Biblioteca Marvel El Asombroso Spiderman 17: la noche del merodeador

Entrar en los años setenta con Spiderman supone descubrir que, después de dieciséis tomos de desgracias, mamporros, romances complicados y una colección de villanos con una preocupante afición por los disfraces ridículos, Peter Parker todavía conserva intacta su capacidad para complicarse la vida. Ahora en esta Biblioteca Marvel del «Asombroso Spiderman 17» que recopila The Amazing Spider-Man 77-82 nos encontramos a Stan Lee, John Buscema, John Romita y Jim Mooney en un momento en el que la fórmula del personaje está tan bien engrasada que ya no necesita sacar una amenaza de debajo de una piedra cada cinco páginas. A veces basta con que Peter tenga celos de Gwen, meta la pata con Tía May o se cruce con un chaval con problemas. Y, por supuesto, siempre queda tiempo para pegarse con un individuo vestido como un puñetero loco. Porque los setenta empezaban fuerte.

La gran virtud de estos episodios es precisamente esa mezcla entre héroes y la vida cotidiana. Spiderman puede estar saltando entre edificios mientras intenta detener al Lagarto o enfrentándose a Electro, pero cuando se quita la máscara las preocupaciones siguen siendo bastante más reconocibles. Relaciones sentimentales que se complican, familiares que se llevan disgustos, secretos que mantener y esa sensación permanente de que Peter Parker sería capaz de convertir una visita a la panadería en una crisis existencial de tres actos. Stan Lee entiende perfectamente que el interés de Spiderman no está únicamente en quién puede levantar más toneladas, sino en ver cómo demonios consigue su protagonista sobrevivir a otra semana sin acabar completamente desquiciado. Y aquí aparece el Merodeador, Hobbie Brown, uno de esos personajes que demuestran que no hace falta tener una mutación genética, ser hijo de una deidad o haber sido alcanzado por una descarga de energía experimental para meterse en un buen lío. Es un chaval sin superpoderes que se fabrica sus propios cacharros para trepar por las paredes y lanzar cargas de gas. Es decir, un adolescente con problemas de autoestima y acceso a herramientas. Una combinación que cualquier padre responsable intentaría evitar a toda costa. Sin embargo, Lee consigue que detrás del disfraz haya una historia bastante más humana, y que Peter encuentre en él algo que reconoce demasiado bien: sentirse fuera de lugar y buscar una manera de demostrar que uno vale para algo.

El encuentro entre ambos funciona porque Spiderman no se limita a repartir leches. También sabe mirar debajo de la máscara. Y esa capacidad para empatizar con personajes que, en principio, deberían ser simplemente otro obstáculo que superar, es una de las razones por las que Peter Parker sigue funcionando tantos años después. El héroe puede salvar el día, sí, pero también puede comprender al tipo que tiene delante. Algo que parece sencillo hasta que recordamos que en el género superheroico todavía había una preocupante tendencia a solucionar los problemas mediante puñetazos. Por supuesto, no todo el mundo que aparece aquí merece semejante profundidad. El Canguro entra en escena demostrando que alguien, en algún momento, tuvo la brillante idea de convertir las capacidades de un marsupial en una amenaza criminal. El resultado es exactamente tan absurdo como parece. También regresan el Camaleón y Electro, mientras el Lagarto y la Antorcha Humana participan en uno de esos enfrentamientos que convierten Manhattan en el equivalente de una comunidad de vecinos durante una reunión especialmente desagradable.

Sin embargo, estos villanos funcionan porque Lee no deja que se coman la serie. Son el combustible para poner en marcha la historia, no necesariamente su destino. El verdadero conflicto continúa estando en la vida de Peter. Los celos con Gwen, la preocupación por Tía May, el miedo a que alguien descubra su identidad y la interminable colección de problemas que arrastra consigo hacen que cada aventura tenga dos combates: uno contra el villano de turno y otro contra la existencia cotidiana. Y, sinceramente, viendo lo que le ocurre a Peter, empieza a resultar bastante comprensible que prefiera enfrentarse a Electro.

Buena parte de que todo esto funcione tan bien está en el dibujo. John Buscema se encarga de casi todo el volumen y demuestra por qué su nombre es sinónimo de espectáculo. Su Spiderman se mueve con una naturalidad extraordinaria. Las poses, los saltos, las persecuciones y las peleas tienen una fluidez que hace que incluso una simple pelea contra un tipo disfrazado parezca una escena coreografiada para una superproducción. Hay dinamismo, pero nunca da la impresión de que las figuras estén colocadas porque sí. Buscema sabe dónde tiene que estar cada cuerpo y cómo conducir la mirada de una viñeta a otra. Además, su capacidad para representar a Peter Parker fuera del traje es igual de importante. Las expresiones, los gestos y las situaciones cotidianas ayudan a que el personaje respire. Porque Spiderman no es solamente ese tipo que cuelga de una farola haciendo bromas mientras reparte tortas. Es Peter, y Peter tiene una extraordinaria facilidad para estar preocupado incluso cuando objetivamente todo parece ir bien. Que probablemente no sea nunca. John Romita se ocupa del último número y mantiene el nivel, mientras Jim Mooney continúa con las tintas, formando junto a Lee y Buscema un equipo que hace que estas páginas tengan una solidez considerable. Es uno de esos casos en los que la veteranía se nota.

La edición de Panini Comics ofrece estos seis números en un tomo de 156 páginas a color, en rústica con solapas con traducciones de Santiago García, Víctor Rubio y Juanan Cruz. Como es habitual en la Biblioteca Marvel, los extras añaden interés al conjunto con materiales como los correos de los lectores originales, reproducciones de lápices y portadas y la sección “La Era Marvel”, de Lidia Castillo. Porque leer las cartas de los lectores de aquella época también tiene su encanto.

El resultado es un tomo que demuestra que El Asombroso Spiderman no necesitaba enemigos cada vez más poderosos para seguir siendo interesante. Stan Lee podía enfrentar a Peter con el Lagarto, Electro o el Camaleón, pero también podía limitarse a ponerle celoso, hacer que metiera la pata con Tía May o colocarle delante a un adolescente con demasiada imaginación y unas herramientas bastante cuestionables. Y ahí estaba la magia. Porque el auténtico superpoder de Peter Parker no es trepar por las paredes, lanzar telarañas o tener sentido arácnido. Es conseguir que seis números seguidos parezcan una semana especialmente horrible en la vida de un tipo al que, por algún motivo, seguimos teniendo ganas de acompañar. Y eso, después de tantos años, tiene bastante más mérito que derrotar a un canguro.

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