Marvel Omnibus La Imposible Patrulla-X volumen 4: la llegada de John Romita Jr.

La Patrulla X llega a este cuarto Omnibus con esa maravillosa costumbre que tiene de cambiarlo todo justo cuando parecía que las cosas empezaban a funcionar. Algo muy propio de los mutantes. Cuando consiguen formar un grupo más o menos estable, alguien se enfada, otro cambia de aspecto, otro desaparece, aparece un enemigo con una vendetta de dimensiones industriales y, para rematar, Kitty Pryde tiene que enfrentarse a los problemas propios de la edad. Todo perfectamente normal si eres un adolescente mutante criado por Chris Claremont.

Este volumen recoge una etapa fundamental de The Uncanny X-Men, concretamente los números 176 al 192 y el Annual 8, además de Kitty Pryde and Wolverine, el encuentro con Alpha Flight y material procedente de Marvel Fanfare y otras publicaciones. Es decir, Panini Comics ha decidido que, si vamos a enfrentarnos a la Patrulla X de mediados de los ochenta, mejor hacerlo con un volumen que pesa lo suficiente como para poder utilizarlo como arma arrojadiza contra cualquier centinela que se presente en casa.

Claremont continúa aquí con su particular experimento sociológico. Coger un grupo de personas con poderes extraordinarios y someterlas a una cantidad de problemas personales que harían parecer unas vacaciones en Benidorm la vida de cualquier civil. La gracia es que los conflictos no dependen únicamente de quién pega más fuerte. Las relaciones, los traumas, las dudas y las decisiones de los personajes tienen tanta importancia como las peleas. De hecho, en ocasiones da la sensación de que los superpoderes son simplemente una excusa para que los protagonistas puedan complicarse todavía más la existencia. Y aquí llegan algunos cambios bastante importantes. Tormenta atraviesa una transformación radical que afecta tanto a su aspecto como a su personalidad y a la manera en que ejerce su liderazgo. Claremont demuestra una vez más que no tiene ningún problema en coger a uno de sus personajes más consolidados, desmontarlo y volver a montarlo de otra manera. Porque mantener las cosas como están es para autores sin imaginación y para equipos que no tienen ganas de hacer sufrir a sus lectores.

Kitty Pryde también adquiere un protagonismo enorme. La adolescente que comenzó entrando y saliendo de las paredes tiene que enfrentarse a responsabilidades cada vez mayores, y su relación con Lobezno desemboca en la miniserie Kitty Pryde and Wolverine, una historia en la que la muchacha recibe una educación acelerada sobre ninjas, honor, violencia y otros conceptos estupendos para completar el desarrollo personal de cualquier joven. Claremont convierte a Kitty en uno de los personajes más interesantes de la etapa y, sobre todo, consigue que su evolución se sienta progresiva. Lobezno, por supuesto, tampoco está precisamente de vacaciones. Su pasado vuelve a aparecer con insistencia y Japón adquiere un protagonismo fundamental. Aquí Claremont sigue construyendo esa versión de Logan que terminaría convirtiéndose en uno de los personajes más reconocibles de Marvel. Un tipo con garras, mal carácter, tendencia a resolver los problemas mediante violencia y una sorprendente capacidad para acumular traumas. En otras palabras, el ciudadano ideal para una convivencia tranquila. También tenemos a Coloso, que atraviesa sus propios problemas mientras la dinámica del grupo continúa cambiando. Y es precisamente esa sensación de transformación constante la que hace que esta etapa siga funcionando tan bien. La Patrulla X no parece un equipo congelado en una fórmula que haya que repetir eternamente. Los personajes evolucionan, se equivocan, se distancian, vuelven a encontrarse y, generalmente, descubren que sus problemas son bastante peores de lo que pensaban.

