Issunboshi: un pequeño salvador

En el Japón feudal pasan muchas cosas raras. Hay demonios empeñados en conquistar el mundo, criaturas del folclore que convierten cualquier paseo por el bosque en una actividad de riesgo y armas legendarias capaces de alterar el destino de la humanidad. Y luego está Issunboshi, un aspirante a samurái que mide quince centímetros y al que le ha tocado la desagradable tarea de salvarlo todo. Porque, al parecer, en este universo tampoco había nadie más disponible. Ni un samurái de tamaño convencional, ni un ejército con ganas de trabajar, ni un funcionario celestial que pudiera tramitar una solicitud de sustitución. No. La salvación del planeta depende de un muchacho que cabe perfectamente en un cajón de los cubiertos.

Ryan Lang firma con «Issunboshi» una reinterpretación del cuento popular japonés que combina mitología, aventuras, monstruos y un mensaje tan viejo como las historias de héroes: el tamaño no importa, lo importante es el valor que llevas dentro. Una idea muy bonita, desde luego, aunque conviene aclarar que el protagonista no es precisamente un ejemplo de superación para quienes se sienten insignificantes. Nuestro diminuto samurái resulta ser una pieza fundamental de un arma divina, posee unas capacidades físicas bastante alejadas de lo que cabría esperar de alguien que podría utilizar una aguja como espada y está destinado a enfrentarse a una amenaza apocalíptica. Vamos, que el muchacho no tiene precisamente que empezar desde cero. Algunos nacen con un pan debajo del brazo; otros, con la responsabilidad de impedir que el universo se convierta en una franquicia demoníaca.

La historia arranca con una explicación mitológica de esas que dejan claro que los dioses, cuando se aburren, son capaces de complicar las cosas de manera considerable. La lanza celestial Ame No Nuhoko, utilizada en la creación del mundo, acaba dividida en cuatro partes. Uno de sus fragmentos cae en manos de un Oni, un demonio que decide reunir el resto para reconstruir el arma y conquistar el mundo. Una ambición bastante desproporcionada, aunque tampoco vamos a juzgarlo por tener objetivos profesionales. Hay quien quiere comprarse una casa, quien aspira a ascender en el trabajo y quien prefiere someter a la humanidad a una dictadura sobrenatural. Cada uno gestiona sus frustraciones como puede.

Para detener semejante despropósito aparece Issunboshi, hijo de una pareja que deseaba tener descendencia y recibió como respuesta divina un niño del tamaño de un pulgar. Una solución familiar peculiar, pero bastante más original que acudir a una clínica de fertilidad. El muchacho crece y descubre que, pese a sus dimensiones, tiene fuerza de sobra para realizar tareas que dejarían a más de uno con una contractura lumbar. Sin embargo, también arrastra las inseguridades propias de quien tiene que mirar hacia arriba para hablar con prácticamente todo el mundo. Sus padres intentan convencerlo de que puede llegar a ser alguien importante, aunque resulta que el universo ya ha preparado para él un destino bastante más exigente que aprobar unas oposiciones o independizarse.

El conflicto se pone en marcha cuando Issunboshi es secuestrado por un Tengu (la editorial no, el ser sobrenatural japonés) y termina en un territorio infestado de criaturas monstruosas. Allí encuentra a un grupo de guerreros que combate contra estas amenazas y se prepara para enfrentarse a las fuerzas del Oni. También aparece un mentor que le explica quién es realmente y le ayuda a entrenarse para la batalla definitiva. Todo muy clásico: secuestro, revelación del pasado, entrenamiento, descubrimiento de los propios poderes y enfrentamiento contra el mal absoluto. Si habéis visto alguna película de aventuras, leído algún manga de fantasía o conocido a un protagonista adolescente al que le dicen que es especial, probablemente experimentaréis una intensa sensación de familiaridad. No hace falta consultar los archivos secretos de la mitología japonesa para sospechar cómo funciona esto.

Lang construye una narración directa, sencilla y bastante ágil. Issunboshi no pretende enredarse en giros argumentales imposibles ni convertir cada conversación en una disertación sobre el sentido de la existencia. La aventura avanza con rapidez, presenta sus conflictos y conduce al protagonista hacia un enfrentamiento final que cumple con lo esperado. El problema es que esa misma sencillez termina jugando en su contra. Los personajes cumplen con eficacia su función dentro del relato, pero rara vez superan los límites del papel que les corresponde. Issunboshi es el héroe diminuto que debe aprender a confiar en sí mismo; el mentor, el encargado de transmitirle las lecciones necesarias; y el Oni, el villano que necesita reunir las piezas de su arma porque conquistar el mundo a la antigua usanza parece que ya no está de moda. Hay momentos emotivos y cierta camaradería entre los personajes, pero el desarrollo no siempre dispone del tiempo necesario para que las relaciones adquieran profundidad.

