El fin del mundo tiene muchas formas de presentarse. Puede llegar en forma de meteorito, pandemia, invasión alienígena o incluso de señor con pelo rubio y tez naranja con complejo de mesías dispuesto a salvarnos de nosotros mismos. En «Después de la Ola» (Juste après la vague ), sin embargo, el apocalipsis adopta una solución bastante más sencilla. Subir el nivel del mar hasta convertir el planeta en una gigantesca piscina y dejar a una familia con nueve hijos intentando escapar en una barca donde, por desgracia, solo caben ocho personas. Porque si algo necesitaba el fin de la civilización era añadirle un problema de espacio.

Basada en la novela de Sandrine Collette, esta adaptación de Dominique Monféry publicada en España por Yermo Ediciones parte de una premisa tan sencilla como cruel: hay nueve niños y una barca en la que no caben todos. Así que toca decidir quién vive y quién se queda atrás. Una de esas situaciones familiares en las que uno agradece que en las reuniones de Navidad el mayor problema sea quién se ha comido la última croqueta. La familia vive aislada mientras el agua sigue ganando terreno y el mundo conocido desaparece bajo el océano. El padre construye una embarcación con la esperanza de alcanzar las zonas que todavía permanecen habitables, pero pronto descubren el pequeño inconveniente logístico: no hay sitio para todos. Y aquí empieza la verdadera historia, porque una cosa es sobrevivir a una catástrofe y otra muy distinta decidir cuál de tus hijos merece ocupar uno de los asientos del bote salvavidas. De repente, aquello de «todos sois mis hijos y os quiero por igual» queda bastante mal en una hoja de Excel.
Monféry construye el relato alrededor de ese dilema moral y de las consecuencias de una decisión que, en realidad, no tiene una solución buena. Solo existen opciones menos horribles. El padre y la madre afrontan la situación desde perspectivas diferentes, mientras los hijos contemplan el desastre con una mezcla de inocencia, miedo y esa capacidad infantil para adaptarse a lo imposible que resulta tan conmovedora como inquietante. Los adultos cargan con la culpa y la responsabilidad; los niños, con la necesidad de seguir viviendo. Y mientras tanto, el océano sigue subiendo con la tranquilidad de quien no tiene ninguna prisa porque sabe perfectamente que al final va a ganar.

La historia se divide en dos líneas. Por un lado, seguimos a quienes consiguen marcharse en la barca, enfrentados a un viaje en el que la supervivencia depende tanto de los recursos disponibles como de las relaciones entre ellos. Por otro, tenemos a quienes se quedan atrás, obligados a buscarse la vida en un mundo inundado y cada vez más hostil. Porque si la situación no podía ser suficientemente desagradable, siempre se pueden añadir criaturas marinas gigantes, territorios desconocidos y la certeza de que cualquier encuentro con otro superviviente puede acabar estupendamente o con alguien convertido en alimento. El problema es que esta división también provoca que algunos personajes queden inevitablemente más desdibujados de lo que necesitaría una historia cuyo principal objetivo es hacernos sufrir por ellos. Con nueve hijos, dos padres, personajes secundarios y dos líneas narrativas, Monféry tiene que repartir las páginas con una generosidad que no siempre permite profundizar. Y eso afecta precisamente a uno de los grandes motores del relato. Si vas a plantearme que una familia debe elegir qué hijos sacrificar, lo ideal sería que me diese tiempo a encariñarme con todos antes de empezar a pasar lista.
Aun así, la angustia funciona. Este tebeo consigue instalar una sensación constante de incomodidad. No es una historia en la que esperemos que aparezca el héroe de turno para solucionar las cosas en el último minuto. Aquí nadie va a llamar a los Aquaman, Namor o ni siquiera a un señor con un helicóptero. El agua sube, los recursos disminuyen y las decisiones tienen consecuencias. Punto. El apocalipsis no necesita discursos grandilocuentes cuando puede limitarse a dejarte sin comida y con pequeñas criaturas preguntando cuándo vamos a llegar.

