Las historias sobre drogas suelen tener un problema: es muy fácil caer en dos extremos. O nos encontramos con la típica historia de descenso a los infiernos, donde cada viñeta parece estar gritándonos que consumir sustancias es malo, o con relatos que se recrean tanto en la experiencia que casi parece que nos estén vendiendo el folleto de una agencia de viajes con destino a la autodestrucción. «0.25 GR», editado por Tengu Ediciones, intenta moverse por un terreno bastante más interesante. Contar una experiencia personal de adicción desde dentro y mostrar cómo algo que puede comenzar como una decisión individual termina convirtiéndose en algo capaz de ocupar absolutamente todo el espacio vital.

Julen Cúneo escribe, dibuja y entinta esta historia, construyendo un relato rápido, directo y sencillo de leer. Y quizá precisamente ahí está una de sus principales virtudes. 0.25 GR no necesita convertir cada página en una tesis doctoral sobre las drogas para explicar algo bastante más complicado: una adicción no consiste simplemente en consumir una sustancia. El problema aparece cuando esa sustancia empieza a organizar tu vida, tus relaciones, tus decisiones y hasta la manera en la que entiendes el mundo.
El punto de partida es contundente. El protagonista comienza a consumir a los dieciséis años y se engancha prácticamente desde el principio. A los dieciocho, las drogas ya han conseguido algo que cualquier gurú empresarial mataría por lograr: convertirse en el centro absoluto de su existencia. Amigos, trabajo, familia, todo queda relegado a un segundo plano. Y aquí aparece una de las cuestiones más interesantes del cómic. La adicción no se presenta únicamente como una cuestión de voluntad. No estamos ante el clásico “si quieres dejarlo, lo dejas”, esa maravillosa frase que suele pronunciar gente que nunca ha tenido que enfrentarse a un problema semejante. La realidad es bastante más incómoda. Una dependencia modifica rutinas, prioridades y relaciones, y puede llegar a hacer que aquello que antes parecía importante deje de competir en igualdad de condiciones con la necesidad de consumir.

Cúneo consigue transmitir esa progresiva pérdida de control sin complicar demasiado la narración. La lectura es ágil y muy directa, pero debajo de esa sencillez aparecen algunas ideas interesantes sobre cómo funciona la adicción y, especialmente, sobre las consecuencias que tiene en el entorno. Porque una de las cosas que conviene recordar cuando hablamos de drogas es que nunca existe solamente “el consumidor”. Hay familiares, parejas, amigos, compañeros de trabajo y otras personas que terminan formando parte del problema, aunque no hayan elegido estar ahí. La adicción puede convertirse en una especie de agujero negro que empieza absorbiendo tiempo y dinero y termina tragándose relaciones, oportunidades y confianza. Y no hace falta demasiado tiempo para que todo aquello que antes constituía una vida normal empiece a girar alrededor del consumo.
Este tebeo resulta interesante precisamente porque plantea esa evolución desde una perspectiva personal. No intenta hablar de “los drogadictos” como si fueran una especie zoológica descubierta recientemente por un grupo de biólogos con bata blanca. Habla de una persona concreta, de su experiencia y de su lucha por recuperar el control de su propia vida. Eso también permite que el cómic tenga un componente educativo sin convertirse en un manual de prevención. El lector puede entender que las adicciones son fenómenos complejos en los que intervienen factores personales, sociales y ambientales. La edad de inicio, el entorno, las relaciones personales y las circunstancias vitales pueden influir de maneras muy diferentes. Y, sobre todo, queda claro que salir de una adicción no consiste simplemente en pulsar un botón que diga “desinstalar”.

La historia tampoco necesita convertir al protagonista en un santo para que comprendamos su situación. Y esto me parece importante. Hablar de adicciones exige asumir que pueden existir decisiones equivocadas, contradicciones y comportamientos que hacen daño a otras personas. Comprender por qué alguien hace algo no significa justificarlo. Son dos cosas bastante diferentes, aunque a veces parezca que hemos olvidado esa pequeña distinción. En ese sentido, el relato puede servir para acercarse al problema desde una perspectiva humana. No hay una intención evidente de presentar una moraleja simplona, sino de mostrar una experiencia y dejar que el lector saque sus propias conclusiones. Y probablemente sea una estrategia más efectiva que llenar las páginas de advertencias.
En cuanto al aspecto gráfico, el dibujo de Julen Cúneo acompaña bien esta intención. Su estilo es directo y funcional, sin necesidad de convertir cada página en una exhibición técnica. Aquí importa especialmente que la narración avance con rapidez y que el lector pueda seguir el recorrido del protagonista sin perderse en artificios. Guion, dibujo y entintado corren a cargo del propio Cúneo, lo que proporciona una visión bastante personal y coherente del conjunto. Y esa sencillez tiene otra consecuencia positiva: hace que el cómic resulte accesible. No estamos ante una obra que exija conocimientos previos ni sobre drogas ni sobre cómic. Tampoco intenta impresionar al lector con una estructura imposible de descifrar. Cuenta una historia, la desarrolla con claridad y plantea algunas cuestiones que pueden dar bastante más conversación de la que aparenta su reducido tamaño.

Porque el verdadero interés del comic está en las preguntas que deja después de la lectura. ¿En qué momento un hábito se convierte en una dependencia? ¿Cuánto tarda una persona en darse cuenta de que ha perdido el control? ¿Qué papel desempeña el entorno? ¿Hasta qué punto las personas cercanas pueden ayudar? ¿Y qué ocurre cuando alguien decide recuperar las riendas de su vida? No todas estas preguntas tienen respuestas sencillas, y quizá sea mejor que el cómic no pretenda proporcionarlas. Las adicciones tampoco funcionan con un manual de instrucciones universal. Lo que sí puede hacer una obra como esta es ayudar a comprender que detrás de la palabra “adicción” hay personas, familias y vidas concretas. Además, la perspectiva autobiográfica o confesional aporta algo que difícilmente puede conseguir un texto puramente divulgativo. La sensación de estar escuchando a alguien contar lo que le ocurrió. No se trata de una estadística ni de una campaña institucional. Es una experiencia personal transformada en historieta. Y ahí está probablemente el mayor mérito de Julen Cúneo. Conseguir que una historia sencilla de leer no sea necesariamente sencilla en lo que cuenta.
«0.25 GR» no es un cómic perfecto ni pretende serlo. El propio protagonista reconoce que esta es su historia, con sus imperfecciones y contradicciones. Pero precisamente por eso funciona como testimonio. No intenta hablar desde una supuesta superioridad moral, sino desde la experiencia de alguien que cayó en una adicción y tuvo que enfrentarse a las consecuencias. Por eso que Tengu Ediciones apueste aquí por una obra que puede resultar especialmente interesante para lectores jóvenes es interesante. No sustituye, evidentemente, a la información médica o profesional sobre las adicciones, pero sí puede funcionar como una puerta de entrada para hablar del tema. Y quizá esa sea la mejor manera de entender este cómic. No como una colección de lecciones, sino como una historia que abre una conversación. Porque a veces para comprender un problema no basta con que alguien te diga que algo puede salir mal. Es mucho más útil que alguien te cuente cómo fue descubrirlo cuando ya estaba metido hasta el cuello. Y sí, el título habla de gramos. Pero aquí lo importante no es cuánto pesa una sustancia, sino cuánto puede llegar a pesar en una vida.
