Ser Masacre nunca ha sido precisamente un camino de rosas. Entre balazos, miembros amputados, chistes de dudoso gusto y una capacidad casi sobrenatural para sacar de quicio a cualquiera que comparta página con él, Wade Wilson ha convertido el trastorno mental en una franquicia editorial bastante rentable. Sin embargo, hasta el mercenario bocazas tiene sus días malos. Y cuando alguien que acostumbra a comentar sus propias desgracias como si estuviera protagonizando un monólogo de humor empieza a buscar activamente que le hagan daño, quizá ha llegado el momento de plantearse que algo no marcha bien. O de subirle el precio por hora. Que cada cual gestione sus problemas como pueda.

Panini Comics nos trae el primer tomito de «Wade Wilson: Masacre», que recopila los tres primeros números de la nueva serie estadounidense, Wade Wilson: Deadpool, junto al especial Deadpool: April Pool’s Day. Con Benjamin Percy al guion de la historia principal, Geoff Shaw a los lápices junto a Alex Sinclair entre los responsables del apartado artístico, tenemos un relanzamiento que pretende recuperar al personaje de siempre mientras hurga en sus heridas emocionales. Porque, al parecer, desmembrar enemigos ya no es suficiente. Ahora también toca desmembrar el alma. La industria del cómic ha descubierto la terapia y, como no podía ser de otra manera, la ha convertido en una carnicería.
La premisa nos presenta a un Wade Wilson que sigue aceptando trabajos peligrosos, cobrando por repartir violencia y haciendo gala de esa relación tan particular con el dolor que debería preocupar seriamente a cualquier profesional sanitario. Sin embargo, algo ha cambiado. El protagonista recibe misteriosos mensajes que le permiten anticiparse a catástrofes y salvar vidas, aunque sus motivaciones distan bastante de convertirlo en candidato al premio Nobel de la Paz. Aquí nadie trabaja gratis, y menos alguien que tiene que comprar espadas, munición y productos para quitar manchas de sangre de su uniforme. El problema es que detrás de esta nueva actividad hay algo más oscuro. Wade parece empeñado en ponerse en situaciones cada vez más desesperadas, como si recibir una paliza monumental fuese una forma perfectamente razonable de afrontar sus problemas. Uno podría recomendarle unas vacaciones, una afición tranquila o una conversación sincera con alguien de confianza. Pero estamos hablando de Masacre, así que lo más probable es que termine disparándole al monitor de su terapeuta antes de completar el cuestionario inicial.

Benjamin Percy construye una historia que combina el humor macabro habitual del personaje con una tristeza que va asomando entre las salpicaduras de sangre. Y aquí está uno de los principales aciertos de este arranque. El guionista entiende que Wade no necesita estar haciendo chistes cada tres viñetas para resultar reconocible. De hecho, resulta bastante más interesante cuando uno empieza a sospechar que sus bromas son una manera de evitar conversaciones que no sabe cómo mantener. La trama va dejando pistas sobre un acontecimiento relacionado con Ellie, la hija de Wade, que parece haberlo empujado a este estado de autodestrucción. Percy administra la información con cuentagotas, creando un misterio que funciona como motor de la serie. El inconveniente es que, al terminar este primer tomo, todavía tenemos más preguntas que respuestas. Algo que puede resultar intrigante cuando se maneja con habilidad, aunque también corre el riesgo de convertirse en esa costumbre tan extendida en los cómics actuales de estirar una revelación durante tantos números que, cuando finalmente llega, uno ya ha olvidado qué demonios estaba esperando.
Mientras tanto, Wade se dedica a resolver situaciones cada vez más absurdas. Trenes de metro secuestrados por payasos armados, submarinos llenos de zombis, enjambres de abejas asesinas y toda clase de desastres que parecen diseñados por alguien que perdió una apuesta particularmente estúpida. La serie entiende que el espectáculo forma parte de la identidad del personaje y no escatima en situaciones disparatadas. Hay acción, ritmo y una escalada de barbaridades que convierte la lectura en un entretenimiento bastante eficaz. También hay mala leche. Wade no siempre actúa por altruismo, y sus métodos distan de ser ejemplares. Puede salvar vidas y comportarse como un auténtico miserable en la misma operación, una combinación que le sienta mucho mejor que el papel de héroe convencional con licencia para soltar palabrotas. Su relación con Cabeza de Martillo añade otra capa de violencia a la función, mientras que Al “La Ciega” aporta algunos de los momentos más humanos del conjunto. La convivencia entre ambos sigue siendo una de esas relaciones que funcionan precisamente porque ninguno de los dos necesita fingir que el otro es una persona fácil de soportar.

