Marvel Gold Los Vengadores 11: la etapa de Roger Stern

Los Vengadores han tenido muchas épocas memorables, pero algunas tienen una ventaja considerable sobre otras. A veces basta con meter a un antiguo miembro del grupo en un juicio, sustituir a Iron Man porque Tony Stark vuelve a entregarse al alcohol, presentar a una Capitana Marvel que todavía no sabe muy bien qué demonios está haciendo con sus poderes, traer a un extraterrestre ligón que resulta ser hermano de Thanos y, para rematar la faena, dejar que Spiderman solicite el ingreso porque ha descubierto que ser Vengador tiene nómina.

Eso es una parte de los años ochenta del grupo más poderoso de la Tierra que Panini Comics recupera en el tomo Marvel Gold de Los Vengadores número 11. El comienzo de una de las etapas más celebradas de la colección, la escrita por Roger Stern. Y sí, probablemente sea una de esas ocasiones en las que la fama está bastante justificada. Stern entiende algo que parece sencillo pero que no siempre ha sido evidente en los cómics de superhéroes. Para que un grupo funcione no basta con juntar a una docena de personajes capaces de levantar un edificio. También conviene que tengan personalidad, relaciones entre ellos, problemas personales y, si puede ser, un poco de sentido del humor.

El tomo reúne The Avengers #227-237, el Annual #12, The Amazing Spider-Man Annual #16, Fantastic Four #256, Doctor Strange #60, Hawkeye #1-4 y material de Fantastic Four #257. Casi 500 páginas en las que hay tiempo para juicios, vampiros, Inhumanos, viajes espaciales, organizaciones criminales, nuevos héroes, viejos enemigos y una cantidad de problemas sentimentales y profesionales suficiente como para montar una consulta de psicología en la Mansión de los Vengadores. Y precisamente ahí está una de las grandes virtudes de Stern. No intenta convertir cada aventura en el apocalipsis definitivo número 845. Los conflictos importan porque los personajes importan. Y cuando los personajes están bien construidos, hasta una reunión de equipo puede resultar más entretenida que otra explosión planetaria.

El punto de partida es especialmente interesante. Hank Pym está hundido. Después de los acontecimientos anteriores, Chaqueta Amarilla (el mismo Hank para no nos liemos con los sobrenombres de este señor) se encuentra en prisión y sometido a juicio. Lo fácil habría sido convertir aquello en otro espectáculo con puñetazos y rayos de energía. Stern hace algo bastante más inteligente: se detiene. El pasado de Pym se convierte en materia narrativa y el lector puede contemplar cómo ha llegado aquel hombre hasta semejante desastre. Es uno de esos momentos en los que Marvel recuerda que sus personajes pueden equivocarse de verdad. No estamos ante el habitual héroe perfecto que tiene un mal día porque se le ha roto el escudo. Pym es un personaje lleno de contradicciones, inseguridades y errores, y Stern sabe aprovecharlas. Mientras tanto, la Avispa ocupa el puesto de líder y demuestra que no está allí para decorar la portada. Su papel al frente del grupo es una de las mejores cosas de este arranque. Y alrededor de ella empieza a construirse una alineación que tiene una pinta estupenda. Porque aparece Mónica Rambeau. La nueva Capitana Marvel llega procedente de Nueva Orleans y con unos poderes que le permiten transformarse en distintas formas de energía. Dicho así parece sencillo. En la práctica, tiene que aprender a controlar unas capacidades que apenas comprende. Y aquí vuelve a aparecer una de las obsesiones de Stern: los personajes tienen que evolucionar.

Mónica no aparece completamente formada, soltando una frase ingeniosa y repartiendo mamporros como si llevara veinte años trabajando en la mansión. Tiene que aprender. Tiene dudas. Se equivoca. Y poco a poco empieza a ganarse su sitio. Además, su entrada permite contemplar uno de esos cambios de legado tan interesantes de Marvel. El nombre de Capitana Marvel ya tenía una historia detrás, pero Mónica consigue convertirlo en algo suyo. Y lo hace sin necesidad de borrar lo anterior. Luego tenemos a Zorro Estelar, también conocido como Eros, hermano de Thanos y probablemente una de las personas menos indicadas de toda la galaxia para organizar una fiesta de empresa. Si Thanos es el familiar que llega a la cena de Navidad hablando de exterminar media humanidad, Eros es el que aparece después intentando ligar con todo lo que se mueve y a veces con lo que no se mueve.

La llegada del personaje introduce una dinámica distinta. Es arrogante, divertido, irresponsable y bastante consciente de sus encantos. Una combinación que podría resultar insoportable, pero que Stern utiliza para añadir humor y tensión al grupo. Y entonces Tony Stark decide que tiene otros asuntos de los que preocuparse. El alcoholismo de Iron Man vuelve a cobrar protagonismo y Stark se aparta del equipo. Es otro ejemplo de cómo esta etapa funciona cuando se centra en los problemas personales. El personaje no abandona simplemente porque el guion necesita hacer sitio a otro. Hay una consecuencia dramática detrás. Y mientras unos se marchan, otros llaman a la puerta. Concretamente, Peter Parker.

