Hay imperios que caen por culpa de las invasiones bárbaras, otros por culpa de sus propios políticos y luego está Roma, que tiene que soportar la humillación diaria de un perro blanco con más mala leche que tamaño. Porque conquistar la Galia ya era complicado, pero mantener el orden en Lutecia cuando Ideafix y su pandilla andan sueltos es una tarea que debería computar como trabajo de alto riesgo. En el noveno tomito de «Ideafix y los irreductibles», publicado por Bruño Editorial, nuestro pequeño héroe vuelve a demostrar que para poner patas arriba un imperio no hacen falta músculos, espadas ni una poción mágica. Basta con tener cuatro patas, un olfato privilegiado y unos amigos cuya capacidad para meterse en problemas supera ampliamente su talento para evitarlos. La resistencia gala sigue viva, aunque ahora tenga pelos, plumas y una preocupante afición por las salchichas.

Este tomito reúne tres aventuras en las que Ideafix y sus compañeros se enfrentan a un perro romano de armas tomar, descubren al artista callejero que está sacándole de quicio al bueno de Labienus y defienden el honor del mejor carro-cantina de Lutecia frente a la competencia. Tres historias, tres conflictos y tres nuevas oportunidades para que los romanos comprueben que su gloriosa maquinaria militar puede conquistar territorios, levantar monumentos y organizar desfiles, pero es incapaz de impedir que un puñado de animales les arruine la jornada. Quizá deberían invertir menos en legionarios y más en adiestramiento canino.
La fórmula que desarrollan Suaëna Airault, Philippe Clerc, Yves Coulon, Olivier Serrano y Sébastien Viaud es la de siempre en un intento de acercase a René Goscinny. Los romanos intentan imponer su autoridad, los irreductibles se niegan a colaborar y el resultado termina con alguien bastante enfadado, varios planes hechos trizas y una cantidad de dignidad imperial desperdigada por el suelo. Lo verdaderamente sorprendente es que el General Labienus siga teniendo empleo. A estas alturas, cualquier empresa privada habría puesto a este hombre de patitas en la calle. Aunque, pensándolo bien, quizá precisamente por eso los romanos necesitan un imperio, para tener suficientes puestos donde colocar a los incompetentes.

El problema es que este tebeo no termina de aprovechar todas las posibilidades de su propia premisa. Las tres aventuras funcionan, entretienen y ofrecen situaciones simpáticas, pero sus argumentos son bastante sencillos y no siempre tienen la chispa necesaria para convertir una lectura agradable en una pequeña fiesta de carcajadas. La serie conoce perfectamente sus mecanismos y los pone en marcha con la eficacia de una legión bien organizada, pero esta vez algunas maniobras parecen ejecutadas con el entusiasmo de un centurión al que le han cambiado las vacaciones por una guardia nocturna. La idea de un perro diminuto que se enfrenta a los abusos de los poderosos tiene muchísimo potencial cómico. Ideafix no puede hablar con los humanos, no dispone de una fuerza extraordinaria y tampoco puede resolverlo todo a mordiscos, por mucho que algún lector considere que esa sería una solución perfectamente razonable. Tiene que recurrir al ingenio, a la colaboración con sus compañeros y a esa capacidad tan perruna para aparecer en el momento más inoportuno para sus enemigos. Ahí reside buena parte de su encanto: el animal más pequeño de la habitación puede convertirse en el mayor quebradero de cabeza de quienes se creen dueños del mundo.
Sin embargo, la sencillez de los argumentos hace que algunas situaciones resulten algo previsibles. No estamos ante un desastre ni mucho menos, pero sí ante un volumen que parece conformarse con cumplir el expediente. Las aventuras avanzan, los personajes hacen lo que se espera de ellos y los romanos vuelven a quedar como una panda de papanatas con casco. Todo correcto, todo reconocible y, por momentos, un poquito rutinario. Es como pedir una ración de jabalí en la aldea de Astérix y recibir otra vez el menú del día: uno se lo come encantado, pero tampoco estaría mal que el cocinero se hubiera venido arriba.

También se echan en falta algunos juegos de palabras más ingeniosos. El universo de Astérix ha convertido los nombres disparatados, las referencias culturales y los dobles sentidos en una de sus señas de identidad. Goscinny sabía que un chiste bien colocado podía hacer más daño que una docena de legionarios cayendo por una escalera. Aquí el humor continúa presente, pero no siempre alcanza esa precisión. Hay situaciones divertidas y personajes que funcionan estupendamente, aunque falta alguna de esas ocurrencias que obligan a detener la lectura para reírse antes de continuar. Eso sí, la pandilla sigue siendo un magnífico surtido de criaturas incapaces de pasar desapercibidas.
En el apartado gráfico, en cambio, hay motivos para mover la cola con entusiasmo. Philippe Fenech realiza un trabajo magnífico reproduciendo el espíritu visual de Albert Uderzo, una tarea que tiene bastante más mérito del que parece. Imitar un estilo tan reconocible sin convertirlo en una caricatura de sí mismo es complicado, especialmente cuando hablamos de personajes que forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Las expresiones, los movimientos, las escenas de acción y el aspecto de los personajes mantienen esa energía que asociamos inmediatamente con el universo de Astérix. Fenech demuestra conocer bien el material y dibuja con soltura, claridad y un sentido del humor que ayuda a compensar las limitaciones de los guiones. Las viñetas son dinámicas, los personajes resultan expresivos y las escenas mantienen el ritmo necesario para que la lectura avance sin tropezar. Incluso cuando una aventura no termina de sorprender por lo que cuenta, el dibujo encuentra pequeños detalles que enriquecen la experiencia. Un gesto, una mirada o la reacción exagerada de un romano pueden aportar más gracia que un párrafo entero dedicado a explicar lo enfadado que está.

Por otro lado, el cómic conserva el encanto de una serie que sabe a qué público se dirige. Es un cómic accesible, ligero y entretenido, ideal para lectores jóvenes que quieran disfrutar de aventuras con animales protagonistas, humor y un poquito de rebelión contra los mandamases. No hace falta conocer todos los álbumes de Astérix para seguir las aventuras, y eso juega a favor del volumen. La historia se entiende por sí misma, los personajes tienen una personalidad reconocible y el conflicto entre romanos y los animales sigue siendo una fuente inagotable de situaciones cómicas. Quizá no sea el tomo más inspirado de la colección, pero tampoco necesita invocar a los dioses para cumplir su cometido.
En definitiva, este tomo de «Ideafix y los irreductibles» es una lectura agradable, con un apartado gráfico sobresaliente y unos guiones que cumplen sin terminar de despeinarse. Hay humor, hay persecuciones y hay romanos recibiendo su merecido, que siempre es una forma estupenda de combatir el aburrimiento. Lo que falta es un poco más de ingenio para que estas tres aventuras dejen una huella mayor. Pero tampoco seamos demasiado exigentes. Al fin y al cabo, estamos hablando de una serie protagonizada por un perro que se enfrenta a uno de los mayores imperios de la historia. Si después de eso todavía necesitamos que todo sea brillante, ingenioso e inolvidable, quizá el problema no lo tenga Ideafix, sino nosotros, que hemos desarrollado expectativas más altas que un legionario subido a una torre de asedio.
