Encarna Viva: morirse puede esperar

Si alguien ha visto Drácula de Francis Ford Coppola y después se mete en un pueblo asturiano donde unas ancianas hablan de vampiros con absoluta naturalidad, lo mínimo que puede hacer es empezar a sospechar. Porque «Encarna Viva», de Javi de Castro, tiene algo de aquella fascinación por los vampiros de Bram Stoker, pero pasada por el filtro de la España rural, las leyendas de pueblo y unas señoras que han decidido que eso de envejecer tranquilamente en casa está sobrevalorado. Y si además añadimos una investigación llena de secretos, entrevistas, sospechas y personajes de los que uno nunca termina de fiarse, por momentos parece que estemos viendo un capítulo de “Lo que hacemos en las sombras”, solo que aquí las sombras hablan con acento astur y probablemente sepan preparar unas croquetas estupendas.

La historia comienza con Julio, un escritor en crisis que llega a un pueblo asturiano para investigar una antigua leyenda de vampiros. Su intención es escribir un ensayo sobre cómo los sucesos reales terminan convirtiéndose en mitos. Una idea bastante razonable para alguien que necesita desesperadamente encontrar un tema con el que volver a ser relevante. El problema es que, mientras realiza sus entrevistas, se encuentra con Encarna junto al cadáver de una mujer que acaba de morir. Y Encarna le explica, con una tranquilidad que debería preocupar bastante más a Julio, que estaba intentando convertirla en vampira. Cualquier persona sensata habría dado media vuelta, habría cogido el coche y estaría ya en otra provincia. Julio, en cambio, decide quedarse. Al fin y al cabo, quizá haya encontrado la historia que llevaba buscando. Porque si eres escritor y te encuentras con una posible vampira en un pueblo perdido de Asturias, aparentemente tienes dos opciones: salir corriendo o escribir sobre ello. Y Julio escoge la tercera, que consiste en meterse todavía más en el problema.

A partir de ahí, Javi de Castro construye una investigación que juega continuamente con la duda. ¿Encarna está trastornada? ¿Existe realmente una comunidad de vampiras? ¿Las historias que cuentan las mujeres del pueblo son simples leyendas? ¿O hay algo detrás de todo aquello? La gracia está en que el lector queda atrapado en la misma posición que Julio: escuchar, sospechar, intentar unir las piezas y preguntarse quién está contando la verdad y quién está aprovechando la ocasión para contar una versión particularmente imaginativa de su vida.

Ahí es donde aparece ese aire de serie de televisión. Hay una especie de investigación detectivesca en la que cada conversación puede aportar una pista y cada personaje parece tener su propia explicación de lo ocurrido. Nada termina de ser exactamente lo que parece y el misterio se va construyendo con pequeñas revelaciones, recuerdos y testimonios. No hace falta tener una conspiración mundial para generar sospechas. A veces basta con juntar a unas cuantas ancianas en un pueblo asturiano y preguntarles por los vampiros. Y lo mejor es que estas posibles vampiras no responden demasiado al modelo clásico. Aquí no tenemos al aristócrata transilvano de mirada hipnótica, capa espectacular y problemas graves con el ajo. Las protagonistas son mujeres que, después de enviudar, empezaron a vivir de otra manera. Se dedicaron tiempo, hicieron cosas nuevas, disfrutaron de una libertad que quizá antes no habían tenido y decidieron aprovechar los años que les quedaban. Y entonces aparece la posibilidad de que, puestos a no aceptar tranquilamente que la vida se termina, quizá convertirse en vampira sea una solución perfectamente razonable.

Es una idea bastante divertida y también bastante más profunda de lo que parece. Porque este tebeo utiliza el vampirismo para hablar de algo muy humano: el tiempo. De cómo lo gastamos, de cuánto dejamos de hacer por las obligaciones, las expectativas sociales o simplemente porque creemos que ya tendremos ocasión más adelante. Hasta que llega ese pequeño detalle conocido como la muerte y recuerda que el calendario no negocia.

