Bruma 2. El Bosque de las Almas Perdidas: encanto para conquistar

Ser una bruja no consiste únicamente en llevar sombrero puntiagudo, agitar una varita y pronunciar palabras incomprensibles mientras esperas que suceda algo espectacular. También exige cierta responsabilidad, un mínimo de sentido común y, sobre todo, saber cuándo conviene quedarse en casa. Bruma, protagonista de esta aventura, todavía tiene pendiente aprobar esas tres asignaturas. Después de derrotar a un dragón, la muchacha está convencida de que el universo mágico debería reconocer sus méritos, aunque quienes la rodean parecen tener una opinión bastante menos entusiasta de sus capacidades. Y así, en lugar de disfrutar tranquilamente de su hazaña, decide meterse en otro lío. Porque la tranquilidad está muy bien, pero ¿qué sería de una buena aventura infantil sin una protagonista incapaz de dejar las cosas como están?

En el segundo tomo, publicado por Astiberri, Carine Hinder y Jérôme Pélissier retoman las andanzas de esta pequeña aspirante a hechicera, que ha descubierto algo bastante interesante: posee el grimorio de Naia, una poderosa bruja que protegió su pueblo y desapareció hace muchos años. ¿Cómo ha terminado semejante libro en sus manos? ¿Por qué lo tenía ella? ¿Qué relación guarda con la misteriosa Naia? Preguntas razonables que invitarían a investigar con calma, consultar a los adultos y recopilar información antes de tomar decisiones potencialmente mortales. Pero estamos hablando de Bruma, así que podemos olvidarnos de cualquier procedimiento que no incluya salir corriendo hacia el peligro con una sonrisa de oreja a oreja.

Nuestra protagonista quiere encontrar a Naia y descubrir los secretos de su propio pasado. Para ello arrastra a su amigo Hugo y a su inseparable cerdito Hubert hasta el Bosque de las Almas Perdidas, un lugar donde, según cuentan las leyendas, quien entra no vuelve a salir. Una excursión estupenda para quienes disfrutan del senderismo, la naturaleza y la posibilidad de convertirse en una estadística sobrenatural. Si alguien propone semejante destino para pasar el fin de semana, lo sensato sería llamar a emergencias. Bruma, en cambio, lo considera una oportunidad magnífica para demostrar sus extraordinarias capacidades mágicas. El problema es que los bosques encantados no suelen disponer de senderos señalizados, puntos de información turística ni simpáticos guardabosques que te indiquen dónde está la salida. En sus profundidades acecha una criatura terrible, la luz del sol no llega y las posibilidades de que todo termine como estaba previsto son aproximadamente las mismas que tiene Hubert de convertirse en el portavoz oficial de la sensatez. Es decir, bastantes más de las que cabría esperar, porque el cerdito vuelve a demostrar que la inteligencia no siempre viene acompañada de pulgares oponibles, ni de la capacidad de hablar para defender sus argumentos.

Uno de los grandes aciertos de esta serie es precisamente Bruma. La niña tiene carácter, iniciativa y una confianza en sí misma que haría palidecer a cualquier gurú de la motivación personal. No necesita que nadie le explique que es extraordinaria: ya se encarga ella de recordárselo al resto del mundo. El pequeño inconveniente es que su seguridad no siempre guarda una relación directa con sus habilidades reales. Bruma puede lanzarse a una situación peligrosísima convencida de tenerlo todo controlado y descubrir, unos segundos después, que quizá habría sido conveniente leer las instrucciones antes de utilizar el grimorio. Esa distancia entre lo que Bruma cree de sí misma y lo que realmente sucede constituye una de las fuentes más divertidas del cómic. La protagonista no es una heroína impecable que resuelve cualquier problema con un hechizo oportuno, sino una niña impulsiva, cabezota y, en ocasiones, bastante insoportable. Dicho con cariño, claro, porque precisamente ahí reside buena parte de su encanto. Sus defectos no son obstáculos que deban eliminarse para convertirla en una protagonista perfecta, sino ingredientes fundamentales de su personalidad. Si Bruma tuviera sentido común, probablemente esta aventura duraría doce páginas y terminaría con una merienda.

