderoso que parece incapaz de gestionar sus propias emociones. Una pareja que demuestra que puedes disponer de magia, juventud y una cabellera espectacular, pero que, como no sepas qué hacer con tus sentimientos, acabarás teniendo problemas igualmente. La fantasía tiene sus límites; la terapia sigue siendo una asignatura pendiente en muchos mundos imaginarios. López Martín examina las motivaciones de los personajes, sus reacciones y la evolución de sus relaciones, buscando explicar por qué determinadas escenas funcionan y qué esconden. También aborda cuestiones como el miedo, la identidad, el envejecimiento, el amor y la libertad. Miyazaki tiene la habilidad de plantear asuntos complejos sin obligar a sus personajes a pronunciar discursos solemnes cada cinco minutos. Aquí tenemos al autor del ensayo para ayudarnos a reconocer esos matices y evitar que nuestra interpretación se limite a concluir que Sophie es muy apañada y Howl necesita ordenar su habitación.

El castillo merece una atención especial. No es una vivienda recomendable para quien tenga problemas de movilidad ni un ejemplo de eficiencia energética, pero funciona como una extensión de sus habitantes y como uno de los grandes hallazgos visuales de la película. López Martín analiza su diseño y los procesos técnicos que permitieron darle movimiento, incluyendo el empleo de animación por ordenador. Porque semejante amasijo de hierro, humo y cachivaches necesita algo más que buenos deseos para echar a andar. El apartado dedicado a la producción nos acerca al proceso creativo, desde los diseños de personajes hasta los bocetos y storyboards. También aborda la participación inicial de Mamoru Hosoda en el proyecto y las circunstancias que llevaron a Miyazaki a asumir finalmente la dirección. Son detalles que ayudan a comprender que las películas no nacen completamente formadas de la cabeza de un genio que se despierta una mañana con una idea brillante, sino que atraviesan procesos de desarrollo, cambios y dificultades que rara vez aparecen en pantalla. En el apartado gráfico, Diábolo Ediciones presenta un volumen en cartoné, de unas 260 páginas a todo color, con abundantes fotogramas, fotografías, diseños conceptuales y materiales relacionados con la producción. Las imágenes permiten recordar escenas y apreciar detalles sin tener que interrumpir constantemente la lectura para buscar la película.
Es pues «El castillo ambulante: Un corazón es una pesada carga» una lectura recomendable para quienes disfrutan revisitando la película y quieren descubrir lo que se esconde detrás de sus imágenes. Álvaro López Martín reúne información sobre los personajes, la novela, la música, los escenarios y la producción para enriquecer la experiencia del visionado. Aunque algunos pasajes podrían ser más ágiles y el conjunto no siempre tiene la chispa de otros trabajos del autor, su documentación y claridad convierten el libro en una guía muy completa. Si después de leerlo vuelves a poner la película y descubres detalles que antes te habían pasado inadvertidos, el objetivo está cumplido. Eso sí, si empiezas a buscar casas con patas o sospechas que tu vecino es un mago maldito, la responsabilidad será tuya. El libro solo pretendía enseñarte a mirar mejor. Lo de mudarte a un castillo que parece un desguace con aspiraciones arquitectónicas ya es cosa de cada cual.
