Bryan Talbot debe de tener un problema con las ideas pequeñas. Cuando podría limitarse a contar una historia de detectives con un tipo listo, una lupa y un cadáver oportunamente colocado en una habitación cerrada, decide conquistar Gran Bretaña, cambiar la historia, llenarla de animales antropomórficos, añadir ocupaciones extranjeras, terrorismo, conspiraciones, conflictos sociales, tensiones políticas y, ya puestos, convertir al protagonista en un primo lejano de Sherlock Holmes con plumas. Porque si vas a hacer una novela negra, ¿para qué hacerla sencilla pudiendo complicarla hasta que necesitemos un mapa, un árbol genealógico y probablemente un máster en historia alternativa?

En «El archivo de Stamford Hawksmoor», Talbot recupera el universo de Grandville para retroceder hasta los últimos días de la ocupación francesa de Gran Bretaña y colocar en el centro de la función a Stamford Hawksmoor, un detective halcón que ya conocíamos como mentor de Archie LeBrock. Aquí lo encontramos antes de que Granville sea la Granville que conocemos, cuando el país todavía está intentando quitarse de encima el peso de la ocupación francesa y nadie tiene muy claro qué demonios hacer con la libertad recién estrenada. Un momento estupendo para descubrir que la independencia nacional queda muchísimo menos solemne cuando hay terroristas, colaboracionistas, antiguos revolucionarios reconvertidos en políticos respetables y ciudadanos dispuestos a linchar al vecino porque sospechan que le gusta demasiado Francia.
La trama arranca con una serie de asesinatos aparentemente desconectados. Hawksmoor comienza a tirar del hilo y, como suele suceder en estos casos, descubre que el hilo no era un hilo sino una madeja que alguien ha metido deliberadamente en una trituradora. Las muertes terminan relacionándose con intereses políticos, estructuras de poder y personajes que tienen bastante que perder si nuestro detective sigue haciendo preguntas. Y Hawksmoor pregunta. Vaya si pregunta. También se mete donde no le llaman, desafía a quienes tienen más poder que él y acaba cruzándose con una brigada antiterrorista que parece bastante menos interesada en descubrir la verdad que en conseguir que Hawksmoor deje de tocar las narices.

El problema es que Talbot construye un misterio tan cargado de pistas falsas, conspiraciones, personajes secundarios, referencias históricas y giros que, por momentos, parece que el argumento está compitiendo consigo mismo para ver quién consigue llevarse más cosas por delante. La investigación funciona, sí, pero acaba siendo casi lo menos interesante del álbum. El asesinato es la excusa; lo verdaderamente jugoso está en el mundo que hay alrededor. Y ahí es donde Talbot vuelve a demostrar que sabe perfectamente qué hacer. Su Londres alternativo no es un decorado victoriano con cuatro farolas de gas. Es un mundo construido con sus propias reglas sociales, políticas y biológicas. Aquí los animales no son humanos disfrazados con hocico, plumas o bigotes para que podamos hacer chistes fáciles. Son animales antropomórficos que pertenecen a una sociedad estructurada alrededor de las diferencias entre especies. Una idea bastante incómoda que Talbot utiliza para recordarnos que quizá la civilización no ha evolucionado tanto como nos gusta pensar.
El dibujo es otro de los motivos por los que uno se queda mirando las páginas más tiempo del estrictamente necesario. Talbot lleva décadas demostrando que puede dibujar prácticamente cualquier cosa con una precisión insultante. Los personajes tienen una presencia extraordinaria, los escenarios están repletos de detalles y cada edificio parece haber sido construido por alguien que no conoce el concepto de «poner cuatro líneas y ya está». Hay músculos, ropa, arquitectura, vehículos, interiores, calles, multitudes y una fauna completa diseñada con una coherencia que hace que, después de unas páginas, ver a un oso entrando en un despacho de abogados deje de parecernos la cosa más rara del mundo. El color es algo que me gustaría destacar porque parece que estas pasando fotos antiguas que están contando un relato. Seguro que a muchos no les convencerá, pero para mí es uno de los puntos fuertes del tebeo

Astiberri publica el volumen en una edición que permite disfrutar como toca del trabajo de Talbot, con traducción de Óscar Palmer. Y aunque el álbum puede pecar de cierta tendencia a mirarse demasiado satisfecho en el espejo de sus influencias, resulta difícil negarle el oficio. Talbot conoce el género, conoce la historia del cómic británico y conoce perfectamente la tradición de la novela detectivesca que está parodiando y homenajeando al mismo tiempo. Este tebeo tampoco necesita que hayas leído previamente Grandville. Se puede leer perfectamente como una historia independiente y, de hecho, funciona muy bien como puerta de entrada al universo. Los lectores veteranos encontrarán conexiones y referencias que enriquecen la experiencia, mientras que los recién llegados pueden entrar directamente en este zoológico político sin tener que aprobar antes un examen de acceso.
Quizá el mayor inconveniente de «El archivo de Stamford Hawksmoor» sea precisamente que Talbot parece tener capacidad para hacer algo todavía más grande y, sin embargo, decide quedarse dentro de los límites de Grandville. El universo sigue siendo fascinante, el dibujo continúa siendo espectacular y la mezcla de ciencia ficción, novela negra, sátira política y animalitos con muy malas pulgas continúa funcionando. Pero cuando uno ve todo lo que el autor pone sobre la mesa, espera que en algún momento la historia decida incendiar el mantel. No lo hace del todo. Pero tampoco hace falta. Porque mientras Talbot siga dibujando un Londres alternativo en el que un halcón detective investiga asesinatos políticos mientras el país intenta descubrir qué demonios significa ser libre después de dos siglos de ocupación, todavía hay motivos para sentarse a mirar. Eso sí: conviene hacerlo con paciencia. Hawksmoor tiene que resolver un asesinato, pero el lector tiene que resolver primero quién es quién, qué país es este, qué demonios ha pasado con la historia y por qué todos los animales parecen saber más que nosotros. Lo habitual cuando Bryan Talbot decide ponerse a jugar con sus juguetes.