Spiderman descubre que los Vengadores cobran. Y aquí tenemos uno de esos maravillosos momentos que recuerdan que, pese a todas las amenazas cósmicas, el señor Parker sigue siendo ese muchachito de Queens. Porque una cosa es ser un héroe altruista y otra muy distinta rechazar un sueldo cuando tienes facturas que pagar. La candidatura de Spiderman es una auténtica delicia porque mezcla el humor habitual del personaje con la dinámica interna del grupo. Peter puede enfrentarse a supervillanos capaces de destruir una ciudad, pero también tiene que preocuparse por si puede permitirse seguir siendo un superhéroe. El capitalismo también es un supervillano y, por desgracia, no hay manera de pegarle un puñetazo.

El tomo tampoco se olvida de la acción más tradicional. Los Vengadores se enfrentan a Annihilus junto a Los 4 Fantásticos en una aventura que cuenta además con John Byrne en el apartado creativo. Y cuando Byrne aparece por aquella época, uno sabe que visualmente las cosas van a estar bastante bien. También tenemos una visita a los Inhumanos, la presencia del Doctor Extraño, la Bruja Escarlata y Capitana Marvel enfrentándose a Drácula, el Darkhold haciendo de libro que probablemente nadie debería abrir bajo ningún concepto y un viaje a la Luna. Porque si algo tenían los Vengadores clásicos era una capacidad admirable para convertir una reunión de trabajo en una excursión interplanetaria. Y en medio de todo esto aparece la primera miniserie protagonizada por Ojo de Halcón.

Clint Barton abandona temporalmente el grupo para trabajar en la seguridad de una empresa tecnológica. Allí se cruza con Bobbi Morse (Pájaro Burlón), y la relación entre ambos añade otra capa a una etapa que no deja de incorporar personajes y situaciones nuevas. La historia tiene además ese sabor tan característico de los cómics de los ochenta, cuando una empresa tecnológica podía esconder cualquier cantidad de conspiraciones, criminales y científicos peligrosos. Hoy probablemente habría criptomonedas de por medio junto al tío Elon. En los ochenta bastaba con una instalación secreta.

Por otra parte, si Roger Stern es el gran responsable de que todo esto funcione, el apartado gráfico tampoco se queda precisamente huérfano. Sal Buscema aparece al comienzo (bueno en el segundo número) con su habitual estilo, demostrando una vez más que sabía contar una historia con una claridad que muchos dibujantes podrían estudiar durante años. Al Milgrom se ocupa de buena parte del volumen, acompañado por Joe Sinnott en las tintas, una combinación que da al conjunto ese aspecto clásico de Marvel de la época. Pero el tomo es también un pequeño desfile de autores. John Byrne participa en la historia con los Cuatro Fantásticos; John Romita Jr. dibuja la presentación de Mónica Rambeau con acabados de su padre, John Romita Sr.; Dan Green y Terry Austin aportan un tono más oscuro a las aventuras relacionadas con Drácula; Bob Budiansky, Jackson Guice y otros artistas completan un apartado gráfico variado.

Esto tiene una ventaja y un inconveniente. La ventaja es evidente: hay auténticos nombres históricos pasando por estas páginas. El inconveniente es que visualmente no siempre existe una homogeneidad absoluta. Pero tampoco resulta especialmente problemático. Es parte del encanto de una Marvel que publicaba varias series simultáneamente y necesitaba que sus dibujantes estuvieran haciendo malabarismos para entregar páginas a tiempo. Y aquí merece la pena detenerse en Mark Gruenwald. Gruenwald participa en este volumen como guionista y dibujante en la aventura protagonizada por Ojo de Halcón. Su importancia dentro de Marvel crecería enormemente durante los años siguientes, especialmente en Capitán América. También fue una de las figuras fundamentales detrás de Escuadrón Supremo y una pieza esencial en la organización editorial de Marvel. Bill Mantlo completa el apartado de guionistas con la aventura relacionada con los Inhumanos. Mantlo es otro nombre fundamental de Marvel y uno de esos autores capaces de moverse con soltura entre superhéroes, ciencia ficción y personajes secundarios que terminaban adquiriendo una importancia inesperada.

La edición de Panini Comics se presenta el material en cartoné, con traducción de Gonzalo Quesada, Santiago García y Uriel López. El volumen de 496 páginas recopila una cantidad considerable de material y funciona como una excelente puerta de entrada a la etapa de Roger Stern. Y lo mejor es que esto no parece el típico volumen que vive únicamente de la nostalgia. Se puede leer hoy y descubrir que muchos de los mecanismos narrativos siguen funcionando estupendamente. Al final, este Marvel Gold de Los Vengadores es el comienzo de una etapa que entiende que los superhéroes pueden ser poderosos, dramáticos y épicos sin dejar de ser un poco ridículos. Y quizá esa sea una de las mejores definiciones posibles de Los Vengadores: un grupo de personas con poderes absurdamente desproporcionados intentando mantener una convivencia mínimamente civilizada. Con Roger Stern al mando, al menos durante un tiempo, la cosa funciona. Luego ya veremos cuánto tardan en volver a necesitar terapia.

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