Especialmente apresurada resulta la parte central, donde el entrenamiento y el viaje de aprendizaje de Issunboshi podrían haber tenido mucho más chicha. El protagonista pasa de dudar de sí mismo a aceptar su condición de pieza clave en la salvación del mundo con una velocidad que haría palidecer a cualquier curso intensivo de autoestima. Uno entiende que el tebeo tiene que avanzar, pero quizá habría sido interesante verlo fracasar un poco más, equivocarse de verdad y descubrir sus capacidades sin que el relato le recuerde constantemente que está destinado a grandes cosas.

Aquí aparece la pequeña contradicción de su mensaje. La obra insiste en que cualquiera puede convertirse en héroe, independientemente de su tamaño o condición. Perfecto. Una enseñanza estupenda para afrontar la vida, levantarse después de un tropiezo o atreverse a hacer algo que nos da miedo. El inconveniente es que Issunboshi no es precisamente cualquiera. Es la encarnación de una pieza esencial de un arma divina y cuenta con unas habilidades extraordinarias. Su caso se parece menos al de una persona corriente que supera sus limitaciones y más al de alguien que descubre que, además de ser bajito, tiene un currículum sobrenatural que ya quisieran los Vengadores. La diferencia importa porque la superación personal resulta más convincente cuando el personaje tiene que conquistar aquello que todavía no posee. Si el destino te ha elegido, los dioses te han señalado y encima eres la única persona capaz de derrotar al enemigo, quizá el mérito de convertirse en héroe queda un poco repartido entre tu esfuerzo y la planificación previa del departamento de profecías. Aun así, Lang consigue transmitir cierta calidez en la relación entre Issunboshi y sus padres, cuyo apoyo constituye uno de los aspectos más agradecidos de la historia. Al menos alguien se preocupa por el muchacho sin estar pensando en el destino del universo.

Donde el cómic sí saca músculo sin necesidad de recurrir a ninguna profecía es en el apartado gráfico. Ryan Lang, artista de desarrollo visual y animador que ha trabajado para Disney y DreamWorks, demuestra que conoce perfectamente los mecanismos de la narración visual. Su dibujo tiene una personalidad muy cinematográfica, con diseños expresivos, criaturas de aspecto singular y una puesta en escena que parece concebida para que alguien aparezca algún día con una oferta para convertir el tebeo en una película de animación. El interior está realizado en escala de grises, una elección que funciona especialmente bien para reforzar la sensación de estar leyendo una leyenda antigua. Los personajes se distinguen con facilidad, las expresiones transmiten emociones y los monstruos tienen suficiente presencia como para que uno comprenda por qué los habitantes de este Japón mitológico prefieren no salir de casa después del anochecer. Lang maneja con soltura las escenas de acción y sabe cuándo abrir el encuadre para mostrar la magnitud de un escenario o la amenaza de una criatura. Las páginas completas y las dobles composiciones permiten que el dibujo respire y convierten algunos momentos en auténticas estampas de fantasía.

La galería de criaturas inspiradas en el folclore japonés añade variedad y encanto al conjunto. Tengu, demonios y otras presencias sobrenaturales construyen un mundo en el que lo fantástico forma parte de la vida cotidiana, aunque conviene reconocer que sus habitantes tienen una tolerancia al peligro bastante superior a la media. Si cada bosque puede esconder un monstruo y cada demonio aspira a dominar el planeta, lo extraño es que todavía quede gente dispuesta a salir de excursión. La mitología proporciona así un escenario atractivo para una aventura que, aunque no profundiza demasiado en sus posibilidades, sabe aprovecharlas visualmente.

La edición de Tengu Ediciones, con traducción de Carmen Pérez Gálvez proveniente de la edición de Oni Press, permite acercarse a esta reinterpretación del cuento tradicional japonés, una historia emparentada con los relatos protagonizados por héroes diminutos, como Pulgarcito, pero con una orientación mucho más épica. Lang se aleja de algunos elementos de la versión folclórica original para concentrarse en la lucha contra el Oni y en el origen sobrenatural de su protagonista. El resultado es una aventura de fantasía que conserva el espíritu del relato de crecimiento personal, aunque sustituye parte de su encanto tradicional por una amenaza de proporciones mundiales y una buena colección de combates. Al final, la moraleja es que no importa lo pequeño que seas, sino lo que estés dispuesto a hacer. Un mensaje estupendo que, eso sí, pierde un poco de fuerza cuando descubres que eres el elegido, llevas dentro una pieza de un arma divina y tu principal problema consiste en encontrar una espada que no te sirva de mondadientes. A «Issunboshi» le ha tocado la lotería mitológica; al resto nos queda seguir esperando a que algún dios se acuerde de nosotros y nos conceda, como mínimo, el poder de encontrar las llaves a la primera.

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