Reset 2: más leña al mono

Si en el primer tomo de «Reset» nos enseñaban un futuro en el que la humanidad había decidido que vivir sobre un planeta convertido en polvo y ceniza era una idea bastante poco práctica, en este segundo volumen la cosa se pone todavía más interesante. Porque cuando tienes ciudades flotantes, recursos escasos y un planeta aparentemente muerto, ¿qué puede salir mal? Pues prácticamente todo. Y si además metemos mechas gigantes de por medio, ya tenemos el equivalente futurista a solucionar una discusión familiar lanzándose lavadoras de tres toneladas a la cabeza.

Tengu Ediciones publica este segundo tomo, obra de Bit, David Enebral con Dani Retamero, y aquí la historia pisa el acelerador con bastante menos complejo que en su primera entrega. Si aquel volumen servía para presentarnos este peculiar mundo suspendido sobre un planeta convertido en cementerio, ahora toca empezar a levantar las alfombras y mirar qué demonios se ha estado escondiendo debajo. Y, como suele ocurrir cuando una autoridad lleva demasiado tiempo diciendo que todo está perfectamente controlado, resulta que no está perfectamente controlado absolutamente nada.

Phantom One y Sudden Death vuelven a ocupar buena parte del escenario mientras las piezas empiezan a encajar. O, mejor dicho, empiezan a desencajarse de manera bastante entretenida. El Consejo tiene secretos, hay cosas enterradas que quizá deberían haberse quedado enterradas y determinadas verdades amenazan con convertir el delicado equilibrio de esta civilización en un montón de chatarra flotante. Vamos, que los responsables del orden establecido tienen la típica colección de secretos que cualquier ciudadano estaría encantado de conocer y que probablemente provocaría que alguien desapareciese misteriosamente antes de terminar de hacer preguntas.

Lo mejor es que este tebeo empieza a dejar más claras sus cartas sin enseñar todavía toda la mano. Enebral y Retamero construyen una historia que juega con la información y los descubrimientos para que el lector vaya avanzando con la sensación de que debajo de cada nueva revelación hay otra puerta esperando a ser abierta. Y detrás de esa puerta, probablemente, otro problema. Y detrás de ese problema, un señor con un robot del tamaño del Alcázar de Segovia. Porque si había algo que podía pedirle a este segundo tomo después de las pinceladas que recibimos en el primero era precisamente esto: más mechas. Y aquí los autores se han puesto generosos. Los combates tienen bastante más presencia y, sobre todo, mucho más detalle. Ya no estamos simplemente ante gigantes metálicos intercambiando mamporros futuristas mientras nosotros intentamos distinguir qué brazo pertenece a qué máquina. La acción se desarrolla con mayor amplitud y permite disfrutar mucho más de la tecnología, el diseño y la contundencia de estos colosos.

Ahí el dibujo de David Enebral junto con el color de Dani Retamero tiene terreno de sobra para lucirse. Los robots gigantes transmiten potencia y ese saludable aspecto de cacharro carísimo que probablemente nadie debería utilizar para resolver conflictos internacionales. Las escenas de acción tienen fuerza y consiguen que los enfrentamientos resulten espectaculares sin convertir cada página en una sopa de líneas imposible de descifrar. Algo especialmente importante cuando tienes robots enormes pegándose de tortas mientras vuelan por encima de ciudades.

Los autores continúan ampliando el mundo y, sobre todo, introduciendo nuevas preguntas. Y eso es probablemente lo más interesante del volumen. Estas viñetas no se limitan a decirnos «mira qué chulos son nuestros primos de los transformers«, sino que utiliza ese escenario de ciencia ficción para plantear qué ocurrió realmente con el planeta y qué intereses hay detrás del sistema que mantiene a la humanidad viviendo en las alturas.

La idea de poder «reiniciar» el planeta funciona además como un estupendo motor. Porque claro, si alguien te dice que existe una posibilidad de devolver la vida a un mundo muerto, lo normal sería ponerse manos a la obra. Pero estamos hablando de una sociedad controlada por un Consejo con unos cuantos cadáveres escondidos en el armario, así que probablemente no sea tan sencillo como pulsar Ctrl+Alt+Supr y esperar a que aparezcan árboles. Los giros funcionan especialmente bien porque la historia empieza a jugar con lo que creemos saber del mundo. Algunas revelaciones se ven venir de lejos, pero otras consiguen cambiar la perspectiva sobre determinados acontecimientos y personajes. Sin necesidad de recurrir constantemente al truco barato de «¡sorpresa, era todo mentira!», el guion va colocando piezas que permiten comprender mejor qué está sucediendo y por qué determinados personajes se encuentran dónde están.

Eso hace que este segundo tomo resulte más satisfactorio que el primero en un aspecto fundamental: ahora queremos saber qué narices está pasando. La historia ha dejado de limitarse a presentar un escenario atractivo para empezar a desarrollar de verdad su misterio. El planeta muerto, las ciudades flotantes, los combates, el Consejo y esos secretos enterrados comienzan a formar un conjunto bastante más interesante. Y por supuesto quien quiere descubrir el pastel se están metiendo en un jardín de mucho cuidado y eso da más empaque al asunto.

En conjunto, este segundo tomito supone un paso adelante respecto al anterior. Si el primer tomo despertaba la curiosidad, este empieza a pagar parte de esa deuda introduciendo respuestas, revelaciones y bastante más acción. Los autores consiguen que el universo de la serie gane profundidad sin perder su componente más espectacular. Y, sobre todo, terminamos el tomo con esa sensación tan peligrosa para nuestra economía doméstica: necesitamos saber qué ocurre después. Porque cuando una historia te deja con secretos recién descubiertos, un planeta que quizá no esté tan muerto como parecía y una civilización entera sostenida sobre mentiras, lo último que quieres es cerrar el cómic y pensar «bueno, ya está«. No. Quieres el siguiente. Así que Reset 2 cumple perfectamente su función. Ampliar el mundo, levantar algunas de sus primeras cortinas, repartir unos cuantos mamporros mecánicos de considerable tonelaje y dejarnos con todavía más preguntas. El planeta sigue hecho polvo, pero la serie empieza a carburar. Y, visto lo visto, como para pedirle a estos autores que bajen el ritmo. Mejor que sigan acelerando.

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