«La Odisea» tiene una ventaja sobre muchas historias de aventuras actuales. Homero no necesitó esperar a que aparecieran los superhéroes para llenar su historia de monstruos, dioses con problemas de autocontrol, hechiceras, naufragios, criaturas marinas y héroes metidos en líos hasta las orejas. Todo eso ya estaba inventado hace muchísimo tiempo. Y lo mejor es que sigue funcionando. Porque si hay algo que demuestra esta historia es que los buenos viajes tienen la mala costumbre de complicarse justo cuando uno piensa que ya está llegando a casa.

Después de luchar en la guerra de Troya, Odiseo (Ulises en su versión latina) solo quiere regresar a Ítaca con su familia. Parece un objetivo bastante razonable. Después de años de guerra, cualquiera tendría ganas de darse una ducha, comer algo caliente y dormir en su propia cama. El problema es que Ulises no ha contado con los dioses griegos. Y cuando los dioses griegos aparecen en una historia, lo normal es que alguien termine convertido en animal, perdido en una isla o intentando no ser devorado por un monstruo. Así comienza una de las aventuras más famosas de la literatura universal, un viaje que terminará siendo mucho más largo y complicado de lo que nuestro protagonista podía imaginar. Esta adaptación de Odisea acerca esta historia a un público joven mediante una narración ágil, un lenguaje claro y una lectura mucho más accesible que la que podría esperar alguien que se acerca por primera vez a un clásico de semejante tamaño histórico. Porque enfrentarse a Homero directamente puede imponer un poquito. Estamos hablando de una obra que lleva siglos dando trabajo a profesores, estudiantes, traductores, especialistas en mitología incluso a Christopher Nolan. Aquí, en cambio, la intención es otra. El joven lector pueda entrar en esta historia adaptada por Coralia Pose e ilustrada por Laia Ganyet consiguiendo disfrutar las aventuras y descubrir por qué Ulises sigue siendo uno de los grandes personajes de la literatura. Y aventuras no faltan precisamente.
Ulises comienza su viaje de regreso a Ítaca y pronto descubre que el Mediterráneo de la mitología griega no es precisamente un lugar recomendado para unas vacaciones familiares. En sus aguas y sus islas hay peligros por todas partes. Uno de los más conocidos es el cíclope Polifemo, un gigante con un solo ojo que demuestra que tener un tamaño considerable no significa necesariamente tener la mejor capacidad para resolver problemas. Ulises tendrá que recurrir a su inteligencia para enfrentarse a él, demostrando que en una aventura no siempre gana quien tiene la espada más grande. Esta es una de las características más interesantes del personaje. Ulises no es únicamente un guerrero. Su principal arma es su inteligencia. Sabe engañar, improvisar, buscar soluciones y aprovechar las circunstancias. También se equivoca, toma decisiones cuestionables y en ocasiones parece empeñado en complicarse la vida él solito. Vamos, que resulta bastante más humano que esos héroes perfectos que nunca meten la pata y que parecen levantarse cada mañana con la capa perfectamente planchada.

Luego están las sirenas. Si algún lector joven piensa que escuchar música mientras navega puede ser una actividad tranquila, la Odisea tiene una pequeña advertencia para él. Las sirenas utilizan sus voces para atraer a los marineros y conducirlos hacia la perdición. Ulises quiere escuchar su canto, pero también sabe que hacerlo sin tomar precauciones sería una idea bastante mala. Así que prepara una estrategia para poder oírlas sin terminar convertido en alimento para los peces. Una demostración perfecta de que algunas veces la inteligencia consiste simplemente en reconocer que algo es peligrosísimo y buscar una forma de hacerlo sin morir en el intento. Y si las sirenas no fueran suficiente, aparecen también las hechiceras, los monstruos marinos, las tempestades y toda una colección de situaciones en las que uno podría pensar que el pobre Ulises tiene algún tipo de maldición inmobiliaria: cada vez que encuentra un sitio donde descansar, algo intenta echarlo de allí.
Los dioses tampoco ayudan demasiado. Aunque algunos se muestran favorables al héroe, otros tienen sus propios intereses y rencores. Poseidón, en particular, no está precisamente encantado con Ulises y se encarga de ponerle unas cuantas piedras en el camino. Y cuando el dios del mar decide que tu viaje debería ser un poquito más difícil, probablemente no sea buena idea discutir con él. Lo divertido es que esta mezcla de mitología, aventuras y criaturas fantásticas sigue resultando sorprendentemente moderna. Muchas historias actuales utilizan elementos que ya estaban presentes en la Odisea: el viaje del héroe, las pruebas que debe superar, los enemigos cada vez más peligrosos, los aliados inesperados, los lugares misteriosos y ese momento en el que parece que todo va a salir fatal. La diferencia es que aquí no tenemos un superhéroe con traje tecnológico ni un grupo de adolescentes con poderes. Tenemos a un señor griego intentando volver a casa mientras el universo entero parece empeñado en retrasarle el viaje.