Pero cuando la cosa despega a lo bestia es cuando vemos el dibujo de Geoff Shaw. Un artista dispuesto a demostrar que dibujar a un hombre al que le hacen cosas espantosas puede ser una forma de arte. Su trabajo resulta especialmente apropiado para una serie que necesita transmitir tanto la brutalidad como el progresivo deterioro emocional de su protagonista. Las escenas de acción son dinámicas, los impactos tienen peso y las heridas poseen una desagradable presencia que invita a mirar hacia otro lado justo cuando uno quiere seguir mirando. Shaw no convierte la violencia en una sucesión de manchas rojas sin sentido. Cada enfrentamiento tiene claridad y una puesta en escena que ayuda a comprender qué está ocurriendo, incluso cuando la situación incluye cadáveres, mutilaciones y decisiones profesionales que harían dimitir a cualquier departamento de recursos humanos. El diseño del traje, con sus arrugas, protecciones y desgaste, aporta además una textura que encaja con esta versión más cruda del personaje. El color de Alex Sinclair refuerza ese tono visceral, con el rojo ocupando un lugar destacado en un relato donde la sangre parece tener contrato de exclusividad. Los contrastes cromáticos ayudan a separar ambientes y a mantener la legibilidad de unas páginas que podrían acabar pareciendo el resultado de una pelea entre una carnicería y una fábrica de pintura. También destacan los recursos gráficos que acompañan los comentarios de Wade y las notas editoriales, pequeños detalles que conservan parte de la locura metanarrativa que siempre ha distinguido al personaje.
Ahora bien, no todo funciona con la misma precisión. El misterio sobre el pasado de Wade avanza despacio y algunas de las situaciones parecen más interesadas en aumentar el contador de cadáveres que en desarrollar una historia especialmente novedosa. La fórmula es reconocible: encargo imposible, violencia desatada, chiste macabro y una nueva pista sobre el trauma que atormenta al protagonista. Funciona, sí, pero tampoco estamos ante una revolución narrativa que vaya a obligar a los historiadores del noveno arte a reorganizar sus bibliotecas. Además, el especial Deadpool: April Pool’s Day realizado por Gail Simone, C. F Villa, Robert Gill, IG Guara y Rachelle Rosenberg incluido al final deja una sensación algo irregular. Después de una historia principal que intenta equilibrar el humor negro con un trasfondo dramático, este añadido parece más preocupado por recuperar el lado gamberro del personaje que por aportar algo imprescindible al conjunto. Tiene su gracia como extra, pero su presencia se siente más como un postre que nadie había pedido que como una pieza necesaria del menú.

La edición de Panini Comics reúne estos materiales en 104 páginas, una extensión que permite disfrutar de una lectura rápida y directa, de esas que entran estupendamente durante un viaje o en una tarde en la que uno no está para enfrentarse a trescientas páginas de metafísica . No es un tomo que exija un máster en continuidad para seguir la trama, aunque algunas referencias al pasado del personaje pueden resultar menos transparentes para quienes lleven tiempo sin leer sus aventuras.
A fin de cuentas, este primer tomo de «Wade Wilson: Masacre» arranca con una propuesta entretenida, sangrienta y suficientemente intrigante como para querer continuar. No reinventa al mercenario bocazas, pero le añade una sombra de tristeza que le sienta bien y evita que todo quede reducido a una sucesión de chistes sobre genitales, miembros amputados y enemigos convertidos en decoración de pared. Wade sigue siendo un desastre con dos espadas, una pistola y una preocupante incapacidad para gestionar sus emociones. La diferencia es que ahora parece saberlo. Y eso, en un personaje que lleva décadas intentando solucionar cualquier inconveniente mediante la violencia y los comentarios impertinentes, ya supone un avance terapéutico considerable. Eso sí, si el siguiente volumen pretende profundizar todavía más en sus traumas, esperemos que alguien le recuerde a Percy que el misterio también necesita avanzar. Porque una cosa es que Masacre esté hecho un guiñapo emocional y otra que el lector termine necesitando una sesión de terapia para recuperarse de tanta intriga dosificada. Por lo demás, sangre, humor negro y un protagonista que necesita ayuda profesional con más urgencia que una franquicia cinematográfica necesitada de otro reinicio. Vamos, Masacre en estado puro, aunque esta vez las carcajadas tengan un regusto bastante más amargo.