Aunque el guion tiene algunas irregularidades, el dibujo de Dominique Monféry se encarga de recordarnos que quizá estamos ante una obra que funciona especialmente bien cuando deja de hablar y empieza a enseñar. El artista convierte el mundo inundado en un escenario espectacular y aterrador, con enormes masas de agua, edificios parcialmente sumergidos, paisajes desolados y criaturas marinas que parecen haber aprovechado el apocalipsis para montar su propio buffet libre. Las páginas completas y las dobles páginas son especialmente potentes. Monféry sabe aprovechar el formato europeo y la amplitud de las páginas para transmitir la sensación de inmensidad del océano y, al mismo tiempo, la pequeñez de unos personajes que intentan sobrevivir en un planeta que ya no parece hecho para ellos. Es un contraste visual muy eficaz. Cuanto más grande se vuelve el escenario, más insignificantes parecen los protagonistas. También destaca el color, utilizado para reforzar las emociones y diferenciar ambientes y momentos. No es simplemente un complemento bonito para un dibujo espectacular, sino una herramienta que ayuda a construir la atmósfera de amenaza y melancolía. Hay páginas en las que casi puede sentirse el frío, la humedad y esa maravillosa sensación de que todo se va a ir a la mierda en cualquier momento.
Por otro lado, un aspecto discutible es el desenlace. Después de dedicar buena parte de la obra a construir lentamente la desesperación, el miedo y las consecuencias de las decisiones tomadas, el final puede resultar algo precipitado. Uno espera que después de semejante festival de sufrimiento el cómic se tome su tiempo para rematar las diferentes tramas, pero la historia decide que ya hemos sufrido bastante y pisa el acelerador. Es casi como si el propio autor hubiese mirado el número de páginas restantes y hubiese pensado: «Bueno, familia, hasta aquí llegamos». Y quizá ahí está una de las mayores contradicciones del comic. Su planteamiento tiene muchísimo potencial dramático, pero precisamente la cantidad de personajes y la necesidad de desarrollar dos historias paralelas hacen que algunas posibilidades se queden en la superficie. El dilema central es demoledor; la ejecución no siempre alcanza toda la potencia que podría tener. Hay personajes a los que conocemos menos de lo necesario y situaciones que merecerían más espacio para que el golpe emocional fuese todavía mayor.

Eso no impide que el cómic consiga algo bastante importante: hacer que el lector se pregunte qué demonios haría él en esa situación. Porque resulta muy sencillo juzgar las decisiones de unos padres desde la comodidad del sofá, especialmente cuando uno tiene agua corriente, calefacción y la tranquilidad de saber que sus hijos no van a ser devorados por un bicho del tamaño de un autobús. Pero cuando la alternativa es morir todos juntos o elegir quién tiene una oportunidad, las respuestas dejan de ser tan cómodas. Ahí reside el verdadero interés de la obra. No tanto en el cataclismo en sí como en lo que este provoca en las personas. El agua es la amenaza externa; las decisiones son el auténtico monstruo. Y Monféry consigue que ambas cosas funcionen juntas para construir un relato de supervivencia oscuro, incómodo y muy impresionante.
Al final, «Después de la ola» no reinventa el apocalipsis ni necesita hacerlo. Su fuerza está en coger una premisa brutalmente sencilla (hay más personas que plazas en la barca) y convertirla en un dilema moral capaz de incomodar al lector. Dominique Monféry destaca especialmente como dibujante y demuestra que sabe construir un mundo devastado de enorme potencia visual. Como adaptación, el conjunto tiene algunas irregularidades, personajes que necesitarían mayor desarrollo y un desenlace demasiado rápido para todo lo que había cocinado previamente. Pero funciona. Y, sobre todo, consigue que uno termine la lectura con una pregunta bastante desagradable dando vueltas por la cabeza: si solo hubiese ocho plazas en la barca, ¿a quién dejarías atrás?.