Hugo funciona como compañero de viaje y contrapunto de la protagonista. Su relación con ella tiene ese punto de admiración, amistad y desconcierto que surge cuando acompañas a alguien que parece tener una idea brillante cada cinco minutos y descubres que cuatro de ellas implican un riesgo considerable para tu integridad física. A veces da la impresión de que su confianza en Bruma supera ampliamente las pruebas disponibles para justificarla. Pero ¿quién necesita evidencias cuando se dispone de una amiga que habla con la seguridad de una archimaga y la prudencia de una ardilla cruzando una autopista? Y después está Hubert. Ah, Hubert. El cerdito que demuestra que, en algunas expediciones, el auténtico héroe es quien tiene que ir detrás recogiendo los pedazos de los planes ajenos. Su presencia es uno de los mayores atractivos de la obra, tanto por su aspecto adorable como por su papel dentro de la aventura. Mientras Bruma se atribuye méritos y Hugo intenta seguir el ritmo de semejante huracán, Hubert aporta una mirada que convierte muchas situaciones en pequeñas comedias de enredo. El lector puede apreciar detalles y circunstancias que los personajes humanos no terminan de comprender, y ahí surge buena parte de la gracia.

Jérôme Pélissier construye una historia de fantasía que combina misterio, aventura y humor sin necesidad de convertir cada página en una sucesión de chistes. La búsqueda de Naia sirve para ampliar el universo de la serie y añadir nuevas preguntas sobre los orígenes de Bruma. El grimorio deja de ser simplemente un objeto mágico y adquiere importancia dentro de una trama que invita a seguir leyendo para averiguar qué ocurrió realmente y qué lugar ocupa la protagonista en todo este embrollo. El bosque funciona como un escenario ideal para desarrollar esa mezcla de maravilla y peligro. Las leyendas, las zonas oscuras y la presencia de una criatura amenazadora aportan tensión, mientras que las reacciones de los protagonistas impiden que la aventura se vuelva demasiado solemne. Aquí puede haber almas perdidas, misterios ancestrales y amenazas terroríficas, pero también hay espacio para que alguien tome una decisión absurda en el peor momento posible. Y menos mal, porque la fantasía está muy bien, pero una historia que se toma demasiado en serio a sí misma corre el riesgo de acabar pareciendo un manual de instrucciones para convocar demonios.

Por otra parte, si el guion proporciona los ingredientes, el dibujo de Carine Hinder se encarga de servirlos con una presentación magnífica. Su estilo es tierno, expresivo y lleno de encanto, pero no se limita a dibujar personajes bonitos para que los lectores quieran llevárselos a casa. La ilustración contribuye a construir el mundo, a diferenciar los escenarios y a transmitir las emociones de los protagonistas. Bruma tiene una expresividad estupenda, capaz de reflejar tanto su entusiasmo desbordante como esa satisfacción de quien acaba de tener una idea que considera genial, aunque el resto del grupo esté empezando a buscar una salida de emergencia. Los personajes resultan entrañables sin parecer intercambiables, y el diseño de Hubert merece una mención especial. Ese cerdito tiene un talento considerable para robarse la escena sin necesidad de pronunciar grandes discursos. A veces basta una expresión, una postura o su presencia en segundo plano para añadir un matiz cómico a una situación. Es el tipo de personaje que puede conquistar a los lectores incluso cuando no está haciendo nada particularmente extraordinario. Bueno, salvo sobrevivir a los planes de Bruma, que ya es bastante. El color también desempeña un papel fundamental. Las páginas tienen una calidez que invita a detenerse en los detalles y explorar los escenarios, mientras que los ambientes más sombríos del bosque introducen el contraste necesario para que la aventura conserve su misterio. Cada escena posee personalidad y contribuye a que el mundo de Bruma resulte atractivo incluso cuando sus habitantes están a punto de meterse en un problema monumental.

La edición de Astiberri con traducción de Diego de los Santos completa la experiencia con unos extras que prolongan la diversión más allá de la última página. Por un lado, se incluye una propuesta para aprender a dibujar a Hubert, algo que probablemente entusiasmará a quienes quieran reproducir al cerdito en sus cuadernos. Por otro, encontramos instrucciones para trenzar una varita mágica propia. Una actividad estupenda para quienes deseen practicar sus habilidades manuales antes de lanzarse a perseguir criaturas sobrenaturales por el bosque. Eso sí, recomendamos utilizar la varita para jugar y no para intentar resolver discusiones familiares mediante hechizos improvisados.

Al final, este segundo tomo de «Bruma» confirma que esta pequeña aspirante a bruja todavía tiene mucho que ofrecer. Jérôme Pélissier mantiene el equilibrio entre aventura y comedia, mientras que Carine Hinder vuelve a demostrar que puede convertir cada página en una pequeña delicia visual. El resultado es un tebeo divertido, encantador y lleno de personalidad, ideal para lectores infantiles y también para adultos que no necesitan que una historia incluya trescientos cadáveres, una crisis existencial y un protagonista que lleve veinte años sin sonreír para disfrutar de una buena lectura.

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