Las mujeres del pueblo han pasado buena parte de su vida cumpliendo con lo que se esperaba de ellas. Y ahora, cuando ya no tienen que cuidar de maridos, hijos o de nadie más, descubren que quizá pueden empezar a vivir para ellas mismas. La inmortalidad vampírica aparece entonces casi como una exageración lógica de esa idea. Si por fin has aprendido a disfrutar de la vida, ¿por qué demonios ibas a querer morirte? En ese sentido, la historia tiene un punto muy diferente al vampiro tradicional. Coppola utilizaba el mito de Drácula para hablar del deseo, la pasión, la muerte y la obsesión. De Castro recoge parte de ese imaginario, pero lo lleva a un terreno mucho más cotidiano. Aquí el terror puede aparecer en una conversación entre dos señoras, en una casa perdida o en una historia que alguien cuenta mientras parece que no está contando absolutamente nada importante. Aquí el vampiro se lleva un cortado después pasar por el bar del pueblo. Y eso funciona porque el autor no necesita convertir Asturias en Transilvania. El paisaje ya tiene su propia personalidad y el contraste entre lo cotidiano y lo sobrenatural resulta mucho más efectivo precisamente porque ambos mundos conviven sin demasiados aspavientos. Una carretera, una casa, una entrevista, una mujer contando su pasado y, de pronto, la posibilidad de que alguien lleve décadas alimentándose de sangre. Lo normal, vamos.

El dibujo de Javi de Castro acompaña perfectamente esa mezcla. Su trazo moverse entre el costumbrismo y el misterio sin que ninguno de los dos elementos parezca estar fuera de lugar. El bitono refuerza esa atmósfera ligeramente inquietante y permite jugar con las sombras, los contrastes y los momentos en los que la historia empieza a ponerse más turbia. No necesita llenar las páginas de sangre para recordarnos que aquí hay algo que no termina de cuadrar. Es ese tipo de cómic en el que al principio estás pensando que vas a leer una historia de vampiros y poco después estás examinando mentalmente a cada personaje para decidir quién te parece sospechoso. En otras palabras: exactamente lo que debería conseguir una buena historia de misterio.

Julio y Rocío van avanzando en la investigación mientras intentan descubrir qué se esconde detrás de las historias de aquellas mujeres. Y cuanto más investigan, más evidente resulta que el verdadero interés de la historia no está únicamente en descubrir si existen los vampiros. También está en descubrir qué hay detrás de las personas que han construido esas leyendas y por qué necesitan creer en ellas. Porque las leyendas no aparecen de la nada. Alguien tiene que empezar a contarlas, alguien tiene que modificarlas y alguien tiene que encontrar algo suficientemente extraño como para que el resto del pueblo pueda pasarse los siguientes cincuenta años exagerándolo. De Castro juega precisamente con ese proceso: realidad, rumor, mito y ficción se van mezclando hasta que resulta complicado separar una cosa de la otra. Y mientras tanto, Julio intenta sacar provecho literario de todo aquello. Lo cual tiene bastante gracia, porque quizá el escritor que quería demostrar cómo las leyendas nacen de hechos reales acaba encontrándose con un caso en el que la leyenda podría ser completamente cierta. Un pequeño inconveniente profesional. Como descubrir que tu novela de fantasía estaba basada en hechos reales y que algunos de los protagonistas quieren hablar contigo.

Este comic también aprovecha para lanzar alguna pulla a las editoriales chupasangres, a la España vaciada, al revisionismo histórico y a esa curiosa tendencia que tenemos a convertir cualquier misterio en producto cultural si conseguimos imprimirlo con una buena portada. Pero nunca deja que estos temas se coman la historia. El misterio sigue siendo el motor y el humor ayuda a que la lectura avance con ligereza.

Astiberri presenta el cómic con una edición que encaja perfectamente con la propuesta visual de Javi de Castro(simplemente observar la portada y la contraportada que son maravillosas). El resultado es una historia que puede leerse como relato de vampiros, misterio rural, comedia negra o reflexión sobre el paso del tiempo. Y probablemente funcione mejor cuando uno no intenta decidir exactamente qué es. Porque ahí está la gracia de Encarna Viva. Comienza como la investigación de un escritor que busca una buena historia y termina convirtiéndose en una historia sobre personas que han decidido que quizá ya han perdido demasiado tiempo haciendo lo que se esperaba de ellas. Los vampiros son solamente la excusa. O quizá no. Y esa duda es precisamente la que mantiene el juego.

Al final, Javi de Castro vuelve a demostrar que sabe sacar bastante partido de los escenarios rurales y de esas pequeñas comunidades donde la normalidad puede esconder cosas mucho más interesantes de lo que parece. Así que sí, «Encarna Viva» es una historia de vampiros. Y posiblemente uno de los tebeos del año. Pero también es una historia sobre mujeres que deciden que ya han obedecido bastante, sobre un escritor dispuesto a arriesgar el pellejo por conseguir un buen tema y sobre la peculiar capacidad humana para convertir cualquier cosa en leyenda. Incluso la jubilación. Aunque, visto lo visto, quizá la verdadera moraleja sea mucho más sencilla: si una anciana asturiana te invita a entrar en su casa y empieza a hablarte de inmortalidad, escucha atentamente. Y, por si acaso, procura limpiarte el cuello por si las moscas.

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