Marvel Saga TPB Soldado de invierno 2: Final del trayecto

Después de convertir a Bucky Barnes en uno de los cadáveres con mejor capacidad de regeneración de la historia del cómic, Ed Brubaker llega al segundo tomo de «Soldado de Invierno» dispuesto a demostrar que todavía puede hacerle pasar un poco más de miseria al pobre hombre antes de mandarlo a su siguiente trauma. Porque si algo ha quedado claro durante esta etapa es que Bucky puede perder la memoria, el brazo, la identidad, la dignidad hasta los calzoncillos, pero nunca le faltará una conspiración soviética esperando en la esquina. Y en este volumen, que recopila Winter Soldier #6-14, Brubaker no se limita a cerrar una serie. También pone punto final a una de las etapas más importantes que ha tenido Marvel en las últimas décadas. Todo muy alegre, como puede comprobarse.

El primer arco, Flecha Rota, recupera a Leo Novokov, uno de esos simpáticos productos de la Guerra Fría que demuestra que la caída de la Unión Soviética tuvo el inconveniente de dejar desperdigados por ahí a un montón de tipos con entrenamiento militar, rencor acumulado y demasiado tiempo libre. Novokov no necesita conquistar el planeta ni ponerse una armadura estrafalaria para resultar peligroso. Le basta con conocer el pasado de Bucky y saber exactamente dónde meter el dedo en el culo para que duela. Su objetivo no es simplemente eliminar al Soldado de Invierno. Quiere demostrarle que todo lo que ha construido desde su recuperación es una mentira. Y ahí es donde Brubaker vuelve a sacar su especialidad. El espionaje como terapia psicológica para gente que probablemente debería estar tomando unas vacaciones. La acción sigue estando presente, claro, porque esto aquí se juegan con las reglas clásicas. Por eso las pistolas, persecuciones y conspiraciones son casi el envoltorio de una historia sobre culpa, memoria e identidad. Novokov representa aquello que Bucky podría haber seguido siendo, un arma humana sin voluntad propia, perfectamente adaptada a matar y bastante menos preparada para vivir. La verdadera batalla, por tanto, no consiste en descubrir quién dispara primero. Consiste en averiguar si Bucky puede aceptar que el hombre que fue forma parte de él sin permitir que ese pasado decida quién será mañana. Brubaker lleva toda su etapa jugando con esa idea y aquí decide cobrar la factura. Porque redimirse queda estupendo sobre el papel, pero cuando uno ha pasado media vida convertido en asesino programado, la conciencia no suele funcionar como un interruptor que puedas apagar al terminar la misión.

Entonces aparece Natasha Romanoff, que tampoco ha tenido precisamente una existencia libre de problemas. La Viuda Negra y Bucky forman una de esas parejas de Marvel que parecen diseñadas por un departamento de recursos humanos especializado en traumas. Dos antiguos agentes soviéticos, dos personas convertidas en armas, dos profesionales de la violencia intentando averiguar cómo se vive cuando nadie les está ordenando a quién deben matar. Lo normal, vamos. Brubaker utiliza precisamente esa relación para llevar la historia hacia su parte más amarga. Natasha no es simplemente la compañera sentimental del protagonista ni la damisela que necesita ser rescatada mientras Bucky hace flexiones dramáticas. Su relación representa la posibilidad de que dos personas marcadas por el pasado puedan construir algo nuevo. Por eso, cuando la memoria vuelve a convertirse en un arma, lo que está en juego es mucho más importante que salvar una ciudad o impedir otra catástrofe internacional. Y aquí Brubaker demuestra una vez más que sabe perfectamente dónde colocar el cuchillo. No necesita una gran explosión para cerrar una historia. Le basta con recordar que algunas victorias tienen un precio bastante miserable. Bucky puede salvar a Natasha, puede impedir que el pasado vuelva a tragárselo y puede salir con vida de otra pesadilla internacional. Pero eso no significa que vaya a recuperar todo lo que había conseguido. Porque en el universo de Brubaker la redención nunca viene con garantía de devolución (sino que se lo digan a los lectores de Criminal).

En el apartado gráfico, Michael Lark, Jackson Guice, Stefano Gaudiano y Brian Thies mantienen ese tono de thriller oscuro que ha definido la colección. No hay necesidad de convertir cada página en una exhibición de músculos imposibles ni de llenar las viñetas de rayos de colores. Aquí funcionan mejor los rostros cansados, las sombras, los interiores sombríos y esa sensación constante de que algo desagradable está a punto de suceder. Guice resulta especialmente adecuado para este tipo de historia, con un dibujo que conserva la contundencia superheroica pero sabe ensuciarla cuando toca. Lark, por su parte, aporta ese aire noir que parece hecho a medida para Bucky y Natasha. Y los distintos trabajos de entintado ayudan a mantener una identidad visual bastante coherente pese a la variedad de manos implicadas. En cuanto al color, Elizabeth Breitweiser, Mitch Breitweiser y Jordie Bellaire continúan construyendo una atmósfera fría y apagada, muy apropiada para una historia en la que hasta los recuerdos parecen necesitar una gabardina y un cigarrillo.

Lo mejor de todo es que los autores no necesitan inflar artificialmente la épica. El Soldado de Invierno funciona precisamente porque sus conflictos parecen más humanos que superheroicos. Hay agentes secretos, armas nucleares, antiguos programas soviéticos y amenazas internacionales, sí, pero debajo de todo eso encontramos a un tipo que simplemente intenta descubrir si puede vivir con quien fue. Y eso, curiosamente, resulta bastante más peligroso que cualquier villano con complejo de conquista mundial.

Brubaker termina así su etapa sobre Bucky de una forma consecuente con todo lo anterior. No convierte al personaje en un santo, no borra su pasado y tampoco pretende que las heridas desaparezcan porque la historia necesite un final bonito. El Soldado de Invierno puede seguir adelante, pero tiene que hacerlo cargando con todo lo que ha sido. Es una conclusión mucho más adulta de lo habitual en una editorial donde, si algo sale mal, siempre existe la posibilidad de que un señor cósmico, un mutante con poderes temporales o algún guionista especialmente creativo lo arregle dentro de tres años. Y ahí está precisamente el mérito de Brubaker. Consiguió que la resurrección de Bucky Barnes dejara de parecer una maniobra editorial para convertirse en una historia con auténtico peso. Lo convirtió en un personaje cuya tragedia no consiste en haber muerto, sino en haber sobrevivido a demasiadas cosas. Después de todo lo que ha pasado, el Soldado de Invierno no necesita que nadie le diga que es un héroe. Le basta con poder elegir por sí mismo qué hacer a continuación.

Panini Comics recopila esta despedida en formato Marvel Saga TPB, con los números #6-14 de Winter Soldier con traducción de Gonzalo Quesada. La edición incluye además textos de Julián Clemente, un artículo de Ed Brubaker y bocetos de Michael Lark y Steve Epting. Unos extras bastante apropiados para despedir una etapa en la que el guion siempre tuvo tanto peso como las balas, los espías y los cadáveres. Porque al final este segundo tomo del Soldado de Invierno no necesita vendernos otra amenaza definitiva ni inventarse un nuevo apocalipsis con fecha de caducidad. Le basta con cerrar una historia que empezó muchos años antes y demostrar que, incluso después de haber sido utilizado como arma, manipulado, asesinado, resucitado y convertido en el saco de boxeo de media Marvel, Bucky Barnes todavía puede decidir quién quiere ser. Que ya es bastante más de lo que puede decir la mayoría de los personajes del cómic de superhéroes.

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