Pero la Odisea no es solamente una sucesión de monstruos y aventuras. Uno de sus grandes atractivos está precisamente en lo que ocurre mientras Ulises está lejos de Ítaca. En casa le esperan Penélope y Telémaco. Penélope lleva años esperando el regreso de su marido y tiene que enfrentarse a los pretendientes que quieren ocupar el lugar de Ulises. Y no parece que ninguno tenga demasiada prisa por marcharse. Son los clásicos invitados que llegan a casa, se comen todo lo que encuentran y después preguntan cuándo es la cena. Penélope, sin embargo, no es un personaje que se limite a esperar sentada. Utiliza su inteligencia para enfrentarse a la situación y gana tiempo mientras busca una solución. Su presencia resulta especialmente importante porque demuestra que el viaje de la Odisea no es únicamente el viaje de Ulises. También hay una historia de resistencia y paciencia en Ítaca. Telémaco, por su parte, vive su propio proceso de crecimiento. Cuando comienza la historia todavía es joven, pero las circunstancias le obligan a tomar decisiones, buscar respuestas y descubrir quién es realmente su padre. Su viaje se convierte así en una especie de aventura paralela, una historia de aprendizaje que puede resultar especialmente cercana para los lectores jóvenes. Y ahí aparece otra de las virtudes de esta adaptación. Detrás de los monstruos y los dioses hay personajes que sienten miedo, tristeza, esperanza, orgullo, rabia y ganas de volver a casa. Ulises puede ser un héroe, pero también es una persona que echa de menos a su familia y que quiere recuperar una vida que quedó atrás cuando comenzó la guerra de Troya.
Las ilustraciones de Laia Ganyet son otro de los grandes atractivos de esta adaptación, porque ayudan a que el mundo descrito resulte mucho más cercano para los lectores jóvenes. Los cíclopes, las sirenas, los dioses, los cerdos, los barcos y las criaturas que aparecen durante el viaje dejan de ser simples nombres de un texto antiguo y adquieren una presencia visual que permite imaginar mejor cada aventura. Especialmente en una historia con tantos escenarios fantásticos, las imágenes funcionan como una estupenda compañera de viaje. Aportan dinamismo, ayudan a mantener el ritmo de lectura y hacen que el libro resulte más atractivo para quienes todavía están descubriendo los clásicos. Además, tienen ese punto de fantasía necesario para que Ítaca, Troya o las islas por las que pasa Ulises parezcan lugares extraordinarios, sin perder de vista que estamos ante una historia pensada para lectores jóvenes. Porque una cosa es que te cuenten que Ulises se ha encontrado con un cíclope y otra muy distinta es abrir la página y encontrarte cara a cara con el bicho. Ahí ya empieza la aventura de verdad.

Editada por Anaya en su sección de infantil y juvenil, esta adaptación apuesta precisamente por eliminar algunas de las barreras que pueden separar a los pequeños lectores de una obra tan antigua. El lenguaje claro y los trazos del dibujo permiten que la historia avance con facilidad, mientras que la aventura sirve como hilo conductor para introducir poco a poco los temas de la obra original. Así, el lector puede disfrutar primero de la historia y descubrir después todo lo que hay detrás de ella. Y quizá ese sea el mayor éxito de este libro: no tratar al lector joven como si necesitara una versión descafeinada de Homero. La historia conserva sus grandes ingredientes, pero los presenta de una manera que permite entrar en ella sin necesidad de ser un experto en literatura clásica. Porque Ulises puede llevar miles de años navegando por el Mediterráneo, pero sigue teniendo un problema muy actual: quiere llegar a casa y todo le sale mal. Eso, curiosamente, es algo que cualquier lector puede entender.
«La Odisea» es, en definitiva, una aventura clásica con todos los ingredientes necesarios para enganchar a los lectores pequeños o mayores. Tiene monstruos, héroes, magia, dioses, peligros, inteligencia, humor involuntario y una familia esperando el regreso de alguien que parece haberse tomado demasiado en serio aquello de “voy por tabaco y vuelvo enseguida”. Una estupenda manera de descubrir que los clásicos no son dinosaurios literarios condenados a vivir en las estanterías de los colegios. Algunos siguen teniendo dientes. Y los de esta historia, además, suelen ser de cíclope.
