En el segundo numero de la «Patrulla X Unida», Eve L. Ewing continúa desarrollando su propuesta alrededor de la escuela mutante manejada por Emma Frost. El número anterior terminó con un incendio y este arranca resolviendo las consecuencias del numerito. Hasta aquí, todo razonable. El problema es que Eve Ewing dedica alrededor de seis páginas a gestionar el asunto, entre explicaciones, enfrentamientos y discusiones sobre lo sucedido. Seis páginas. En una grapa de 24. Un cuarto del cómic dedicado a apagar un fuego antes de que la historia empiece a arder de verdad. Si alguien esperaba una continuación trepidante, puede aprovechar ese tiempo para preparar la cena, sacar la basura o llamar al seguro de hogar. Para cuando regrese, probablemente los personajes seguirán discutiendo sobre quién tenía razón.

El principal responsable del ambiente enrarecido es Cíclope, que está bastante preocupado por los riesgos de Graymatter. Y, para ser justos, no le falta razón. Scott Summers sabe perfectamente que reunir a tantos mutantes en un lugar potencialmente peligroso es una pésima idea. Lo sorprendente es que, en vez de comportarse como el líder experimentado que se supone que es, decida afrontar el problema con una actitud que recuerda más a la de un adolescente enfadado porque sus padres le han confiscado la consola. Una cosa es desconfiar de Emma y otra montar un espectáculo para demostrar que tienes razón. Cíclope parece empeñado en sabotear la situación para probar que la situación puede sabotearse. Una estrategia de una brillantez comparable a romper una ventana para demostrar que la casa no es segura. Y lo peor es que el personaje tiene argumentos suficientes para defender su postura sin necesidad de comportarse como si acabara de descubrir que los adultos también pueden equivocarse. Esa es una de las grandes debilidades del número: el conflicto entre Scott y Emma parece construido a martillazos. La relación entre ambos tiene un pasado suficientemente rico como para generar tensiones interesantes sin necesidad de forzar sus reacciones. Han compartido demasiadas experiencias, decisiones difíciles y situaciones límite para que sus conversaciones se reduzcan a un intercambio de reproches que, por momentos, parece sacado de una pareja que lleva tres semanas discutiendo por quién dejó abierto el bote de mayonesa.
Emma, por su parte, conserva buena parte de su inteligencia y su capacidad para manipular las circunstancias a su favor. Es una mujer acostumbrada a jugar varias partidas simultáneamente y a sonreír mientras los demás todavía están buscando las reglas. Sin embargo, la confrontación con Scott no siempre tiene la profundidad que necesita. En lugar de transmitir la complejidad de dos personas que se conocen demasiado bien, la discusión parece responder a una necesidad bastante más prosaica. Alguien ha decidido que hay que mantener el drama sentimental en funcionamiento porque, al parecer, los mutantes no tienen suficientes problemas con los que lidiar.

La trama da un pequeño giro cuando aparece el Capitán América. Steve Rogers acude a Emma para solicitar ayuda en una misión relacionada con supersoldados con los que quiere contactar y reparar errores del pasado. Emma acepta colaborar, aunque resulta evidente que tiene sus propios intereses. Porque si hay algo que debemos tener claro es que la Reina Blanca no mueve un dedo sin calcular antes cuántas ventajas puede sacar del asunto. La incorporación de Steve aporta una dimensión diferente al relato. Su búsqueda de reconciliación permite abordar cuestiones sobre la responsabilidad y las consecuencias de las decisiones históricas, además de ampliar el alcance de la serie más allá de los conflictos internos de Graymatter. La idea es interesante y encaja con la tradición de los X-Men de utilizar las historias superheroicas para hablar de problemas sociales y políticos. El inconveniente es que la transición resulta algo brusca. Venimos de una discusión sobre la seguridad de una escuela y, de repente, estamos preparando una operación con el Capitán América. Es como empezar una película sobre una comunidad de vecinos y descubrir a mitad del metraje que el protagonista se ha apuntado a una misión espacial.
En el apartado gráfico, Tiago Palma ofrece un trabajo irregular que no siempre está a la altura de las posibilidades del guion. Algunas escenas funcionan, la Bestia sale bastante bien parada y el nuevo villano posee un diseño que despierta interés. Sin embargo, la acción carece a menudo de energía y determinadas expresiones faciales parecen dibujadas con la misma ilusión con la que uno rellena la declaración de la renta. Hay viñetas que cumplen su cometido, pero pocas consiguen elevar el dramatismo de una historia que ya tiene dificultades para mantener el ritmo. La composición de página tampoco ayuda demasiado. Los movimientos resultan algo rígidos y las transiciones entre viñetas no siempre transmiten la fluidez necesaria. El color de Brian Reber contribuye a dar coherencia al conjunto y no desentone con el numero anterior.

En definitiva, el segundo número editado por Panini Comics de la «Patrulla X Unida» es un cómic con buenas ideas al que le vendría bien una poda y una reunión con su propio departamento de recursos humanos. No es una catástrofe absoluta, aunque resulta irónico que una historia sobre una escuela dirigida por Emma tenga tantos problemas para ordenar sus propias ideas. La premisa promete, los personajes podrían dar mucho juego y el final deja algunas incógnitas que invitan a continuar. Ahora solo falta que el siguiente número haga algo más que colocar piezas sobre el tablero y anunciar que la partida empezará próximamente. Porque, a este ritmo, los mutantes no necesitarán que los derrote un villano. Bastará con convocar otra reunión, dejar que Cíclope proteste durante seis páginas y esperar a que el apocalipsis se aburra, se marche a otra colección y les deje una nota en recepción.
