En 1972, Go Nagai tuvo una idea que, vista con perspectiva, resulta bastante más extravagante de lo que parece. Coger un robot gigantesco, meter dentro a un adolescente y mandarlo a repartir zapatazos contra otros robots gigantes. Algo que hubiera podido no gustar, pero funcionó. Y vaya si funcionó. Más de medio siglo después seguimos hablando de Mazinger Z, seguimos reconociendo sus puños voladores y seguimos teniendo perfectamente claro que, si un robot mide dieciocho metros, lo lógico es bautizar sus ataques con nombres que puedan gritarse a pleno pulmón antes de destruir una montaña.

Precisamente a esa criatura mecánica convertida en fenómeno cultural dedica Álvaro Salas «Mazinger Z: El legado de los Brutos Mecánicos», un ensayo que se adentra en la historia, la importancia y la permanencia de uno de los grandes iconos del manga y el anime. Y hacerlo con Mazinger tiene mérito, porque explicar por qué sigue siendo relevante después de más de cincuenta años exige bastante más que sacar una foto de Koji Kabuto, poner de fondo la sintonía y esperar que la nostalgia haga todo el trabajo.
Salas repasa los orígenes de la creación de Go Nagai y la revolución que supuso aquel manga aparecido en 1972. Mazinger no inventó el concepto de robot gigante, pero sí ayudó a cambiar radicalmente la relación entre piloto y máquina. A partir de entonces, meter a un adolescente dentro de un robot enorme dejó de parecer una idea completamente disparatada y empezó a convertirse en una fórmula con futuro. Una demostración magnífica de que la ciencia ficción tiene una capacidad extraordinaria para normalizar cosas que, si las trasladásemos a la vida real, provocarían una reunión urgente de ingenieros, psicólogos y abogados.

El libro permite comprender también cómo aquel concepto terminó transformándose en una franquicia de dimensiones considerables. Mazinger dejó de ser un personaje para convertirse en una institución. Una institución con alas en los pies, puños desmontables y una colección de armas que parecen diseñadas bajo el principio científico de “si algo se puede lanzar, explotar o convertir en rayo, pongámosle un nombre y adelante”.
La creación de Go Nagai resulta además especialmente interesante porque Mazinger conserva una personalidad visual muy concreta. No necesita un diseño minimalista, veinte líneas temporales ni un manual de instrucciones de 600 páginas para explicar qué estamos viendo. Es un robot gigantesco y amenazador que parece haber sido diseñado con la intención de que cualquier niño pudiera dibujarlo en la esquina de un cuaderno durante una clase de matemáticas. Y sus armas son todavía más memorables porque poseen esa gloriosa lógica de la ciencia ficción clásica según la cual ponerle un nombre contundente a algo lo convierte inmediatamente en tecnología de vanguardia.

Tampoco combate completamente solo. A su alrededor están Afrodita A con Sakaya Yumi, el doctor Juzo Kabuto y todo el equipo del Instituto de Investigaciones Fotónicas, porque incluso el héroe más poderoso necesita amigos que le cubran las espaldas mientras él se dedica a convertir monstruos mecánicos en chatarra. Y enfrente está el Doctor Infierno, acompañado por el Barón Ashler, el Conde Brocken, el Duque Gorgon y una colección interminable de Brutos Mecánicos que parecen haber salido de una competición para determinar cuál puede tener el nombre más aparatoso y el diseño más absurdo. El ejército enemigo es, en realidad, uno de los grandes atractivos de la serie. Criaturas mecánicas concebidas específicamente para enfrentarse a Mazinger, cada una con su particular combinación de armas, poderes y aspecto demencial. La lógica militar tampoco parece demasiado sofisticada: el Doctor Infierno fabrica un monstruo gigantesco, lo manda contra Mazinger, Mazinger lo destroza, y entonces se fabrica otro. Y otro. Y otro. Una estrategia que quizá no habría impresionado demasiado a Sun Tzu, pero que proporciona al espectador exactamente lo que ha venido a buscar: robots enormes pegándose unas palizas monumentales mientras alguien grita el nombre del ataque.
El legado de los Brutos Mecánicos se detiene también en la influencia que Mazinger ha ejercido sobre el género. Y resulta difícil discutir esa importancia cuando buena parte de la cultura del robot gigante posterior funciona, de una manera u otra, sobre conceptos que esta obra ayudó a popularizar. Desde entonces hemos tenido robots más complejos, más filosóficos, más realistas, más traumáticos y probablemente más preocupados por su identidad. Mazinger, en cambio, tenía una solución bastante sencilla para casi cualquier conflicto: disparar algo.

El ensayo de Álvaro Salas funciona así como recorrido histórico, reivindicación cultural y viaje nostálgico. Pero lo más interesante es que permite contemplar Mazinger desde cierta distancia. Porque regresar hoy a aquella serie implica encontrarse con una obra hija de otra época, con sus ingenuidades, sus excesos, sus convenciones y sus maravillosos disparates. Y precisamente ahí está parte de su encanto. Mazinger no pretende pedir perdón por ser un robot gigante que combate monstruos mecánicos. No necesita justificar cada misil ni convertir cada batalla en una tesis doctoral. Está aquí para hacer ruido, lanzar rayos y salvar el mundo.
El volumen, además, llega en una edición por parte de Dolmen Editorial en tapa dura de 224 páginas y a color, un formato bastante apropiado para un personaje cuya existencia parece pedir a gritos que le pongamos una portada espectacular. Salas combina la documentación con una mirada marcada por la nostalgia, pero sin olvidar que la verdadera importancia de Mazinger está en lo que provocó después. Su legado no se limita a la cantidad de juguetes que se vendieron ni al número de niños que intentaron construirlo con cajas de cartón. Está también en haber ayudado a convertir el robot gigante en uno de los grandes territorios de la imaginación popular contemporánea. Y quizá ese sea el secreto de su supervivencia. Mazinger Z ha pasado por generaciones de espectadores, cambios tecnológicos, nuevas modas, nuevas formas de consumir entretenimiento y suficientes revisiones audiovisuales como para llenar un hangar. Y continúa ahí, con su mandíbula cuadrada, su cabezón enorme, sus alas y sus puños desmontables, como si los últimos cincuenta años no hubieran ocurrido.

Álvaro Salas consigue que «Mazinger Z: El legado de los brutos mecánicos» sirva precisamente para recordar por qué. Porque detrás de aquel robot que gritaba ataques imposibles había una revolución que ayudó a cambiar el manga y el anime, y detrás de aquella revolución existe también una historia española de emisiones televisivas, doblajes perdidos, aficionados conservando cintas y generaciones enteras que todavía pueden completar mentalmente cualquier frase relacionada con un puño volador. Al final, quizá el verdadero legado de Mazinger sea haber demostrado que no hacen falta demasiadas explicaciones para fabricar un icono. Basta un robot gigantesco, un piloto adolescente, unos cuantos enemigos con nombres imposibles y un arsenal capaz de hacer que cualquier fabricante de juguetes se frote las manos. Y, por supuesto, una buena dosis de nostalgia. Porque cincuenta años después, seguimos sabiendo qué hacer cuando escuchamos “¡Puños fuera!”. Lo preocupante es que probablemente también seguimos pensando que sería una excelente idea construirlo.
