La Patrulla X lleva décadas demostrando que ser mutante es una profesión de riesgo. Puedes controlar el clima, leer mentes, teletransportarte o disparar rayos ópticos, pero tarde o temprano aparecerá alguien con un poder tan absurdo que hará que todo lo anterior parezca una oposición para funcionario. En la grapa número 20 de la Patrulla X, Ryan Stegman se despide de la colección con un Annual que decide convertir la imaginación en un arma de destrucción masiva. Porque, aparentemente, a los mutantes les faltaban problemas y ahora también tienen que enfrentarse a cosas que ni siquiera deberían existir.

Aparece una nueva amenaza llamada El Creacionista, acompañada de monstruos que parecen haber salido directamente de la carpeta de dibujos de un niño con demasiada imaginación y ningún adulto supervisando. Jean Grey percibe que algo intenta manifestarse y regresa a la Tierra para encontrarse con que una idea está intentando convertirse en realidad. Y cuando una idea empieza a cobrar vida en el Universo Marvel, ya sabemos que lo siguiente no puede ser una tarde tranquila tomando café. El asunto tiene bastante gracia porque Stegman juega precisamente con aquello que hace posibles los cómics: el dibujo. Una criatura aparece primero como un simple boceto, casi como si alguien hubiese olvidado terminar de colorearla, y poco a poco empieza a adquirir consistencia dentro de la propia historia. Es una de esas ocasiones en las que Marvel recuerda que los dibujantes tienen un superpoder bastante más peligroso que el de muchos de sus personajes. Pueden inventarse cualquier cosa y obligar a los demás a convivir con ella. Y ahí entra Steve Skroce, que se encarga de buena parte del dibujo y demuestra que, si vas a llenar una historia de monstruos, peleas y criaturas imposibles, al menos conviene tener a alguien capaz de dibujarlas sin que parezcan garabatos hechos durante una reunión de vecinos. Stegman y Sanford Greene se reparten también algunas páginas, convirtiendo la variedad gráfica en parte del propio concepto. No es simplemente una sucesión de dibujantes. La historia utiliza esa diversidad para jugar con la frontera entre creación y realidad.
El resultado tiene algo de festival de dibujo descontrolado. La acción es constante, las criaturas aparecen por todas partes y los personajes se pasan buena parte del episodio intentando evitar que la imaginación ajena los convierta en comida para monstruos. Jean Grey y Lobezno terminan tomando el protagonismo, lo cual tampoco sorprende demasiado. Si el mundo se está yendo al carajo por culpa de una entidad que puede alterar la realidad mediante ideas, siempre viene bien tener cerca a una telépata de nivel dios y a un señor con garras, mala leche y un historial de supervivencia bastante poco razonable. Además, Stegman no se limita a escribir una historia de mamporros con monstruos. Se permite romper la cuarta pared y jugar directamente con el lenguaje del cómic. El lector sabe que está viendo dibujos, los personajes empiezan a enfrentarse a las consecuencias de que esos dibujos se conviertan en realidad y los propios artistas forman parte del juego. Es un recurso que podría haber terminado en una de esas historias que se creen muchísimo más ingeniosas de lo que realmente son, pero aquí funciona porque el tono es bastante juguetón. La comparación con aquellos episodios clásicos de Looney Tunes en los que el dibujante podía modificar el mundo de los personajes resulta bastante evidente. Solo que aquí, en lugar de hacer sufrir a Bugs Bunny, tenemos a los X-Men intentando sobrevivir a la creatividad de sus propios dibujantes. Que, pensándolo bien, tampoco parece una situación especialmente nueva para ellos.

Como historia, tampoco conviene pedirle lo que no pretende ofrecer. Este Annual no está diseñado para revolucionar la colección ni para convertirse en una pieza imprescindible de la mitología mutante. Su argumento es relativamente sencillo: aparece una amenaza, empiezan a salir monstruos de debajo de las piedras (o de los lápices) y la Patrulla-X tiene que repartir hostias hasta conseguir que la realidad vuelva a comportarse como Dios manda. Si uno busca una trama con veinte capas de conspiraciones, trauma generacional y consecuencias que se arrastren durante tres años, probablemente aquí se va a encontrar con una decepción. Pero si lo que queremos es un Annual que aproveche que tiene permiso para hacer el cafre, la cosa cambia. Porque precisamente esa es una de las virtudes del formato. De vez en cuando conviene que un cómic de superhéroes se quite la corbata, deje de preocuparse por la continuidad durante cinco minutos y se dedique a jugar. Este tebeo entiende bastante bien esa función. No intenta fingir que está escribiendo El Quijote mutante. Quiere ofrecer un espectáculo visual, una idea simpática y un montón de páginas en las que los artistas puedan pasárselo bien. Y, afortunadamente, esa diversión termina trasladándose al lector.
También resulta interesante que Stegman se despida de la colección haciendo precisamente esto. Escribiendo y dibujando una historia que convierte la creación artística en parte de su argumento. Después de haber estado asociado visualmente a la serie, la despedida tiene cierta lógica. En lugar de marcharse discretamente por la puerta de atrás, decide prender fuego al garaje y marcharse mientras explotan los lápices.

Lo que más llama la atención es el dibujo de Skroce, que probablemente el principal atractivo. Tiene la energía necesaria para que las peleas funcionen y, sobre todo, sabe manejar el caos sin convertir cada página en una sopa de líneas. Las criaturas tienen presencia, los personajes se reconocen y la acción mantiene ese punto de exageración que necesita una historia donde la imaginación se ha convertido literalmente en una amenaza. Jean, además, luce especialmente bien, algo que nunca viene mal cuando tu personaje tiene que enfrentarse a una criatura que probablemente no debería haber pasado del papel. Los cambios de manos entre Skroce, Stegman y Greene podrían haber provocado un pequeño festival de «¿quién ha dibujado esto?», pero aquí tienen una función. La historia se beneficia de esa sensación de estar viendo diferentes estilos chocando entre sí, como si la propia realidad fuese incapaz de decidir qué dibujante tiene la última palabra.
Eso es, en definitiva, lo que hace simpático a este número de la Patrulla-X editado por Panini Comics. No estamos ante una epopeya mutante que vaya a cambiar nuestra concepción del género. Tampoco hace falta. Es un cómic que entiende que los superhéroes pueden ser, de vez en cuando, un juguete. Y aquí el juguete consiste en coger a Jean Grey, Lobezno, Gambito, Júbilo y Rondador Nocturno, meterlos en una pesadilla dibujada por varios artistas con ganas de liarla y comprobar cuánto tardan en empezar a darse de tortas con un monstruo nacido de un garabato.
