El Castigador 1: montando un puzle

Frank Castle ha vuelto a las calles de Nueva York, para tranquilidad de los ciudadanos honrados y desgracia de los delincuentes, que bastante tienen ya con sobrevivir a los precios de la comida, los alquileres y las decisiones de sus respectivos jefes como para encontrarse además con un señor armado hasta los dientes que considera que el sistema judicial es una pérdida de tiempo. «El Castigador» regresa con nueva serie, nuevo equipo creativo y un cerebro que parece haber pasado por un taller mecánico especialmente incompetente. Porque sí, Frank sigue repartiendo plomo, pero ahora tiene problemas para recordar qué demonios le está pasando. Una circunstancia que, en cualquier otro trabajo, justificaría una baja médica. En el suyo, basta con meter el siguiente cargador y continuar con la jornada.

Benjamin Percy se encarga de los guiones de este nuevo volumen, que recoge las consecuencias de lo sucedido anteriormente con La Mano y La Bestia. Después de aquella peculiar excursión por el inframundo, Frank vuelve a su hábitat natural: los callejones mugrientos, los criminales con demasiadas ambiciones y las situaciones que suelen terminar con una factura considerable para el departamento de limpieza. Eso sí, el regreso no viene acompañado de un manual de instrucciones particularmente detallado. El personaje arrastra secuelas físicas y mentales, tiene lagunas en la memoria y necesita averiguar qué le ocurre. Vamos, que ha vuelto a trabajar antes de recibir el alta médica, algo bastante habitual en los cómics y todavía más en una profesión en la que el uniforme consiste en una camiseta negra y un chaleco lleno de munición.

La premisa tiene su gracia porque Percy no presenta a Castle como una máquina perfectamente engrasada, sino como una maquinaria de guerra que empieza a dar señales de avería. Frank continúa persiguiendo delincuentes por puro instinto, pero algo no funciona como debería. Su habitual determinación permanece ahí, aunque ahora parece que alguien ha desconectado una parte del cuadro de mandos. No es exactamente el mejor momento para quedarse sin memoria, especialmente cuando tu agenda está llena de gente que quiere matarte y tú acostumbras a resolver los conflictos sin recurrir a mediadores, abogados ni reuniones de conciliación. Y mientras nuestro protagonista intenta descubrir qué demonios sucede dentro de su cabeza, aparece Puzzle, uno de esos viejos conocidos que regresan al universo Marvel con la misma puntualidad que una inspección de Hacienda. El villano tiene sus propios planes para hacerse con el control del mundo criminal neoyorquino y, de paso, convertir la vida de Frank en un auténtico infierno. Porque si algo necesita un hombre con problemas neurológicos es que un psicópata con el rostro convertido en una tortilla deconstruida decida dedicarle atención personalizada. Hay amistades que conviene conservar y otras que deberían haberse quedado enterradas bajo varias toneladas de hormigón.

La recuperación de Puzzle como amenaza permite a Percy jugar con algo más que el tradicional desfile de delincuentes que terminan decorando el pavimento. El villano pretende desmontar a Castle pieza a pieza, atacando tanto su cuerpo como su mente y utilizando a otras personas para complicarle todavía más la existencia. La rivalidad entre ambos proporciona el hilo conductor de estos tres primeros números, mientras se van colocando las piezas de una trama criminal que promete tener más recorrido. También hay movimientos en las altas esferas del hampa, con personajes como Lápida y Kingpin orbitando alrededor de una ciudad donde parece que nadie puede abrir un negocio sin que aparezca alguien dispuesto a quedarse con él a base de amenazas y cadáveres.

La historia funciona especialmente bien cuando deja que Frank se mueva por las calles y haga aquello para lo que fue creado: perseguir a los peores elementos de la sociedad con una eficiencia que haría llorar de envidia a cualquier comisión parlamentaria dedicada a reformar la justicia. Percy entiende que El Castigador no necesita enfrentarse cada cinco páginas a una amenaza capaz de destruir el multiverso. A veces basta con un puñado de criminales, una ciudad podrida y un hombre que ha decidido que las segundas oportunidades están sobrevaloradas. La escala callejera le sienta bien al personaje y permite que la violencia tenga una presencia constante sin necesidad de convertir cada episodio en una competición para ver quién consigue hacer explotar el edificio más grande. Porque violencia hay para dar y regalar. Aquí nadie parece demasiado interesado en resolver los problemas hablando, y las conversaciones suelen tener una duración inversamente proporcional al número de armas que aparecen en escena. Percy no se anda con demasiadas contemplaciones a la hora de mostrar las consecuencias de los métodos de Frank, aunque tampoco estamos ante una exploración revolucionaria de la naturaleza humana. El Castigador mata criminales, los criminales intentan matar al Castigador y, entre medias, alguien descubre que meterse con un veterano de guerra armado hasta las cejas quizá no sea la decisión más inteligente de su carrera delictiva.

Algo que llama poderosamente la atención es el apartado gráfico. José Luís Soares Pinto se encarga del dibujo, acompañado por las tintas de Oren Junior con Jonas Trindade y el color de Frank D’Armata, y entre los tres construyen una Nueva York que parece necesitar una desinfección integral. Las calles son oscuras, los ambientes resultan opresivos y los rincones de la ciudad parecen diseñados para que cualquier persona sensata acelere el paso y evite establecer contacto visual con los desconocidos. Es el escenario ideal para Frank, que probablemente consideraría una ciudad limpia, luminosa y con vecinos amables una especie de distopía insoportable.

La edición de Panini Comics recopila los tres primeros números de The Punisher Vol. 15 en un tomito en rústica de 80 páginas con traducción de Gonzalo Quesada y rotulación de Marina Ariza. Un formato ligero que permite leer de una sentada esta primera parte, aunque también deja esa sensación tan habitual de haber terminado justo cuando la historia empieza a enseñar sus cartas. Quienes hayan leído El Castigador: Red Band encontrarán aquí una continuación directa, con consecuencias de aquella historia y varios elementos que cobran mayor sentido con los antecedentes frescos. Para el resto, Percy proporciona suficiente información para seguir el argumento sin necesidad de organizar una oposición a la cronología editorial de Marvel. Ya es bastante complicado recordar qué personajes están vivos, muertos, resucitados o viviendo una experiencia espiritual en otra dimensión como para exigir un máster previo antes de empezar una nueva colección.

Este primer tomito recupera a un Frank Castle que sigue siendo reconocible, aunque ahora tenga que enfrentarse a un problema bastante más complicado que una banda de traficantes: su propia cabeza. Puedo decir sin ningún temor que este inicio del Castigador me acaba de enganchar de mala manera, no cambiará la historia del personaje ni nada de eso, pero es muy entretenido. Es un arranque sólido, violento y con una atmósfera estupenda, que entiende bastante bien qué clase de historia quiere contar. Ahora queda comprobar si Percy consigue que el conflicto mental de Frank evolucione hacia algo más interesante que una excusa para retrasar la siguiente sesión de tiro, y si Puzzle está a la altura de sus propias atrocidades. Por el momento, «El Castigador» ha vuelto, Nueva York sigue siendo un estercolero y los delincuentes tienen motivos para empezar a plantearse un cambio de profesión. Frank, por su parte, necesita respuestas, pero sería conveniente que alguien le explicara dónde las guarda antes de que termine volándole la cabeza al único que puede proporcionárselas. Y si encima recuerda quién demonios es cuando llegue el siguiente número, mejor que mejor.

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