Hulk lleva unos cuantos tomos intentando demostrar que debajo de una montaña de músculos, mala leche y pantalones milagrosamente resistentes hay un personaje con algo que decir. Y, contra todo pronóstico, parece que empieza a conseguirlo. No es que Bruce Banner haya encontrado la paz interior, ni que Hulk haya descubierto el yoga, ni que nadie haya pensado todavía en regalarle unos pantalones que duren más de cinco minutos. Pero en la novena Biblioteca Marvel El Increíble Hulk se empieza a notar que la colección está dejando atrás esa sensación de estar permanentemente corriendo en círculos mientras alguien grita “¡Hulk aplasta!”. Panini Comics recupera aquí los números The Incredible Hulk #118-123, con Stan Lee y Roy Thomas alternándose en el guion y Herb Trimpe ocupándose de que nuestro gigante verde tenga cada vez menos aspecto de armario enfadado y más de icono del cómic.

La primera parte del tomo pertenece todavía al Stan Lee de los últimos tiempos, ese que ya parecía escribir algunas historias con una mano mientras con la otra comprobaba si quedaba café. Hulk se enfrenta a Namor, porque aparentemente el universo Marvel de aquellos años consideraba perfectamente normal que dos tipos cabreadísimos con problemas de comunicación resolvieran cualquier discrepancia a base de lanzarse edificios. Después llega Maximus y sus Inhumanos renegados, en una historia que intenta meter algo de tensión pero que no llega más allá.
Entonces aparece Roy Thomas y la cosa empieza a cambiar. Y eso se nota. Su Hulk mira hacia atrás, rescata monstruos, cómics anteriores a Marvel y toda esa mitología que Thomas llevaba en la cabeza como quien lleva una biblioteca clandestina dentro del cráneo. De ahí surge Glob, un monstruo pantanoso que parece haber salido de una charca después de una noche particularmente complicada y que tiene detrás una inspiración evidente en otros relatos. Glob no tuvo precisamente la carrera fulgurante. De hecho, comparado con otros monstruos del pantano, su trayectoria editorial se parece más a la de ese grupo de música que tuvo un temazo en 1978 y desde entonces vive de las reposiciones. Pero aquí Thomas consigue darle algo más que una función de saco de boxeo. Glob representa otra criatura incomprendida, y la gracia está en que esta vez Hulk puede contemplarse en el espejo.

Thomas tampoco podía resistirse demasiado tiempo a una de las tradiciones fundamentales de Marvel: poner a sus personajes a darse de leches entre ellos. Así que Los 4 Fantásticos terminan cruzándose con el gigante verde y, por supuesto, la conversación diplomática dura aproximadamente lo que tarda Hulk en levantar un coche. Es una de esas peleas que forman parte del ADN de Marvel y que Thomas maneja con una familiaridad absoluta. Si tienes un personaje como el gigante verde, tarde o temprano alguien tiene que intentar detenerlo. Si tienes a Los 4 Fantásticos, tarde o temprano alguien tiene que comprobar cuánto tardan en cabrearse. Y si tienes a ambos en la misma viñeta, ya puedes ir apartando los muebles. El sobrino de la tía Petunia y el gigante esmeralda comenzaron una relación de amor/odio que no llega a nuestros días y que lo más seguro veamos alguna vez en gran pantalla.
Pero si Roy Thomas empieza a poner orden en el guion, Herb Trimpe está haciendo algo todavía más importante con el dibujo. Su lápiz y su trazo se identificó con la gran masa verde de músculos para mucha gente. En este tomo empieza a hacerse cargo también del entintado y su estilo va adquiriendo una personalidad mucho más definida. Al principio todavía parece estar buscando su camino, pero poco a poco deja atrás ciertas influencias más evidentes y encuentra una forma de representar al gigante verde que encaja como un guante con lo que necesita la serie. Trimpe convierte a Hulk en una criatura enorme, brutal y expresiva, pero también tremendamente dinámica. Sus cuerpos parecen diseñados para ocupar tres viñetas a la vez y sus caras tienen la delicadeza de una excavadora. Todo resulta exagerado, pero precisamente ahí está la gracia. Hulk no necesita parecer un culturista posando para una revista. Necesita parecer alguien que podría arrancar una farola y utilizarla para llamar a la puerta del vecino. Y Trimpe entiende perfectamente el negocio.

Eso es precisamente lo curioso de este tomo. Sobre el papel estamos ante seis números más de una colección que, durante mucho tiempo, consistió en enviar a Hulk a algún sitio, hacer que alguien intentara detenerlo, conseguir que Hulk se enfadara, destrozar unas cuantas cosas y mandarlo al siguiente destino. Una especie de turismo internacional para tipos que no necesitan maleta porque llevan los pantalones siempre puestos. Sin embargo, aquí empieza a percibirse algo diferente. Stan Lee se marcha definitivamente y Roy Thomas toma el relevo. Herb Trimpe termina de encontrar su estilo. Banner y Hulk empiezan a adquirir una relación más interesante. Se prepara la historia de la cura. Los 4 Fantásticos reciben su correspondiente ración de mamporros. Y, de repente, aquello que parecía otra colección de transición empieza a tener dirección. No es que Hulk haya dejado de dar tumbos. Eso sería pedirle demasiado a un personaje cuyo principal medio de transporte consiste en saltar a kilómetros de distancia. Pero por primera vez parece que alguien ha decidido ponerles un destino a esos saltos. Y teniendo en cuenta cómo suelen acabar los viajes del Increible Hulk, probablemente sea buena idea no preguntar todavía dónde piensa aterrizar.
