La grapa número 19 de «Conan el Bárbaro» editado por Panini Comics, nos trae el número 28 de la edición estadounidense de Conan the Barbarian, con el que Jim Zub y Fernando Dagnino cierran el arco de la corona conquistadora. El rey Numedides ha terminado de descarrilar mentalmente, Aquilonia se encuentra al borde del desastre y nuestro cimerio favorito pasa de mercenario incómodo a principal problema de la monarquía. Bueno, y a su posible solución. Porque cuando el sistema político se va al garete, siempre queda la opción de contratar a un señor con músculos como jamones y una espada que resuelve las discrepancias con bastante más rapidez que cualquier parlamento.

La premisa, seamos sinceros, no va a provocar que ningún lector veterano se caiga de la silla. Un rey enloquece, el reino se descompone, los nobles empiezan a afilar sus ambiciones y Conan termina enfrentándose al poder establecido. Si llevas un tiempo leyendo aventuras del bárbaro, probablemente hayas visto esta película tantas veces que podrías recitar los diálogos mientras preparas la cena. La historia de Conan ascendiendo al trono de Aquilonia forma parte del ADN del personaje, así que la gran incógnita no consiste tanto en averiguar hacia dónde vamos como en comprobar si el viaje merece la pena cuando conocemos perfectamente el destino. Y aquí es donde Jim Zub demuestra que contar una historia conocida no tiene por qué convertirse en un trámite administrativo. El guionista mantiene el relato en movimiento, alternando el conflicto político con las escaramuzas militares y la progresiva caída de Numedides en la locura. Conan no se dedica simplemente a repartir ostiones hasta que alguien le entrega una corona por agotamiento. También debe tomar decisiones, confiar en sus compañeros y enfrentarse a quienes pretenden aprovechar la crisis para cambiar de amo sin alterar demasiado sus privilegios. Porque los nobles serán muy de la tradición y el honor mientras el negocio funcione; cuando empieza a hundirse el barco, todos descubren una vocación revolucionaria de lo más conveniente.
La diferencia entre Conan y buena parte de quienes aspiran al poder resulta bastante reveladora. Mientras los aspirantes al trono calculan qué pueden sacar de la rebelión, el cimerio conserva una elemental alergia a las intrigas palaciegas. No es que haya descubierto la filosofía política ni que se haya matriculado en ciencias políticas por correspondencia. Simplemente, tiene un sentido de la justicia bastante más directo que el de unos aristócratas acostumbrados a confundir el bienestar del reino con el tamaño de sus propiedades. Por supuesto, eso no significa que la historia invente una nueva manera de entender al personaje. Conan lleva décadas demostrando que puede ser más honorable que muchos hombres civilizados, una circunstancia que debería hacer reflexionar a quienes consideran la barbarie el principal problema de la humanidad. Aunque, visto el historial de nuestros monarcas de ficción, quizá el verdadero peligro no sea vivir sin modales, sino tener demasiado poder y muy poca supervisión.

Si el guion cumple con su cometido, el dibujo de Fernando Dagnino es el auténtico argumento para no abandonar la expedición. El artista consigue que la violencia tenga algo un poco difícil de definir. Los combates transmitan brutalidad y que los personajes parezcan habitantes de un mundo donde las discusiones diplomáticas suelen terminar con alguien perdiendo una cantidad considerable de sangre. Sus figuras poseen fuerza y presencia, y Conan resulta especialmente convincente cuando se mueve entre soldados, enemigos y adversarios que han cometido el error de interpretar su paciencia como una señal de debilidad. Dagnino también sabe desenvolverse en los escenarios palaciegos y en los ambientes más sombríos de la historia. La elegancia de los espacios de poder contrasta con el barro, el acero y la suciedad de los enfrentamientos, recordándonos que detrás de las grandes decisiones políticas suele haber gente corriente encargándose de poner los muertos. Una observación que los responsables de iniciar guerras acostumbran a olvidar con una facilidad admirable. La composición de las páginas contribuye a que la lectura avance con enorme rapidez. Las viñetas amplias y dinámicas, los encuadres y la distribución de la acción favorecen una narración que no necesita detenerse a explicar cada golpe. Dagnino entiende que, cuando Conan entra en combate, el lector no ha pagado para contemplar una reunión de vecinos sobre la convivencia en la comunidad. Hemos venido a ver cómo se rompe el mobiliario, y el dibujante cumple con el encargo. También destaca el trabajo del colorista Diego Rodríguez, que aporta una paleta llamativa y ayuda a distinguir los distintos ambientes del relato. La oscuridad que rodea al monarca contrasta con la energía de los enfrentamientos, mientras los colores contribuyen a reforzar el dramatismo de unas escenas que podrían haberse quedado en una sucesión de figuras blandiendo objetos metálicos. Los tonos no están ahí para decorar por decorar: acompañan el ritmo y ayudan a dar personalidad a las páginas.
La edición española de Panini Comics contiene únicamente Conan the Barbarian #28 USA. Es una entrega individual traducida por Joan Josep Mussarra, que cierra el arco y deja la sensación de haber asistido a un capítulo completo, no a una pausa arbitraria en mitad de una escena. Después de acostumbrarnos a entregas dobles, encontrarnos con una grapa individual puede resultar hasta refrescante para el bolsillo.

En definitiva, este número 19 de «Conan el Bárbaro» es un buen cierre para una historia que no necesita reinventar la rueda, entre otras cosas porque la rueda ya estaba inventada cuando Conan aprendió a utilizar una espada. ¿Es una historia revolucionaria? Ni de lejos. ¿Introduce grandes sorpresas? Tampoco conviene exagerar. ¿Funciona? Sí, y bastante bien. La familiaridad del desenlace limita su capacidad para sorprender, pero el ritmo y la calidad gráfica compensan buena parte de esa previsibilidad. Al final, Aquilonia consigue su nuevo rey y nosotros obtenemos una aventura entretenida que demuestra que la política y la espada comparten más cosas de las que deberían. Ambas suelen acabar en manos de gente convencida de que tiene razón y dispuesta a demostrarlo por la fuerza. La diferencia es que Conan, al menos, no necesita convocar una rueda de prensa para justificar los destrozos. Le basta con envainar la espada, sentarse en el trono y esperar a que el siguiente imbécil confunda la corona con una garantía de cordura.