En el aspecto gráfico, John Romita Jr. entra en escena para hacerse cargo de buena parte del dibujo y su llegada marca un cambio visual importante. Su estilo todavía está evolucionando, pero ya aparecen muchas de las características que acabarían convirtiéndolo en uno de los dibujantes más reconocibles de Marvel. Sus personajes tienen fuerza, las escenas de acción poseen dinamismo y existe una energía muy particular en sus páginas. No busca necesariamente la elegancia clásica de otros artistas de la serie, sino una contundencia que encaja bastante bien con el tono cada vez más físico y urbano de los mutantes. Y hablando de artistas, sería un pecado pasar por alto a Paul Smith. Su etapa quizá no sea tan extensa dentro del conjunto del volumen como para justificar que alguien empiece a tirar confeti por la habitación, pero sí deja páginas magníficas. Smith aporta claridad, elegancia y una expresividad que funciona especialmente bien con unos personajes que ya tienen bastante equipaje emocional. Además, cuando toca dibujar a los mutantes y a Alpha Flight, demuestra que las historias de superhéroes pueden tener acción sin convertirse en una competición para ver quién llena más la página de líneas cinéticas. Pero el gran festín artístico del volumen llega con Barry Windsor-Smith y «Muerte Viva» (“Life Death”). Aquí la cosa cambia. Windsor-Smith ofrece un trabajo extraordinario, con una atmósfera mucho más personal y un trazo que convierte la historia en algo distinto del típico episodio de superhéroes. Es una de esas ocasiones en las que uno puede quedarse mirando las páginas más tiempo del necesario simplemente porque están muy bien dibujadas. Y eso, en un cómic de 800 y pico páginas, tiene bastante mérito. Conseguir que el lector se detenga en lugar de limitarse a pasar páginas como quien atraviesa una cinta transportadora de mutantes. Al que también destacaría es el dibujo de Al Milgrom que se ventila el solito la miniserie de Lobezno y Kitty. Algo destacable ya que es el mismo dibujante durante todos los números algo que actualmente se agradece muchísimo. El resto de autores que participan lo hacen en menor medida, pero siempre tienen que ser reconocidos, donde nos encontramos nombres como Steve Leialoha, Craig Hamilton, Marshall Rogers, Bob Wiacek, Dan Green, Terry Austin, Mike Mignola, Al Goldon o Glynis Wein entre otros.

Lo mejor de esta etapa es precisamente que no se limita a encadenar aventuras. Hay acción, enemigos, viajes, conspiraciones, combates y situaciones imposibles, pero debajo de todo eso existe una evolución constante de los protagonistas. Claremont entiende que el atractivo de la Patrulla X está tanto en saber qué pueden hacer sus personajes como en descubrir qué demonios van a hacer cuando la vida les coloca delante una decisión complicada. Y el autor no tiene demasiados problemas en introducir cambios. Algunos funcionan mejor que otros, naturalmente, porque incluso Claremont tenía derecho a equivocarse de vez en cuando y no existe ser humano capaz de mantener un nivel perfecto durante semejante cantidad de páginas. Pero incluso cuando alguna decisión puede resultar discutible, existe una sensación permanente de movimiento. La colección no está dando vueltas sobre sí misma. Está avanzando. También ayuda que el reparto sea tan potente. Tormenta, Kitty, Lobezno, Coloso y compañía ya no son simplemente un grupo de personajes con disfraces llamativos y poderes convenientes para las peleas. Son protagonistas con pasado, relaciones, conflictos y una capacidad preocupante para convertir una tarde tranquila en una tragedia internacional. Ese es uno de los grandes triunfos de Claremont. Conseguir que nos importe qué ocurre con ellos incluso cuando sabemos perfectamente que, tarde o temprano, alguien va a salvar el día. Porque aquí la cuestión no es solamente si vencerán al enemigo de turno. Lo interesante es saber qué precio pagarán, qué cambiará en el proceso y cuál de ellos necesitará posteriormente unas vacaciones, terapia o ambas cosas.

La edición de Panini Comics, además, apuesta por el formato Omnibus para reunir una cantidad considerable de material en un único volumen. El resultado es un auténtico ladrillo mutante, con 872 páginas con traducción de Santiago García. Además, tenemos los boletines de redacción del momento traducidos por Víctor Rubio y Juanan García que nos dan un contexto más amplio del momento en el que se publicaban estos tebeos. También tenemos multitud de extras como portadas a lápiz, bocetos no utilizados, entrevista a Romita Jr o un texto del avance de Lobezno y Kitty Pryde escrito por Bill Slavisek.  

En conjunto, este cuarto volumen demuestra por qué la etapa de Claremont sigue siendo una referencia fundamental para entender a los X-Men. Aquí están buena parte de las transformaciones que convertirían a sus protagonistas en versiones más complejas, maduras y reconocibles. Tormenta cambia, Kitty crece, Lobezno profundiza en su pasado y el resto del equipo sigue descubriendo que pertenecer a la Patrulla-X es básicamente aceptar un empleo sin convenio colectivo, con jornadas interminables y una tasa de accidentes laborales escandalosa. Y encima dibujado por gente como Romita Jr., Paul Smith y Barry Windsor-Smith. Uno empieza pensando que va a leer unos cuantos cómics de superhéroes y termina asistiendo a una terapia grupal de casi novecientas páginas en la que, de vez en cuando, alguien lanza un rayo, atraviesa una pared o saca las garras. Porque los mutantes podrán salvar el mundo todas las veces que quieran, pero si algo demuestra este Omnibus de la Patrulla X es que lo verdaderamente peligroso siempre ha sido tener una vida personal dentro de un cómic de Chris Claremont.

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